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¿Cómo debe cantar un coro parroquial?

© Marko Vombergar

Arquidiócesis de Medellín - publicado el 13/08/15

Anotaciones sobre el canto litúrgico (2)

En las acciones litúrgicas cabe cualquier género de música sagrada, incluyendo la música autóctona, si responde al espíritu, a la naturaleza y a los elementos celebrativos del misterio de Cristo y si no impide la debida participación del pueblo de Dios.

Es preciso valorar y promover los coros y ministerios de canto litúrgico, vinculados a las parroquias, bien formados, que no buscan exhibicionismos y que saben integrarse adecuadamente en las celebraciones. Son un verdadero servicio al Señor y a la Iglesia.

Una buena organización litúrgica evitaría siempre los solistas o coros contratados para diversas ocasiones que suplantan la asamblea, que buscan casi siempre protagonizar un “show” y que están más en función de una retribución económica que de un servicio litúrgico.

El mejor canto es aquel en el que se logra integrar equilibradamente la participación de la asamblea con las intervenciones del coro y de los solistas. Haciendo, por ejemplo, un diálogo entre antífonas y estrofas. En ninguna celebración litúrgica, por ningún motivo, la asamblea puede quedar muda y marginada del canto.

Es preciso esforzarse por cantar bien, con claridad, con sencillez, con unción. Se deben ejecutar cantos en los que, por la música, el tono y el movimiento, los fieles puedan participar. Ayuda mucho que un director ensaye antes con la asamblea y que se tenga al menos la letra de los cantos.

La instrumentación está ordenada a acompañar y sostener el canto; por tanto, no debe cubrir las voces ni impedir que se comprenda el texto. La amplificación de los equipos debe ser moderada y no conviene abusar de las cajas rítmicas.

El instrumento litúrgico por excelencia es el órgano. Es el único que puede proporcionar una estructura armónica completa, que posee una gran versatilidad para graduar el volumen y que es prácticamente una orquesta en manos de un solo ejecutante. Es preciso valorarlo y ejecutarlo con propiedad para dar esplendor al canto.

Todo instrumento y aun el coro deben callar cuando el sacerdote o un ministro pronuncian o cantan en voz alta un texto que les corresponde por función propia. Esto es preciso observarlo sobre todo durante la plegaria eucarística.

El canto de entrada debe ayudar a crear el sentido de comunidad y a disponer todo el pueblo para la celebración. No debe prolongarse después que han llegado los ministros. Tampoco los demás cantos deben durar más que la acción o el rito que acompañan. El canto no debe hacer pesada ni alargar la celebración.

El “Señor ten piedad”, el “Gloria”, el “Santo” y el “Cordero de Dios” se deben cantar siguiendo su texto litúrgico y ojalá con la participación de toda la asamblea. El aleluya sólo se suprime durante el tiempo de cuaresma; en el resto del año debe ser la aclamación con la que, de pie, la asamblea se prepara para escuchar la lectura del Evangelio.

Es muy conveniente, al menos en las solemnidades, cantar la antífona del salmo responsorial. El salmo se puede cantar sólo si hay un excelente cantor; de lo contrario, es mejor recitarlo. Las aclamaciones dentro de la plegaria eucarística, por su importancia, pueden cantarse. Se destaca el gran “amén” con el que el pueblo hace suya toda la plegaria eucarística.

Todos los esfuerzos que se hagan por cantar bien en la acción litúrgica quedan ampliamente compensados con el esplendor y la alegría de una celebración, que glorifica a Dios y edifica la comunidad cristiana.

Por Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín



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