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Cristianos en Irak: “Estamos vivos, pero es como vivir en una jaula”

Refugiados en Irak

© UK aid for displaced people

Ayuda a la Iglesia Necesitada - publicado el 07/08/15 - actualizado el 07/04/17

Para el Gobierno y las Naciones Unidas, solo somos cifras. No nos consideran como seres humanos

Se cumple el primer aniversario del día más trágico en la vida de las religiosas dominicas que desempeñan su labor de servicio en Irak: en un solo día sufrieron y aceptaron un desafío con el que la mayoría de las personas no se tienen que enfrentar en toda su vida

A pesar del derramamiento de sangre, del sufrimiento y de la tragedia de los que fueron testigos en ese día aciago y en los meses siguientes, esas religiosas se mantuvieron fieles a su fe y a su misión.

Oír bombas a una cierta distancia no era nada desacostumbrado para las religiosas y su comunidad, en un conflicto que se desarrollaba muy cerca entre las tropas iraquíes-kurdas y el Estado Islámico. «Por la mañana oímos bombas expone sor Lyca; pensábamos que era normal porque había enfrentamientos entre las dos partes». Sin embargo, lo que no era normal es lo que sucedió después. «A las diez de la mañana cayeron bombas sobre el pueblo dice sor Lyca. Tres personas murieron: dos niños y una joven. Eran noticias terribles». 

Después del bombardeo, muchos comenzaron a huir del pueblo; pero las religiosas se quedaron allí porque se dieron cuenta de que la gente necesitaba apoyo y porque confiaban en que ese incidente sería como los anteriores, que solo habían durado unos pocos días. Se sentían también seguras por los peshmerga, las tropas kurdas, que habían prometido protegerlas. «Pusimos toda nuestra confianza en los peshmerga, que nos había prometido protección. 

Hasta el último minuto estábamos seguras de que nos defenderían», dice sor Diana. «Pero cuando vimos que se quitaban los uniformes, supimos que había llegado definitivamente el momento del peligro». Abandonadas de sus protectores y completamente indefensas, las religiosas decidieron abandonar su convento en Qaraqosh y ponerse en camino junto con otros miles de refugiados. No tuvieron más que media hora para empaquetar sus pertenencias. «Sufrimos pánico cuando nos dijeron que ISIS estaba ya en las carreteras, de modo que muchas personas huyeron incluso en pijama». «La distancia entre Erbil y Qaraqosh asciende a una hora. Nosotras necesitamos diez horas, porque había un inmenso embotellamiento», explica sor Lyca. 

Las religiosas huyeron al lado de muchos miles de refugiados, que huían del inminente ataque de IS. «Desde las 23.30 h hasta la mañana siguiente marchamos a pie, sin alimentos ni agua», dice sor Diana. «Y estamos hablando del mes de agosto, con temperaturas de unos 38 grados, con un calor sofocante, y eso sin agua». Además del agotamiento debido al calor y la deshidratación, las religiosas y las demás personas se vieron enfrentadas a imágenes horribles, que produjeron una viva impresión a las religiosas: «Cuando llegamos a la carretera vimos a miles de personas andando, y muchos automóviles», explica sor Diana. «En automóviles previstos para cinco personas, iban entre ocho y diez. Oímos llorar y gritar a niños, que tenían mucho miedo».

Una imagen se les quedó especialmente grabada: «cuando pasamos un puesto de control, estaba detrás de nosotras una ambulancia dice sor Lyca. Oímos decir que allí iban cinco islamistas, y el ejército abrió el fuego contra ese automóvil y otros. Vimos cómo la gente corría y tomaba a los niños; las madres echaban a los niños en nuestro automóvil para salvar sus vidas. Este es un momento que no olvidaré. Fue terrible».

Los campos de refugiados en Erbil también ofrecieron a las religiosas imágenes trágicas: «cuando llegamos era todavía más horrible ver a la gente dispersada por todos lados, como ovejas que no tienen pastor». Sor Diana dice: «muchas de esas personas habían abandonado mansiones. Tenían tanto, tanto… y en cuestión de unas pocas horas se quedaron sin techo. Comenzamos a darnos cuenta de que nuestro desplazamiento podría durar no días, sino años y años».

La Iglesia no quiso dejar a la gente en este estado; por eso tomó medidas para ofrecer ayuda: al día siguiente, las iglesias abrieron sus puertas, para acoger a los refugiados; las religiosas comenzaron a dar clases a los niños para ofrecerles educación en la medida de lo posible. Algunas tenían clases con cientos de niños, como sor Ban.

A pesar de esos esfuerzos desinteresados, la Iglesia y los refugiados tienen que luchar en un plano espiritual: «hemos perdido nuestra dignidad; nos han humillado de muy diversas maneras dice sor Diana. Vivimos de un día para otro; pero este no es realmente el modo como deberían vivir las personas humanas. Estamos vivos, pero vivimos en una jaula. No tenemos la fuerza ni la energía para abrir las alas hacia donde queremos». A pesar que de han trabajado duro para enseñar a los niños, temen que no sea necesario.

 «Nuestros niños vienen dos o tres horas a la escuela. Esto no es nada. A nuestros universitarios les han privado de sus centros de enseñanza. Como cristianos amamos la formación. Lo que hace IS significa matar a una nueva generación, pues si esa generación no consigue formarse, la próxima tampoco podrá hacerlo». Además, los hospitales no tienen la posibilidad de tratar a todos los pacientes; están preocupadas de que la ayuda que les llega no sea necesaria. «Para el Gobierno e incluso para las Naciones Unidas, solo somos cifras. No nos consideran como seres humanos», expone sor Diana.

No obstante, las religiosas tienen esperanza y conservan su fe en Dios. «Hemos llevado todas estas cosas a nuestra oración dice sor Huda; esta es mi fe. Dios ESTÁ con nosotros. Dios nos salvó cuando llegamos aquí. Queremos dar las gracias a todas las personas que piensan en nosotros y que nos ayudan».

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