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​Al final Dios no nos preguntará: ¿Cuántas reuniones has tenido?

© Luis Hernandez / Flickr / CC
Mar
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No se trata de hacer mucho, al contrario, la vida consiste en dejarnos hacer

Creo que a veces podemos acomodarnos en nuestra vida. Vemos tanto dolor que pensamos: “No puedo calmar a todos, entonces mejor no calmo a ninguno”. No lo ofrecemos todo. No ponemos todo en la patena.
 
Somos muy egoístas con nuestro tiempo. Nos reservamos tiempo para nuestro descanso, para nuestro deporte, para nuestros amigos, para nuestra agenda llena de compromisos, para nuestros hobbies. Los hombres con hambre pueden esperar.
 
¿Cómo es mi forma de darme? ¿Me doy o soy cómodo y egoísta en la entrega? ¿Me cuido demasiado?
 
Decía el Padre Kentenich: “¡Cuánto trabajo y cuánto tengo que afanarme para convertir el mundo! Todo este afán se justifica si es querido por Dios. Pero también es bueno asegurarse de que no se trata de un activismo meramente natural. Cristo no quería nada que no fuese hacer siempre la voluntad del Padre[1]
 
A veces también podemos obsesionarnos con las almas y buscamos incansables convertir el mundo entero. Pecamos de exceso de protagonismo. Nos pensamos imprescindibles.
 
Tenemos que dejarnos conducir por Dios, incluso cuando pensemos que nos pide que no hagamos nada. A veces podemos sentir que hacemos pocas cosas y podemos sentirnos culpables por ello.
 
Los apóstoles siguieron a Jesús y estuvieron con Él. No hacían mucho. Escuchaban, hablaban, compartían con Él la vida, el camino, el descanso, la comida. No convertían muchas almas con sus palabras. No hacían muchos milagros. No sanaban muchos enfermos.
 
Nosotros nos creemos a veces indispensables para Dios. Podemos llegar a pensar que seríamos más útiles en otra parte, en tierra de misión, no en una sociedad acomodada y burguesa.
 
Corremos el riesgo de caer en el activismo o en el afán de protagonismo. Creemos que cuanto más producimos, más logramos. Nos pensamos indispensables para la conversión del mundo y para cambiar la Iglesia.
 
Nos olvidamos de algo fundamental: Dios recoge el fruto allí donde no ha sembrado. Dios lo puede hacer todo con pocos panes y peces. Por esto tenemos que confiar más. No se trata de hacer mucho, al contrario, la vida consiste en dejarnos hacer.
 
Decía Gustav Mahler: “Yo no compongo, soy compuesto por la música. Yo soy esa canción”. Dios quiere componer una canción con mis notas, con mis torpes acordes. Dice una canción: “Tú, Señor, que sabes todo e interpretas melodías. Tú que usas bien mis notas, para componer el día”. 
 
Soy compuesto por Dios, no compongo yo. Pero se me olvida. Cuanto más produzco más orgulloso me siento.
 
Al final de nuestra vida no vendrá Dios y nos preguntará: ¿Cuántas reuniones has tenido? ¿A cuántos has convertido?¿Cuántos cursos de formación has hecho?¿Cuántas personas han encontrado la alegría gracias a tu entrega generosa? No, no será esa su pregunta.
 
Jesús simplemente me mirará y me dirá: ¿Cuánto has amado a los hombres con hambre? ¿Cuánto me has amado a mí en el silencio, en la cruz? ¿Dónde has dejado tu corazón como prenda? ¿Has dado la vida por aquellos que te he confiado?
 
Lo sabemos, pero se nos olvida y caemos en una espiral de hacer muchas cosas para agradar a Dios y sentirnos satisfechos, orgullosos de las melodías que creemos haber compuesto.
 
Si no hacemos nada nos sentimos culpables, si nos exigimos demasiado acaba pasando factura. A veces nos buscamos a nosotros mismos en todo lo que hacemos. No tenemos pureza en nuestra intención.
 
Creemos que haciendo mucho recibiremos mucho y estaremos más felices. Tapamos carencias con ese reconocimiento que tanto nos agrada. Vivir la gratuidad nos cuesta. Dar sin recibir nada nos parece impensable. Pero es el sello de Jesús, y debería ser el nuestro. Entregarnos por entero sin querer cosechar. Dar sin reservarse.

[1] J. Kentenich, Santidad, ¡Ahora!, 153-154         
 

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