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Eternal: ¿quién quiere vivir para siempre?

Focus Features
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¿A qué precio alargamos nuestra vida? ¿a costa de qué o de quién?

La inmortalidad, o al menos la prolongación de la vida más allá de la habitual duración y sus limitaciones biológicas, es un tema recurrente en literatura y cine, y de hecho el título de esta crónica sobre la película recién estrenada, dirigida por Tarsem Singh, es deudora de la película “Los inmortales” (título original “Highlander”, “El montañés”, en alusión a los habitantes de las Tierras Altas de Escocia) y a una de las piezas emblemáticas de su banda sonora, obra del grupo Queen y que con la pregunta retórica “Who wants to live forever?” se interrogaba sobre las penurias que podían acabar sufriendo quienes traspasaran las barreras de los años que nos son dados en este mundo de forma natural.
 
Pero si en ese caso el inmortal lo era de manera ajena a su voluntad en “Eternal” (luego comentamos lo de su título original y la traducción) el protagonista es quien, gracias a los siempre socorridos (y nunca suficientemente bien explicados) avances de la ciencia y la tecnología consigue traspasar la frontera de la mortalidad a base de “descargar” su conciencia en un nuevo cuerpo.

Así, el millonario pero decrépito personaje interpretado por Ben Kingsley pasa a ocupar el envoltorio físico de Ryan Reynolds (que puestos a elegir, no es mal envoltorio físico). Y como no podía ser de otra forma tras unos compases iniciales de alegría y diversión algo habrá que comience a no funcionar de manera adecuada. Qué sería de las historias que empiezan bien si no hubiese algún fallo que nos condujese de cabeza al conflicto que todo lo tuerce.
 
Tarsem Singh, el director de la película en la que se muestra estilísticamente muy comedido para lo que suele ser habitual en él, ya había explorado cuestiones de cierta profundidad relacionadas con la realidad, la identidad o la verdad con espectaculares (y altamente recomendables) resultados visuales en títulos como “La celda” o “The Fall” y, curiosamente, su anterior trabajo se tituló “Immortals”, todo un delirio visual al servicio de una historia inspirada en la mitología griega y estilísticamente deudora también del “300” de Zack Snyder, pero en esa ocasión no existía realmente más reflexión sobre la inmortalidad o la trascendencia que la derivada de cómo recogerían los cronistas el relato de las hazañas de los héroes.
 
En “Eternal” la inmortalidad de la que se habla es más prosaica, se trata simplemente de no completar de forma natural nuestro paso por este mundo engañando a la biología para conseguir una prórroga aunque ello suponga, como descubrirá el inquieto espectador, que sean otras vidas las que resulten perjudicadas. Y he ahí la gran reflexión que podemos traer a terrenos menos trascendentes en lo biológico: ¿a qué precio alargamos nuestra vida? ¿a costa de qué o de quién? Y aún peor ¿cuándo pasamos a sacrificar parte de nuestra vida por alargar otros aspectos de la misma?
 
El engañoso título con el que se ha estrenado la película en España, “Eternal”, nos remite a una palabra inglesa que significaría “eterno” pero que no se contiene en el título original, que es “Self/less”. Lo cierto es que si eliminamos esa barrita inclinada en medio de la palabra, “selfless” significa “abnegado” y podría guardar relación con el esfuerzo y sacrificio que alguien realiza bien por altruismo o bien (según indica la RAE) por motivos religiosos. Pero si separamos las dos sílabas el resultado, “self less”, nos remite a una expresión traducible por “menos yo”, no en el sentido de sustracción sino el de disminución, es decir, un ego más pequeño.
 
Y quizá esté ahí la clave de algo más de lo que se nos muestra en la película. Porque ya en el trailer se nos avanza que al “descargar” la conciencia en un nuevo cuerpo aparecerán “recuerdos” de una “vida anterior” del “huésped” y así el protagonista podrá experimentar como nadie nunca lo que supone “colocarse en el lugar de otra persona”. Empatía máxima.

Esto ya puede ser una pista más adecuada a una de las reflexiones que nos despierta “Eternal”, que quizá la inmortalidad (o la prolongación de la propia vida) sea mucho más fácil de alcanzar (y por el momento, al menos posible técnicamente) no con complejos trasplantes de conciencias sino permitiendo que nuestra conciencia sea permeable a los demás y que en la medida de lo posible nuestros propios actos puedan servir de testimonio para la posteridad gracias a haber ayudado a los que quedan aquí después de nuestra marcha.
 
Vaya, pues al final Tarsem Singh quizá sí seguía con el mismo tema de “Immortals”, aunque no hablemos de gestas de héroes mitológicos sino de las pequeñas hazañas de héroes cotidianos.

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