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Inquisición: una breve historia

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Rafael de Mesquita Diehl - publicado el 08/08/15 - actualizado el 22/02/17


Este era dirigido por un inquisidor general, nombrado generalmente por el rey (recordemos que la Inquisición papal tenía su propio Gran Inquisidor, nombrado por el papa). En Portugal, en el siglo XVI, el rey Juan III también consiguió una institución parecida. Estos dos tribunales, más tarde, acabaron transformándose en instrumentos de favorecimiento del absolutismo de sus monarcas.

El absolutismo monárquico concebía una unidad del reino identificada con la unidad religiosa: así, los monarcas ibéricos buscaron expulsar o convertir por la fuerza a la población judía y musulmana de sus reinos.

Bautizados por la fuerza o por presión, estas personas pasaban a integrar jurídicamente la Iglesia, entrando, por tanto, dentro del alcance inquisitorial. Esto provocó una gran persecución – especialmente a los judíos – en los reinos ibéricos y en parte de sus colonias.

Procedimientos semejantes fueron adaptados por reinos, príncipes y autoridades ciudadanas de las diferentes vertientes de la Reforma protestante. En ese sentido, algunos autores hablan de “Inquisición protestante”, aunque hay que tener en cuenta que las configuraciones jurídicas e institucionales de éstas eran distintas de las inquisiciones católicas.

Con el Concilio de Trento, a finales del siglo XVI, el papado reorganizó la Inquisición papal, que pasó a llamarse Tribunal del Santo Oficio. Incluso después de la desvinculación de los poderes seculares de la acción inquisitorial – y la abolición de las inquisiciones en Portugal y España en el siglo XIX –, el Santo Oficio continuó trabajando en las cuestiones doctrinales de la Iglesia, estableciendo las sanciones y penas espirituales, ya no como un tribunal eclesiástico, sino como un dicasterio de la Curia Romana.

El papa Pablo VI renombró este dicasterio como Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Habiéndose transformado en la Edad Moderna en instrumento político, la Inquisición perdía la razón de ser con la desaparición de los movimientos herejes conturbados del período feudal, y con el estancamiento del elemento cruento de las contiendas entre católicos y protestantes después del siglo XVIII.

¿Es posible hacernos un juicio moral sobre los acontecimientos relativos a la Inquisición? Pienso que si, guardando las debidas proporciones contextuales.

Por un lado, es comprensible que la herejía se afrontara como problema de orden público en la Edad Media por el carácter violento de muchos movimientos heréticos, y que los inquisidores se vieran como defensores de su rebaño.

Por otro lado, hay que admitir que, en muchos casos, los implicados en los procesos inquisitoriales actuaron de forma contraria a los principios cristianos, desviando el proceso en algo que, en la práctica, se convertía en un intento de conversión forzada.

El equilibrio entre preservación de la doctrina y la disciplina eclesiástica y la tolerancia en la convivencia social con la disidencia religiosa era difícil de medir en tiempos en los que las cuestiones religiosas y políticas se mezclaban no sólo en la esfera de los principios, sino también a nivel institucional.

Mirada jurídica

Para los conceptos actuales del Derecho y las sensibilidades del hombre moderno, suenan extraños los métodos y penalidades de la Inquisición. Para los medievales, con todo, los tribunales eclesiásticos eran muchas veces vistos como más blandos que los tribunales seculares – que imponían penas más pesadas.

Un caso curioso mencionado por João Bernardino Gonzaga en su estudio jurídico-histórico sobre la Inquisición y dos ladrones que se hicieron la tonsura
(tonsura es el corte de cabello que los monjes y frailes utilizan como señal de su consagración) para que, al ser confundidos con miembros del clero, fuesen enviados para un tribunal de la Iglesia, de modo que escapen del juicio más severo del tribunal secular.

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historiaiglesia catolica
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