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Hoy presentamos a…. el soberbio

Shutterstock / Vitabello1
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¿A que te reconoces en alguna de sus actitudes?

Lo que digo y lo que hago por lo general demuestran mi superioridad ante los demás, por lo que procuro usar palabras que pongan en evidencia mi cultura.

Un principio muy importante en mi relación con los demás es: “piensa mal y acertaras”.

En ocasiones, ante a quienes consta alguno de mis éxitos, me gusta quitarme méritos, lo hago exagerando un poco, con la intención de que me contradigan convencidos de mi modestia.

Me gusta imponer mis ideas de un modo u otro, por eso discuto aun no estando seguro de tener razón, sin importar de lo que se trate. Además, cuando sé que si tengo razón, no me importa ser grosero al insistir o imponerme, para mí no existe la impertinencia.

Siempre doy mi opinión, sin esperar que me la pidan, sobre todo cuando “sin mala intención” dejo mal parado a otro.

Si sé que mi opinión es útil, me callo para que se equivoquen, y así poder ufanarme diciendo después: “yo en su lugar, lo que hubiera hecho…”.

Pienso que mis dones y cualidades, que son muchos, me los he merecido, y que sin lugar a dudas merezco también que se me reconozca y estime. Por eso siempre espero que me saluden primero, excepto, claro está, si se trata de alguien importante.

Me gusta ponerme de ejemplo en todo, es lo más lógico. Además, el punto de vista de los demás no me interesa realmente, porque es raro que me equivoque, pero aun en ese caso, soy muy bueno para encontrar una excusa.

Hablo con estudiada naturalidad, presumiendo mi capacidad y prestigio profesional.

Nada me complace más que escuchar que me alaben, o cuando me entero de que han hablado bien de mí, pues me gusta distinguirme, ser singular.

Me alegra escuchar comentarios sobre errores y defectos de los que tienen éxito y prestigio.

Me molesta darme cuenta que otros son más estimados que yo, por eso procuro ocultar mis defectos y errores cuidando una buena imagen. Al fin y al cabo, las apariencias son lo que importa.

Me niego rotundamente a acomedirme haciendo una labor humilde, como abrir una puerta o cargar un bulto, por necesario que esto sea para otro. Me gusta que me sirvan, y si estoy pagando por ello, no veo porque dar las gracias.

Dar, es una palabra que no me gusta, a mí nadie me ha dado nada.

Enseñar o aconsejar gratuitamente por que alguien no pueda pagar, es absurdo, mi trabajo me costaron mis conocimientos y mi experiencia.

En ocasiones, los disgustos me llenan de ira y no mido mis actos ni mis palabras. Pero es normal.

Por todo la afirmado anteriormente… ¿Soberbio yo? para nada. Tan es así, que admito con humildad que me avergüenza no tener una casa, ropa o un coche más caro, entre otras cosas.

LAS CONSECUENCIAS DE LA SOBERBIA

Al no pensar bien de los demás, es difícil tener auténticas relaciones personales, duraderas y gratificantes, pues no se encuentran personas en quienes confiar plenamente y en el fondo se vive solo, aunque rodeado de gente interesada, temerosa o servil.

Al no aceptar las diferencias que se encuentran en la gente, no es difícil atropellarlas sin sentirse responsable, dejando una estela de resentimientos.

Lo más grave: se pierde la noción del pecado respecto al mandamiento: “amaras a tu prójimo como a ti mismo”.

Por Orfa Astorga de Lira.

Orientadora Familiar.

Máster en matrimonio y familia.

Universidad de Navarra.

Tags:
virtud
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