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Las personas que hoy necesita el mundo: ¿eres una de ellas?

© Hernán Piñera / Flickr / CC

Joven abrazando

Carlos Padilla Esteban - publicado el 20/09/15

Huyo de mí mismo recorriendo caminos que no deseo...

Hoy pienso que hacen falta más hombres justos en nuestro mundo. Hombres honestos que actúen con justicia. Hombres buenos y nobles. A lo mejor los hay, pero hacen falta más todavía. Hombres honrados, que no se dejen corromper por el dinero. Hombres para quienes el poder no sea una obsesión.

El otro día leía: “Mi padre dice que los que desean el poder y lo consiguen viven aterrados con la idea de perderlo. Por eso tenemos que dar el poder a los que no lo deseen”[1].

Hacen falta más hombres con poder que no sean aquellos que más lo desean. Hombres poderosos que sirven con humildad. Hombres que siembren justicia en medio de tantas injusticias. Y mucha misericordia donde falta el amor.

Hacen falta hombres libres que no se dejen someter al querer de los que le rodean, que no pretendan responder a las expectativas de todos. Que no quieran ser superhombres. Que confíen mucho en el poder de Dios y poco en sus propias fuerzas.

Hombres que no se dejen arrastrar por la corriente y se mantengan firmes en sus criterios y principios. Hombres que logren hacer del poder un servicio. Y de la vida una ofrenda de amor.

Me gustaría ser yo mismo más justo en mis juicios, en mi forma de vivir. En el trato con las personas con las que me encuentro. ¿Soy verdaderamente justo? ¿Trato con justicia a las personas?

Me gustaría ser un hombre justo como san José, que era apodado el justo. Eso siempre me conmueve. Ser recordado por ser justo es lo que todo hombre de Dios desea. Justo a los ojos de Dios. Justo a los ojos de María, su esposa. Así quisiera vivir yo.

Pero a veces en mi trato no soy justo, puedo ser arbitrario y no tratar a las personas como se merecen. Veo tantas injusticias a mi alrededor, que me gustaría hacer mucho más por cambiar este mundo injusto. Pero, ¿qué hago?

No puedo acabar con todas las injusticias, pero sí puedo hacer más por ser más justo en el trabajo, en mi ambiente, en mi familia. Puedo sembrar justicia a mi alrededor.

Es cierto, eso sí, que cuando nos encontramos con un hombre justo, su vida justa puede incomodarnos.

Hoy escuchamos: “Tendamos lazos al justo, que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara faltas contra la Ley y nos culpa de faltas contra nuestra educación. Veamos si sus palabras son verdaderas, examinemos lo que pasará en su tránsito”. Sabiduría. 2, 12. 17-20.

Jesús era un hombre justo y su amor incomodaba. Pasó entre los hombres haciendo el bien y esas obras buenas despertaban sospechas. Su vida fue una vida justa, orientada hacia Dios, y su justicia le llevó a morir en la cruz.

Su presencia despertó el odio de los que querían matarle, porque su excesiva bondad les incomodaba. Murmuraron sobre Él. Mentían sobre su vida. Lo difamaban.

La presencia del bien muchas veces molesta. La presencia de los hombres justos en nuestra vida nos confronta con nuestra verdad, pone al descubierto lo que de verdad somos.

Muchas veces nos incomoda tanta justicia, tanta bondad. Es difícil mentir delante de un hombre justo y verdadero. Criticar delante del que nos hace ver la bondad de lo que estamos juzgando.

Hay personas justas que nos desnudan en nuestra mediocridad y pobreza. Su presencia pone en tela de juicio mis acciones, mis motivaciones, mis intenciones más profundas. Ante la luz que brilla en su mirada y en sus palabras, se revelan todas mis miserias y desaparece la oscuridad en la que me gusta ocultarme.

A veces deseamos alejarnos de los hombres justos porque nos incomodan. No estar demasiado cerca de ellos para no tener que confrontarnos con nuestra verdad y realizar cambios. Para no tener que dejar la vida que llevamos, que nos acaba gustando, aunque sea injusta y mediocre.

La justicia del hombre justo nos exige mucho y tal vez preferimos seguir en nuestro pecado, en nuestras mentiras, lejos de tanta justicia.

Hoy nos recuerda el apóstol Santiago: “Pues donde existen envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones”. Santiago. 3, 16; 4, 3.

A veces preferimos pedir que todo siga igual. Nos incomodan los cambios y queremos que las cosas no se muden. Nos da miedo salir de nuestro pecado, de nuestras injusticias, de las sombras de nuestra vida. Nos molesta tener que dejar nuestra vida ordinaria apegada al mundo para llevar una vida más justa cerca de Dios.

¿Por qué nos da tanto miedo emprender el vuelo de las águilas? Porque supone vivir en la luz de Dios. Nos damos cuenta con dolor de nuestro pecado.

Una persona rezaba:

Querido Jesús, traigo ante ti mi alma herida y pobre. Mis pasiones desordenadas que vagan a sus anchas por mi alma. Mi falta de luz. Mi falta de alegría. Pienso mal. Juzgo con rapidez. Condeno sin misericordia. Me tienta la vida. Huyo de mí mismo recorriendo caminos que no deseo. No soy tan amigo de Dios como quisiera. No soy niño confiado. No soy pobre necesitado. Me apego a la vida. Me siento poderoso, infalible. Y toco súbitamente mi pobreza. Incapaz de hacer las cosas mejor. Me siento débil. El orgullo. Esa tentación de no querer que nadie me supere. El poder, la posibilidad de lograr lo que yo quiero. El saber y esa tentación de saberlo todo. La decisión, el poder decidir siempre lo que quiero. Me asusta mi fragilidad”.

Creo que la única forma de acercarnos a la luz de Jesús es reconociendo nuestra propia oscuridad. Sólo el que ve con claridad su pecado anhela con más fuerza la paz de Dios y la luz de su misericordia. Mi miseria se arrodilla ante el poder de su misericordia.

[1] Verónica Roth, Divergentes (Trilogía)

Por el padre Carlos Padilla Esteban

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alma
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