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Leónidas y Tsipras el mercader, de la democracia y de la demagogia

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César Nebot - publicado el 26/07/15

A pesar de que en el ágora confluían política y mercadeo, la diferencia era percibida clara y diáfana. Nadie libre y sin ataduras podía tomar partido por las cuestiones políticas, de igual manera, la libertad de pensamiento era  el peaje de entrada para la dedicación a la cultura y la filosofía. El mercader tenía vetadas estas actividades. Esto, más allá de simples consideraciones elitistas, propiciaba un efecto interesante: ni la política, ni la cultura ni la filosofía se convertirían en moneda de cambio para otros intereses.

Pero hace siglos, el mercantilismo dejó de ser considerado negativo. Más aún, la visión del hombre actual está ligada al hombre de negocios, incomprensible para alguien del mundo antiguo. De esa forma, el mercantilismo y la negociación han devenido en materias transversales a las demás. Se mercantiliza la cultura, el pensamiento y, en especial, la política.

Dejando de lado el aire épico pretendido por Tsipras en la convocatoria del referéndum, hay un elemento que por omisión o con toda intención ha obviado y resulta fundamental en la concepción griega de la política: la libertad. Pero, ¿qué margen de libertad dispone el pueblo griego con un Estado que debe un 177% de lo que son capaces de producir en todo un año? ¿Qué grado de libertad dispone quien no puede hacer frente ni a sus propios pagos, tiene graves problemas de liquidez y crediticios?

Sin libertad no se puede hacer política. Sin libertad sólo se puede negociar como lo hacían los esclavos en el mundo antiguo. Sin libertad sólo se puede mercadear sobre los intereses pero difícilmente se puede construir el rumbo de un pueblo sobre su soberanía. Por lo tanto, uno debería revisar cuándo perdió su libertad, cuándo cambió su primogenitura por un plato de lentejas, cuándo se aceptó mercadear con aquello que no debía ser objeto de intercambio.  En qué momento y quiénes optaron por el crecimiento a crédito, por socializar los sobrecostes de la especulación y de la corrupción, por vender el futuro de todos los hijos por el beneficio presente de unos cuantos.

Sin esta reflexión, sin una auditoria de la deuda, sin una búsqueda real y tenaz de responsables, difícilmente se puede recuperar el sentido de libertad. Sin esta reflexión, resulta difícil entender la negociación del tercer rescate como otra cosa que no sea un balonazo hacia adelante para seguir haciendo lo mismo y seguir hundiéndose en el abismo. 

Sin esta asunción de responsabilidades, no era posible concurrir a ese referéndum como hombres libres y, por lo tanto, hacer una política que se imponga a los mercados. Por eso mismo, la convocatoria del referéndum por parte de Tsipras cuya pretensión era procurar mejorar su posición negociadora en el mercadeo con las instituciones europeas no es un ejercicio de democracia, en el que se pone de manifiesto el poder del pueblo, sino un ejercicio de demagogia, de usar y dirigir al pueblo.

En esta demagogia, la política sigue subyugada al mercado y, en consecuencia, salvo temporalmente en lo mediático, el resultado nunca podía ser relevante. El claro apoyo del pueblo heleno al “No a las condiciones del tercer rescate” con un 60% de los votos no ha servido más que para reafirmar que su soberanía se fue perdiendo en la burbuja de las Olimpiadas de Atenas 2004 y hasta la fecha; ha servido para que Alemania se erigiera como exigente en el endurecimiento ejemplar de las condiciones y recortes sociales para el tercer rescate que desincentive a otras economías seguir por la misma senda.

Y Tsipras ha tenido que aceptar y el pueblo heleno claudicar. Ni Tsipras ha sido Leónidas, ni el referéndum el desfiladero de las Termópilas, y fundamentalmente porque ha olvidado que Leónidas, cuando plantó cara a Gerges,  era libre y Tsipras ha sido un simple mercader.

Si los mercaderes hacen política, ésta ya no puede ser independiente, ni libre, ni autónoma para perseguir el bien común. A pesar de que en la política actual, con sus mentiras, sus traiciones y tránsfugas, se pretenda como habitual que las ideas y las políticas se rindan al mercantilismo, se compren lealtades y se vendan principios, existe un vestigio profundo en nuestras conciencias que se indigna y grita para echar a los mercaderes del templo y arrastrarlos a su lugar adecuado, el mercado.

Ese resto arqueológico del mundo antiguo que reside en una profunda cavidad de nuestro interior se revela cada vez que lo relativo a nuestra libertad se usa como en moneda de cambio.  Y se revela no sólo querer defender los principios, sino porque en el fondo somos conscientes de que este tipo de política nos hace menos humanos, nos hace menos hombres libres. 

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economíagreciaunion europea
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