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La familia tiene el emocionante proyecto de hacer “doméstico” el mundo

© Filippo MONTEFORTE / AFP
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Discurso completo del Papa Francisco en la Audiencia de hoy

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Esta es nuestra reflexión conclusiva sobre el tema del matrimonio y de la familia. Estamos en vísperas de sucesos bellos y de compromiso, que están directamente vinculados con este gran tema: el Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia y el Sínodo de los Obispos en Roma. Ambos tienen una proyección mundial, que corresponde a la dimensión universal del cristianismo, y la trascendencia universal de esta comunidad humana fundamental e insustituible que es, sin duda, la familia.

La transición actual de la civilización aparece marcada por los efectos a largo plazo de una sociedad administrada por la tecnocracia económica. La subordinación de la ética a la lógica del beneficio cuenta con importantes recursos y de un apoyo mediático enorme. En este escenario, una nueva alianza del hombre y de la mujer se convierte en estratégica para la emancipación de los pueblos de la colonización del dinero. Esta alianza debe volver a orientar la política, la economía y la convivencia civil. Esta decide la habitabilidad de la tierra, la transmisión del sentimiento de la vida, los vínculos de la memoria y de la esperanza.

De esta alianza, la comunidad conyugal-familiar del hombre y de la mujer es la gramática generativa, el “nudo de oro”, podríamos decir. La fe la obtiene de la sabiduría de la creación de Dios: que ha confiado a la familia no el cuidado de una intimidad como fin en sí misma, sino el emocionante proyecto de hacer “doméstico” el mundo.

Precisamente de la Palabra bíblica de la creación hemos tomado nuestra inspiración fundamental, en nuestras breves meditaciones del miércoles sobre la familia. A esta Palabra podemos y debemos nuevamente acudir con amplitud y profundidad. Es un gran trabajo, el que nos espera, pero también muy entusiasmante.

La creación de Dios no es una simple premisa filosófica: es el horizonte universal de la fe. No hay un designio divino diverso de la creación y de su salvación. Por la salvación de la criatura – de toda criatura –Dios se hizo hombre: “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”, como dice el Credo. Y Jesús resucitado es “primogénito de toda criatura” (Col 1,15).

El mundo creado es confiado al hombre y a la mujer: lo que sucede entre ellos da la impronta a todo. Su rechazo de la bendición de Dios conduce fatalmente a un delirio de omnipotencia que lo arruina todo. Es lo que llamamos “pecado original”. Y todos venimos al mundo heredando esta enfermedad.

A pesar de ello, no estamos malditos ni abandonados a nosotros mismos. El antiguo relato del primer amor de Dios por el hombre y la mujer, tenía ya páginas escritas con fuego, al respecto. “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya” (Gn 3,15a). Son las palabras que Dios dirige a la serpiente engañadora. Mediante estas palabras Dios marca a la mujer con una barrera protectora contra el mal, a la que ella puede recurrir – si quiere – por cada generación. Quiere decir que la mujer lleva una secreta y especial bendición, para la defensa de su criatura del Maligno. Como la Mujer del Apocalipsis, que corre a esconder al hijo del Dragón. Y Dios la protege (cfr Ap 12,6).

Pensad aquí que profundidad. Existen muchos lugares comunes, a veces incluso ofensivos, sobre la mujer tentadora que inspira el mal. Sin embargo hay un espacio para una teología de la mujer que esté a la altura de esta bendición de Dios para ella y para la generación.

La misericordia protección de Dios con respecto al hombre y la mujer, en todo caso, no disminuye para ambos. ¡No olvidemos esto! El lenguaje simbólico de la Biblia nos dice que entes de alejarnos del jardín del Edén, Dios hizo al hombre y a la mujer túnicas de piel y los vistió (cfr. GN 3,21).

Este gesto de ternura significa que, incluso en las dolorosas consecuencias de nuestro pecado, Dios no quiere que nos quedemos desnudos y abandonados a nuestro destino de pecadores. Esta ternura divina, esta atención por nosotros, la vemos encarnadas en Jesús de Nazaret, hijo de Dios “nacido de mujer” (Gal 4,4). Y San Pablo dice de nuevo: “mientras éramos todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,8).

Cristo nacido de una mujer…nacido de una mujer, es la caricia de Dios sobre nuestras plagas, sobre nuestros errores, sobre nuestros pecados. Pero Dios nos ama como somos y quiere llevarnos adelante con este proyecto. Y la mujer es la más fuerte y lleva adelante este proyecto.

La promesa que Dios hace al hombre y a la mujer, al inicio de la historia incluye a todos los seres humanos, hasta el final de los tiempos. Si tenemos la fe suficiente, las familias de los pueblos de la tierra se reconocerán en esta bendición. De cualquier forma quien se deja conmover por esta visión, pertenezca al pueblo, nación, religión que sea, que se ponga en camino con nosotros. Será nuestro hermano y nuestra hermana.

Sin hacer proselitismo, caminemos juntos sobre esta bendición y este objetivo de Dios de hacernos hermanos en la vida. En un mundo que va adelante y nace precisamente de la familia de la unión del hombre y de la mujer.

¡Dios os bendiga, familias de todas las partes del mundo! ¡Dios os bendiga!

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