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El decisivo mensaje del Papa Francisco

© Mazur/catholicnews.org.uk
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El mensaje revelado sólo se comprende ante el dolor del herido y no desde una atalaya moral

El pasado 4 de septiembre el Papa Francisco pronunció el que tal vez sea el mensaje más decisivo para la comprensión de su Pontificado desde su elección. Eligió la celebración del centenario de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica Argentina, señalando la importancia de que tal evento esté unido a los 50 años del Concilio Vaticano II.

En un principio puede parecer que no es de interés general un discurso preparado para teólogos, pero lo cierto es que de su lectura se desprende una enseñanza fundamental que concierne a todos los creyentes, y un espíritu de reflexión sobre lo que significa ser cristiano hoy que es de la máxima importancia. Por si fuera poco, con sus palabras Francisco mostró que las críticas y suspicacias que los sectores más conservadores han dirigido contra él están injustificadas.

Su intervención tuvo un tema central que retoma nociones a las que volvía con frecuencia su antecesor Benedicto XVI: el cristianismo no es un sistema de ideas abstracto, sino que tiene que ver con la realidad concreta en la que se vive, con un pueblo, con una comunidad cuyos problemas no son ajenos al Señor ni se ubican en un “plano” distinto.

Al no tener lo anterior presente sostenemos una estructura de normas morales y de criterios teológicos que fácilmente se transforman en ideología. La ideología es siempre un sistema de interpretación del mundo que lo reduce, lo caricaturiza y lo intenta convertir con violencia en lo que ya se había decidido previamente. Corremos el riesgo de caer en la pretensión de defender una verdad cuando lo que defendemos no es más que una interpretación personal, particular, solitaria y separada de los demás, cuando no marchita y medio muerta. Si queremos entender lo real debemos de estar atentos para revisar nuestras ideas siempre que sea preciso a la luz de lo que nos aparece en la experiencia. En esto consiste el amor a la verdad.

El católico está sometido a ciertas tensiones: Tradición de la Iglesia y lenguaje del mundo, la inculturación de la fe y su universalidad, la misericordia y el rechazo al pecado. ¿Cómo soportar estas tensiones? No creo que sea posible hacerlo únicamente con las fuerzas que tenemos, ni por la genialidad individual de cada uno. La cercanía de Cristo, en la oración, los sacramentos y la práctica del amor al hermano (las tres cosas) nos puede otorgar -por la gracia de Dios- una mirada que permita discernir cómo el río vivo de la Tradición riega las praderas de las circunstancias que atravesamos.

De esta manera, al ser conscientes de que el mensaje revelado sólo se comprende ante el dolor del herido, teniendo presente el pecado, y no desde una atalaya moral, no cederemos a la tentación ni de condenarlo todo ni de dejarnos arrastrar por cualquier novedad despreciando la sabiduría del Pueblo de Dios, como si fuésemos los únicos iluminados del planeta.

El Papa insistió –porque es necesario- en que no existe una fractura entre la doctrina y la pastoral, entre el discurso y la vida, porque el discurso es para la vida y la vida se capta en su integridad por el encuentro con el Señor (Cristo revela el hombre al propio hombre). Sólo en la gracia santificante podremos concebir una correspondencia creadora con los problemas de nuestra época, como dice el teólogo ortodoxo Olivier Clément, al que cita explícitamente Francisco.

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