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¿Dios, mi padre?

© Tetsumo / Flickr / CC
Niña
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Somos hijos de Dios, y olvidarlo puede costarnos la misma felicidad

Decir que Dios es “Padre” se puede tornar en una práctica habitual y vacía si es que no caemos en cuenta de lo que esto significa en la Historia y en nuestra vida personal.

Ya desde el Antiguo Testamento, se reconocía a Dios como Padre de la Creación[1], pues todo lo que existía fue hecho por Él. Sin embargo, a partir del Nuevo Testamento con la venida de Jesucristo en el Seno de María, la palabra “Padre” adquiere un nuevo sentido que haría que más de un fariseo se escandalice, y es que ya no era sólo el “Padre de la Creación”, sino que a través de Cristo – que es el Hijo de Dios – por adopción, hemos llegado a ser verdaderamente hijos de Dios en un sentido filial[2].

Ciertamente, de todos los 99 nombres que el Islam le atribuye a Allah, no encontraremos el de “Padre”, pues es justamente una realidad que por el Bautismo nos configura de manera especial como cristianos.

Después de la venida de Cristo

La predicación de Jesús con respecto a Dios Padre fue ciertamente única, pues ninguno de los Profetas había hablado jamás de esta manera. Cristo hacía evidente una relación especial y única entre Él y el Padre. Y así, decía que nadie conocía al Padre sino solamente el Hijo y a quien el Hijo quisiera dárselo a conocer[3] y sin olvidarnos por supuesto, de aquella afirmación de que Él y el Padre son Uno solo[4], que logró llenar de ira a todos los fariseos hasta el mismísimo Sumo Sacerdote, que se rasgó las vestiduras cuando lo reafirmó ante el Sanedrín.

A partir de la predicación de Cristo y de su enseñanza clara sobre su relación con el Padre, nosotros hemos quedado insertados en esta realidad divina, en donde ya no somos solamente criaturas, que como aquellos del Antiguo Testamento, decían a Dios “Padre” por haber sido el Creador de todo, sino que, elevamos los ojos al Cielo y rezamos el Padrenuestro porque Dios es verdaderamente nuestro Padre y nosotros somos sus hijos en el Hijo.

¿Y entonces?

Si esta realidad no nos asombra, es porque no hemos terminado de comprender la locura del amor de Dios, al que no le ha bastado con amarnos, traernos a la existencia, enviar a su Hijo y redimirnos, sino que ha querido entablar con nosotros una relación de Padre-hijo que se entiende perfectamente con aquella parábola del hijo pródigo[5], y que nos habla al corazón a tal punto de descubrir que Dios nos piensa a cada instante como un padre piensa en sus hijos.

“¡Qué buena cosa es ser niño! Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a la solicitud acompañe la hoja de sus méritos. Cuando el que pide es un chiquitín –como los niños no tienen méritos–, basta con que diga: soy hijo de Fulano.

¡Ah, Señor! – díselo ¡con toda tu alma! –, yo soy… ¡hijo de Dios!”[6]

Olvidarnos de esta realidad de ser hijos de Dios puede costarnos no solamente problemas en la vida cristiana, sino la misma felicidad, pues de qué manera podremos nosotros aspirar a cosas buenas, nobles, grandes y santas, si al final no tenemos claro y presente que el amor que Dios nos tiene –que es el que nos ha permitido ser felices y tener lo que tenemos– no es un amor de “Creador a creatura” sino de un Padre a su hijo.

Y así, ofender a Dios no es ya un “transgredir las normas”, sino ofender a ese Padre amoroso que lo ha dado todo por mí.

La relación íntima con Dios

Esta realidad de amor es desconocida, tanto para deístas como para agnósticos, que de una u otra forma no quieren o no se ven capaces de reconocer a Dios como una Persona Real, y que además es Padre. Sin embargo, éste conocimiento debe transformar nuestra vida y afectar activamente  nuestra manera de relacionarnos con Dios.

Es absurdo escuchar a un cristiano hablar del karma o del horóscopo, cuando entendemos que Dios es un Padre que por su Providencia nos mantiene a todos y así

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Tags:
teologia
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