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Grecia, de la responsabilidad y el abismo

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César Nebot - publicado el 25/07/15 - actualizado el 14/07/17

En un futuro no muy lejano nuestros hijos nos preguntarán qué clase de Europa hemos construido y con vergüenza apartaremos los ojos

Un padre de familia pide un préstamo acordando por escrito unos intereses y unos términos de devolución con los acreedores. Ese préstamo debe servir para mejorar la productividad de su negocio y así, con el incremento del valor añadido, pagar los intereses al devolver la deuda y disponer de más dinero para su familia.

No obstante, al ver su boyante cuenta bancaria tras la concesión del préstamo, decide dar un capricho, unos detalles para su familia y, sobre todo, regalarse ese buen coche deportivo con el que soñaba  porque en el fondo siente que se lo merece.

Pasa el tiempo y como el dinero no ha sido rentabilizado en el negocio, no puede hacer frente al pago de la deuda con sus intereses y no puede liquidar el coche deportivo.  Nervioso acude a los exigentes acreedores y les enseña la foto de familia que ya empieza a vivir ciertas apreturas. Les solicita más tiempo y un segundo préstamo para hacer frente al pago del primero bajo la promesa de relanzar definitivamente el negocio.

Los acreedores acceden pero empiezan a imponerle ciertas condiciones. Si bien la mayor parte del segundo préstamo sirve para pagar el primer préstamo, el restante lejos de mejorar la productividad del negocio vuelve a ser empleado para gastos suntuosos. La familia comienza a pasar penurias y se hace el momento del siguiente pago.  

El padre vuelve a estar en las mismas y sin poder liquidar el deportivo. Los acreedores le exigen cuentas y se sienten engañados. Reclaman su dinero, pero el padre de familia no puede pagar. Los acreedores exigen que racione incluso los gastos corrientes de su familia.

Esa noche, el padre reúne a su mujer y a sus hijos y les explica las exigencias de los acreedores y la amenaza de que la familia pase momentos de hambre. Tras esto decide proponer una votación, evidentemente los hijos votan que no quieren que esos señores se salgan con la suya. Al día siguiente, habla con los acreedores con la resolución de la votación familiar. Estos se enfadan y deciden seguir con sus exigencias… ¿cómo acaba este cuento?

Este cuento no difiere mucho de lo que ha estado sucediendo en Grecia con la negociación del tercer rescate al país por parte de la Troika. El final del mismo todavía es incierto y tiene en vilo no sólo a toda la zona Euro, sino  a la totalidad de mercados internacionales.

En primer lugar, uno de los puntos cruciales consiste en analizar la responsabilidad de esta situación. Claramente, en el cuento los menos responsables son los hijos, lo que en la realidad de Grecia se corresponde con el propio pueblo; simplemente han vivido el marco que se le ha dado desde sus instituciones.  De acuerdo con este cuento, la principal responsabilidad debería recaer en la mala gestión del padre de familia, pero ¿en su totalidad? Claramente, sin prestamista no habría prestatario.

De igual manera que es incauto el que da un préstamo sin conocer las condiciones económicas del prestatario, la construcción de la zona Euro fue muy laxa con el incumplimiento de Grecia de las condiciones de entrada al euro. Pero Grecia no fue la única economía europea que no cumplía con el déficit, por ejemplo, muchas otras incluida Italia o Francia no cumplían y simplemente se optó por hacer la vista gorda. ¿Qué sentido tiene que un prestamista haga la vista gorda?

Realmente ninguno, salvo que la construcción de la zona euro, con libertad de capitales y sin armonización fiscal, propiciara zonas refugio para el capital que compensaran esas deficiencias. Tras la creación de la zona euro, Alemania multiplicó por cinco su Balanza comercial, lo que disparó su posición acreedora. La afluencia de capitales a la periferia de Europa generó ilusión monetaria y favoreció la aparición de burbujas especulativas. Los sucesivos gobiernos irresponsables acabaron por hacer el resto.

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Tags:
economíaunion europea
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