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El vientre de alquiler: ¿una forma de explotación?

Eva Rinaldi-cc

Marcelo López Cambronero - publicado el 06/08/15

Una vez que la madre-unidad-productiva dé lo que tiene que dar se le permite regresar al abyecto agujero donde la encontraron

El día 6 de agosto los adorables gemelos de Ricky Martin cumplen siete años. El cantante quiso seleccionarlos varones, destruyendo a todos los otros embriones que no respondían a su antojo, por ejemplo los de sexo femenino, y los encargó a través de un vientre de alquiler. Esto ha convertido al portorriqueño en un icono de los defensores de esta práctica, cada vez más extendida sobre todo entre parejas homosexuales masculinas.

Pero Ricky todavía es más importante, a mi juicio, porque representa la mentalidad propia de la opulencia capitalista, y que se resume en una de sus más enfáticas declaraciones: “La ciencia nos ha llevado a un lugar tan mágico, que es como decir: «Si existe el microondas, ¿por qué no utilizarlo? Si existe el aire acondicionado, ¿por qué no prenderlo?» Si el día de hoy existe la subrogación gestacional [el vientre de alquiler], ¿por qué no considerarla como una opción?”.

Este es el dato decisivo: si uno tiene la capacidad económica de convertir al hijo de otro en un bien de consumo y a la madre que lo parió en una unidad de producción industrial, tal cual el aparato de aire acondicionado, ¿por qué no hacerlo? ¿Qué límite caerá sobre mi capricho si tengo el dinero suficiente para comprar lo que o a quien me apetezca?

Ya decían los teóricos del liberalismo económico que el motor que mueve las aspiraciones de los hombres es el egoísmo, y que no será la benevolencia lo que nos asegure los medios de subsistencia. El egoísmo hace que veamos en los demás bienes de uso y disfrute y que convirtamos todas nuestras relaciones en mecanismos de satisfacción de nuestros propios intereses. Por eso las relaciones –incluso las familiares- son tan frágiles: una vez que no me interesas te arrojo fuera de mi vida.

Benjamin Constant, un gran pensador francés del siglo XIX, lo expresó de una manera terminante: “el comercio es la forma de proseguir la guerra por otros medios”. Efectivamente: en lugar de invadir la India y llevarnos a los niños que nos parezcan “monos” para educarlos en Occidente, los compramos. Chesterton tuvo todavía una visión más clara cuando nos prevenía: “hay que destruir el capitalismo antes de que él nos destruya a nosotros”. Llegamos tarde: ya nos está corroyendo por dentro, como vemos en las declaraciones del inocente y desprevenido Ricky Martin.

La realidad es que muchas parejas, heterosexuales y homosexuales, recurren cada vez más al alquiler de úteros, y siempre en la misma dirección: occidentales que no conocen la escasez se dirigen a países del tercer mundo en el que mujeres que se encuentran en situaciones límite se ven abocadas a esta práctica para poder mantener a sus familias, salir adelante o, sencillamente, sobrevivir. Es muy cínico y hasta cruel hablar de un “contrato libre”, menos cuando aparecen empresas intermediarias que obligan a la mujer a vivir en una situación de esclavitud o de semiesclavitud hasta el parto (ver en este enlace).

La libertad con la que estas mujeres “contratan” se parece a la que tienen las que son obligadas por las mafias a practicar la prostitución y, de hecho, la mentalidad economicista que propicia el negocio (y el hediondo abuso) es exactamente la misma.

Por otra parte, y penetrando más en el problema, el derecho a la maternidad, como todos los derechos humanos, no se puede vender, es inenajenable. Comprar la maternidad a través de un contrato en el que se renuncia a ella es ilegal, va en contra de las declaraciones de derechos humanos, y es por eso es un delito que debe ser perseguido en cualquier lugar del mundo.

Pero todavía es más grave el uso que se realiza del niño cual una mercancía de consumo.

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Tags:
capitalismo

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