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Cuando Papa Wojtyla habló a 80.000 jóvenes musulmanes

© JEAN-CLAUDE DELMAS / AFP

Gian Franco Svidercoschi - publicado el 19/08/15

Hace 30 años ocurrió algo que muestra que es posible leer el Corán, no como un manual de guerra sino como el libro sagrado de Alá

El 19 de agosto de 1985 marcó una fecha histórica: el encuentro de san Juan Pablo II en el estadio de Casablanca (Marruecos).

Juan Pablo II entró en el estadio de Casablanca y lo que vio le dejó sin aliento. No tenía claro concluir su tercer viaje a África con la etapa en Marruecos, un país que tiene como religión oficial la musulmana. Pero el rey Hassan había insistido y lo convenció. Y ahora, al ver esa gigantesca mancha blanca que recubría las gradas del estadio, el Papa se conmovió.

Lo esperaban casi 80.000 jóvenes musulmanes. Todos ellos vestidos de blanco, porque en esos días se llevaba a cabo una gran manifestación deportiva.

Era el primer gran encuentro que un jefe de la Iglesia católica tenía con el mundo musulmán, después de 14 siglos de prejuicios, conflictos, de “guerras santas”. Por una parte, las Cruzadas; por la otra los repetidos intentos de ocupar Europa.

Sí, ciertamente, el Concilio Vaticano II había dicho cosas nuevas también con respecto a la religión musulmana. ¿Pero qué palabras usar en ese primer contacto? Existía el riesgo de reabrir nuevamente los archivos de una historia penosa. O, sin pretenderlo, decir algo que pudiese ofender o irritar a quien escuchaba.

Wojtyla hizo la elección acertada y más creíble. Se presentó como era, y anunció claramente sus intenciones. Sin trucos, sin dobles sentidos, sin disfraces. Se presentó como obispo de Roma y como creyente en Dios frente a otros creyentes en Dios, explicándoles que estaba allí para hablar de Cristo: “Con mucha sencillez os quisiera dar el testimonio de lo que creo”.

Esta sinceridad conquistó inmediatamente al inmenso auditorio. Los jóvenes escuchaban atentos, fascinados. Y se veía en cómo lo aplaudían después de las frases más importantes, como si ya conociesen con anticipación el texto del discurso.

Decía el Papa: cristianos y musulmanes, en cuanto a hijos de Abraham, creen en el mismo Dios, “el Dios único, el Dios vivo, el Dios que ha creado los mundos y que lleva a sus criaturas a la perfección”.

Cristianos y musulmanes, por esto, tienen muchas cosas en común, como creyentes y como hombres; y en un mundo cada vez más secularizado y ateo, deben dar un testimonio común de sus valores espirituales.

“Nos encontramos en posiciones opuestas y hemos consumido nuestras energías en polémicas y guerras. Yo creo que hoy Dios nos llama a cambiar las viejas actitudes. Debemos respetarnos. Y debemos animarnos a mutuamente a realizar obras de bien", dijo.

Era el 19 de agosto de 1985, exactamente hace treinta años. De aquel extraordinario encuentro, muchos periódicos árabes hablaron de forma positiva. Marcó el comienzo de la estrategia wojtyliana para el diálogo interreligioso, marcando el modelo de convivencia que debería haber presidido las relaciones entre las religiones.

Un año después, Juan Pablo II se convertía en el primer Papa de la historia que entraba en una sinagoga, en Roma. Y convocó en Asís la Jornada mundial de oración por la paz. Y también con el Islam las relaciones mejoraron considerablemente, tanto que, por primera vez, un Papa entró en una mezquita, la de los Omayyadi, en Damasco, el 6 de mayo de 2001.

Pasaron solo pocos meses, y el atentado del 11 de septiembre a las Torres Gemelas bloqueó esos progresos. Todo hace pensar, y en cierta medida seguramente lo ha sido, en que se trataba del inicio de una verdadera y propia ofensiva para atacar el corazón de Occidente.

Pero en realidad, el terrorismo de al-Qaida y de Osama Bin Laden no ha sido otra cosa que la punta del iceberg, el principio de una reanudación a gran escala de los fundamentalismos islámicos, e incluso, del conflicto interno en el Islam entre sunitas y chiítas, entre Arabia Saudí e Irán por la supremacía política regional.

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Juan Pablo II
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