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La felicidad está «arriba»

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 31/07/15

Queremos dar satisfacción a todo lo que nos hace falta, pero el verdadero reposo no está aquí abajo

Muchas veces en nuestra vida utilizamos el verbo necesitar. Sobre todo en primera persona. Porque la propia necesidad es la que más nos inquieta. Y decimos: “Necesito tiempo, descanso, cariño, compañía, soledad, más dinero, un buen trabajo, más amigos”. Y alargamos la lista de necesidades.

Queremos dar satisfacción a todo lo que nos hace falta. A veces de forma obsesiva. Como si la felicidad llegara al satisfacer todas nuestras necesidades.

Los niños viven así. Tienen hambre y piden comida. Tienen sed y quieren beber. Gritan queriendo satisfacer todo lo que necesitan. Lloran. Se sacian y duermen. Pero pasan los años y dejan de ser niños. Cumplen años pero no siempre maduran.

Hay muchas personas que no maduran nunca. Necesitan algo y lo gritan. Lo exigen, lo suplican. Viven necesitando, pidiendo, buscando, demandando. Se amargan cuando no tienen, se enfadan cuando no logran. Centradas en sus preocupaciones, en sus necesidades, haciendo caso omiso de las necesidades de los otros.

 No se preguntan tanto qué necesitan los demás. Viven para que los hagan felices. Les importa lo que a ellos les hace falta en ese momento. Acaban creyendo que la satisfacción de todos sus deseos los hará más felices. Se equivocan, siempre quieren más.

También el mundo a nuestro alrededor nos engaña. Nos ha ido creando necesidades que antes no teníamos. Un móvil mejor, un coche más rápido, una casa más grande, un ordenador con más memoria, un viaje más fascinante. Los últimos avances en tecnología, las vacaciones más logradas.

Nos comparamos y necesitamos lo que otros tienen. Para no desentonar. Algunas de estas necesidades son buenas y nos hacen bien. Nos facilitan la vida, nos permiten cuidar más los vínculos. Pero otras no nos hacen tanto bien, aunque pensemos que las necesitamos para vivir. Nos acaban haciendo esclavos.

El pueblo judío en el desierto creyó que necesitaba un dios de oro. Tenían hambre, querían pan y recordaban todo lo que tenían cuando eran esclavos en Egipto. Añoraban la esclavitud de entonces como una época dorada.

Tantas veces idealizamos el pasado en nuestras vidas. La libertad del desierto sólo les traía hambre y pasaban necesidad. Por eso decidieron construir un becerro de oro con sus joyas.

Era un dios que les daba seguridad. Lo tocaban, y podían poner en él toda su confianza. No querían un Dios al que no podían ver ni tocar. Un Dios escondido. No amaban a ese Dios que parecía dejarles solos en el desierto. No sentían su abrazo, ni percibían el calor de su mirada, ni su mano guiando sus pasos.

 A veces, a nosotros nos pasa algo parecido. No confiamos en Dios que es nuestro Padre y necesitamos tocar las cosas. Deseamos certezas.

Decía el Padre José Kentenich: “Sólo en lo alto hay descanso, sólo hacia lo alto debe aspirar el hombre. No lo olviden. La infancia espiritual es la única salvación efectiva frente a la crisis del tiempo actual. El reposo adecuado a la naturaleza humana está arriba, en su nido original, en lo alto, y no aquí abajo[1].

Nos falta el descanso en Dios. Nos falta volver los ojos a nuestro Padre. Confiar como los niños en su poder misericordioso. La experiencia de una filialidad sana nos ayuda a caminar. La confianza en Dios nos da seguridad.

Cuando no la tenemos necesitamos el poder de los poderosos. Y el dinero de los ricos. No confiamos en los planes de Dios que recoge donde no ha sembrado y es capaz de sacar un árbol inmenso de una semilla tan pequeña como la de la mostaza.

No confiamos en ese Dios que me ha creado, me ha amado y ha caminado a mi lado toda mi vida. Por eso necesitamos la protección de los que más mandan. Y el consuelo de los que más poseen.

Ponemos nuestra seguridad en ídolos falsos. Nos buscamos dioses de madera que no hablan y no aman. Dioses que nos den seguridad y satisfagan todas nuestras necesidades. Dioses que aumentan en número con el paso de los años. Acumulamos cada vez más becerros de oro en el corazón. ¿Cuáles son esos becerros de oro que me dan seguridad? ¿Dónde estoy siendo esclavo?


[1] J. Kentenich,
Niños ante Dios
Tags:
alma
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