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​Por qué es mucho mejor ir por la vida con otros que solo

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 14/07/15 - actualizado el 07/11/18

El amor nos pide renuncia, pero nos da un hogar, un lugar en el que descansar

De dos en dos. Me gusta esa referencia. Uno no es enviado en solitario. Va siempre con otro. Tal vez la misión sería imposible si voy solo, si no tengo otro apoyo. Un bastón para vencer las dudas de mis pasos.

Decía el Padre José Kentenich: “Hoy en día, el deber de esta profunda comunidad se hace más necesario que nunca, puesto que las circunstancias del tiempo separan muy fuertemente a los personas unos de otros.

Podrá ser que vengan tiempos difíciles. Y es verdad que, cuanto más difíciles son los tiempos, tanto más estrechamente debemos unirnos como una única gran familia llamada por Dios[1].

De dos en dos. Entrelazados los corazones. La comunidad era importante. Jesús nunca iba solo. Jesús no envía a los suyos solos. Los envía acompañados. La comunidad ya en sí misma es testimonio.

El amor fraterno es testimonio de un amor inmenso. La entrega por una misión en comunidad. Unir los corazones. ¡Qué difícil a veces estar unidos en una misma misión!

La Iglesia, tan diversa en carismas, tan unida en Jesús, ¡Cuánto cuesta que esté unida! Somos autónomos y podemos caer en la autosuficiencia. Como si no nos importaran los demás.

Vivir en comunidad en un mundo que tiende a separar no es sencillo. Pero es la gran misión que hoy tenemos.¡Cuántas personas viven hoy solas! Muchas personas que no encuentran con quien recorrer el camino de la vida.

Y, además, ¡cuánto cuesta asumir el compromiso de vivir en comunidad! Uno quiere conservar su independencia. ¡Qué difícil tener que ceder para hacer posible la comunidad! Toda comunidad, toda vida en compañía de otro o de otros, exige renuncias. El amor nos pide renuncia. Pero nos da un hogar, un lugar en el que descansar.

Jesús los manda de dos en dos. No solos. Para que se cuiden y protejan. Para que se guarden y sostengan. Para que los demás puedan ver cómo se aman. La Iglesia es comunidad. Es comunión de corazones.

¿Con quién me envía Jesús? ¿Con quién comparto mi misión? ¿Cuido a mi compañero o compañeros de misión? Nos unimos los unos a los otros. Unidos en una misma misión. No mi misión particular.

A veces nos pasa que nos creemos nosotros fundadores, enviados en soledad a marcar nuestro estilo, a imprimir nuestro carácter. Perdemos fuerza porque vamos solos. No nos dejamos complementar por otros. No complementamos. No contamos con otros.

Jesús nos envía de dos en dos. Unidos en el alma. ¡Cuántas barreras nos separan! Envidias, rencores, egoísmos. Competimos por dejar nuestra impronta.

Nos falta humildad y mansedumbre para servir. Generosidad para acoger con alegría el aporte de los demás. En este mundo impersonal e individualista el testimonio de la comunidad ya es importante.

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