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Una fe que mueve montañas

tren clásico en marcha

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tren clásico en marcha

Editora Cléofas - publicado el 10/09/15

Vivimos diciéndole al Señor que confiamos en Él, pero muchas veces no actuamos así en los momentos más difíciles

Un niño viajaba solo en un tren de carga. Cuando el tren llegó a una estación, el jefe de la misma le preguntó intrigado:

– Chico, ¿qué haces en este tren? ¿sabes hacia dónde se dirige este tren?

El chico, muy tranquilo, le respondió:

– No se preocupe, señor, estoy sólo yendo en el tren. Me gusta mucho ir en el tren.

El jefe de la estación, más intrigado todavía, le ordenó que saliera del tren y le dijo que le ayudaría a volver a casa. En eso el chico le respondió, sonriendo:

– No se preocupe, Señor, mi padre es el maquinista de este tren… Hacia donde vaya el tren, él va conmigo..

Esta historia puede ser aplicada a nuestra vida religiosa y a nuestra fe en Dios.

Vivimos diciéndole al Señor, en nuestras oraciones, que confiamos en Él, pero muchas veces no actuamos así en los momentos más difíciles. No aprendemos aún a abandonar nuestra vida en manos de Dios y a dejar que Él la conduzca conforme a su voluntad. Creo que esta es una de las más profundas experiencias religiosas que debemos vivir. Como aquel chico del tren necesitamos viajar tranquilos en el tren de esta vida, seguros de que el “maquinista” de la vida es nuestro Padre. Él nos creó por amor y nos guía en su amor. Necesitamos confiar en eso para ver la mano de Dios en nuestra vida y sentir que su mirada nos acompaña.

Hay varios versículos en la Biblia que repiten la misma palabra de Dios: “el justo vivirá por la fe” (Gl 3,11; Heb 10,38). Y existe otro donde San Pablo nos enseña que “sin fe es imposible agradarle” (Heb 11,6). De hecho, sin una confianza profunda en Dios por la fe, es imposible hacer su voluntad, pues ésta se realiza en nuestra vida en la medida en que, por la fe, aceptamos los acontecimientos cotidianos.

Toda la Biblia es un libro de fe que narra la aventura de muchos hombres y mujeres que, actuando en la fe, hicieron la voluntad de Dios, venciendo obstáculos insuperables. Cuando actuamos en la fe sentimos con claridad lo que el ángel le dijo a María: “ninguna cosa es imposible para Dios” (Lc 1,37).

Jesús reprendía severamente a sus discípulos cuando flaqueaban en la fe, y los llamaba “hombres de poca fe”. Después de la tempestad apaciguada, les dijo: “Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?” (Mt 8,26). A Pedro, que se hundía en las aguas del mar de Tiberíades, le dijo “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14,31).

Dios no puede actuar en nuestra vida cuando no demostramos confianza en Él y en su amor. El poder de Dios es liberado cuando nos lanzamos a sus brazos con toda la fe. El libro de los Salmos está repleto de esta profunda manifestación de fe en Dios. El Rey David, que vivía por la fe, cantaba:

“Yahveh es mi pastor, nada me falta…

Aunque pase por valle tenebroso,

ningún mal temeré, porque tú vas conmigo” (Sal 23 1-4).

“Yahveh es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer?

Yahveh, el refugio de mi vida, ¿por quién he de temblar?” (Sal 27,1).

Esa jubilosa esperanza en Dios, que hace brotar de los labios del hombre de fe palabras de confianza en el Creador, es su fuerza y alegría, incluso en los momentos más difíciles de la vida. Nosotros también necesitamos hacer crecer nuestra fe, repitiendo y viviendo esa esperanza en Dios todos los días, hasta que nuestra vida y nuestro futuro estén completamente en sus manos. Esa fe es el único remedio disponible para el hombre cansado y estresado de nuestros días.

Mientras las anclas no estén agarradas completamente a Dios, no estaremos firmes. Sólo Dios, con su poder, es capaz de darnos la seguridad que está más allá de todo y de todos. Entonces podremos cantar como el salmista:

“En Dios sólo el descanso de mi alma, de él viene mi salvación;

sólo él mi roca, mi salvación, mi ciudadela, no he de vacilar…

confiad en él, oh pueblo, en todo tiempo” (Sal 62,2-3.9).

Así, podremos vivir felices en esta vida, y tranquilos, como aquel niño que continuó en el tren cuyo maquinista era su padre.

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