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En los procesos de adopción las ideologías sobran

Shutterstock / Syda Productions

Jorge Traslosheros - publicado el 06/09/15

La única voz importante es la de los niños, la cual debe ser escuchada antes, durante y después

La adopción de menores de edad ha generado un sordo e inútil debate desde hace tiempo, cuyo núcleo es si los adultos homosexuales de ambos sexos pudieran tener el derecho a la adopción.
El tema volvió a ganar tribuna en México por la decisión de la Suprema Corte de Justicia de declarar inconstitucionales ciertas limitantes impuestas a la adopción en el Estado de Campeche. Debemos decir que, en esta ocasión, los ministros no establecieron el derecho a la adopción para grupo alguno. En el Derecho mexicano no existe, ni ha existido, ni es deseable que llegue a existir semejante derecho para persona o grupo alguno. 
No obstante, los afectos a la ideología de género sacaron la matraca y se han encargado de presentar la decisión de la Corte como si los homosexuales hubieran adquirido tal derecho. Esto ha valido una respuesta no menos beligerante de quienes definitivamente se oponen, con el nocivo resultado de aumentar la ideologización del tema en el debate público. Entonces, malamente, el asunto ya no se centra en la necesaria protección de los menores, sino en los derechos de los grupos LBGT.
Esta forma de presentar las cosas ideologiza un delicadísimo asunto y perjudica a los homosexuales, pues los presenta como una élite de privilegio en un país, como México, en donde estamos hartos de grupos que gozan de prebendas por encima del conjunto de la sociedad. Es decir, los señala como la nueva casta divina. Flaquísimo favor les han hecho los corifeos de la ideología de género.
Sin embargo, lo más grave es que se lastima seriamente a los menores de edad en situación de adopción, al ensuciar con poco razonables opiniones cargadas de pasión ideática, lo que debería ser un proceso pulcro, en donde la idoneidad de los candidatos a convertirse en padres adoptivos debe ser el único criterio a considerarse.


La adopción, recordemos, es un acto jurídico mediante el cual un menor de edad, infante o adolescente, se incorpora plenamente a la vida familiar de los padres adoptantes.
En la república mexicana prácticamente todos los Estados reconocen ya el régimen de adopción plena. Esto quiere decir que los hijos pueden llegar por vía biológica o por adopción, pero una vez en el hogar son hijos sin distinción alguna. En la adopción se establece una filiación irrenunciable, humana y jurídica, para la formación de la familia, o bien fortalece su desarrollo si ésta se ha constituido previamente. Por lo mismo, el asunto de la familia también debe permanecer libre de ideologías.

En la adopción no se buscan niños para satisfacer necesidades de adultos, por legítimas que sean o parezcan. Se requieren padres idóneos para los menores de edad. No basta con ser un buen candidato, tampoco es suficiente ser una buena persona. Se buscan adultos idóneos para un menor de edad en específico, particular, con rostro y corazón. Es un proceso altamente personalizado en donde el menor está muy por encima de cualquier pretensión de los adultos.

En el preciso instante en que se estableciera la adopción como un derecho para grupo alguno, se transformaría al menor en objeto, en cosa al servicio de las necesidades de los mayores. Entonces, la persona o grupo privilegiado podría exigir al Estado la satisfacción de su “acceso al menor de edad”, como existe el derecho de “acceso al agua”.
Los infantes y adolescentes no son mascotas al servicio de las reivindicaciones ideológicas o necesidades afectivas de los adultos. Los menores en situación de ser adoptados no “merecen una oportunidad” de ser “cuidados por adultos que los amen”. Mucho menos se trata de un “acto de generosidad”, ni puede ser una política pública para salvar a “miles de niños del abandono”, por lo que cualquier familia sería buena. Estas son las peores razones para la adopción, pues mantienen a los menores en calidad de objetos al servicio de causas ajenas.

Por razones que agradezco a Dios desde lo más profundo de mi corazón, he tenido la oportunidad de estar en constante relación con grandes especialistas en el tema. Un verdadero ejército de padres por adopción y profesionales altamente capacitados. Sin excepción, afirman que la única voz importante es la de los niños, la cual debe ser escuchada antes, durante y después, incluso muchos años después de haber sido recibidos en sus familias. Esta voz, pletórica de sencillez y sentido común, se escucha de la siguiente manera.


Lo que sí es conveniente: 

  1. Quiero unos padres amorosos, que me entiendan y me guíen durante mi crecimiento y a lo largo de mi vida.
  2. Me gusta que mis padres me corrijan con amor y autoridad y me enseñen el camino de la felicidad. Por lo mismo, deseo compartir su relación con Dios, aprender su religión. Dios es un buen amigo. Lo se muy bien. A mi nadie me lo cuenta.
  3. Me gusta que mis papás estén conmigo en las buenas y en las malas, que me den tiempo y calidad en su atención. No basta con “tiempo de calidad” pues me me divierto mucho cuando simplemente perdemos el tiempo.
  4. Quiero que mis padres atiendan mis necesidades de alimento, vestido, educación, techo, salud. No es necesario que sean “ricachones”. Basta con poco, pero bien contado.
  5. Quiero una mamá, un papá y, si es posible, también hermanos. Una familia tal y como debía haberla tenido, como la de mis amigos y compañeros de la escuela.
  6. Quiero integrarme en una verdadera y gran familia donde pueda convivir con mi papá, mi mamá, mis hermanos, mis abuelos, primos, tíos y que esto se note mucho. El barullo es reconfortante. Tampoco deben faltar las mascotas.
  7. Quiero que mis papás se diviertan y jueguen conmigo, me abran las puertas al esparcimiento, al deporte y al arte.
  8. Me gusta que mis padres siempre se amen. Quiero vivir seguro, en medio de relaciones afectivas estables y para toda la vida.
  9. Deseo que mis padres, a pesar de mis defectos, fallas y fragilidades, siempre estén ahí, como maestros y consejeros. Por mi historia personal cargo con dolores que no comprendo y tengo pedazos de historia personal perdidos irremediablemente. En ocasiones esto me causa ruido, me desconcierta. Necesito el apoyo, exigencia y cariño de mi papá y mi mamá pues me los dan de distinta manera. Es como mis canciones. Se escuchan mejor en estereofónico.
  10. Quiero mi hogar, no cualquier lugar, con privacidad y autonomía, limpio, digno, seguro, donde pueda estar también con mis amigos.


Lo que definitivamente no quiero:

  1. No quiero ser señalado por mi condición de adoptado y mucho menos por las costumbres o condición de mis padres.
  2. No quiero ser desatendido por mis padres debido a su trabajo y compromisos.
  3. No quiero ser el trofeo de nadie, ni ser “exhibido como chango” para cubrir las necesidades afectivas o sociales de mis padres, parientes y mucho menos de sus amigos.
  4. No quiero estar condicionado de modo que si no soy “quien estaban esperando”, entonces me rechacen o de plano me devuelvan.
  5. No quiero vivir atrapado “por gratitud” por quienes, en realidad, exigen mi sometimiento ante el “generoso acto” de adoptarme.
  6. No quiero ser el hijo sustituto que mis padres no pudieron tener.

Cuando escuchamos sin más la voz de los menores de edad, entonces nos queda claro que los adultos estamos obligados a entregarles a los niños y adolescentes en situación de adopción la mejor situación familiar para su desarrollo material, psicológico, afectivo y espiritual. Lo demás es ideología y estorba.

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