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¡Rompe el esquema que tienes de Dios!

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 09/07/15 - actualizado el 07/11/18


No se abre su corazón a conocerlo, a ver cómo es el corazón de este Jesús que es más de lo que pensaban. Es un primer fracaso para Jesús. No consiguió llegar a ellos. Él los quería, habían formado parte de su vida y de su paisaje de niñez. Y ahora no lo aceptan como es, no lo acogen. No se acercan, se alejan. Murmuran.

Le costaría. Es una pequeña herida. No quieren conocerlo. No quieren abrirse a Él. Se preguntan ¿No es este el hijo del carpintero? Sí que es el hijo del carpintero. Es un título que a Jesús le llenaría de orgullo. Pero en cuanto no controlan lo que hace, lo que es, lo rechazan.

Hace milagros. Habla con sabiduría. Se atreve a hablar en la sinagoga ante los que le han visto crecer. ¿De dónde saca todo eso? Esa pregunta tiene en realidad una verdad muy honda. ¿De dónde sale Jesús? ¿Cuál es su fuente? Dios es su fuente.

Pero ellos no ven más allá. No están abiertos. Quieren seguir con su vida de siempre donde Jesús es un vecino más. Y todo sigue igual. Les da inseguridad lo nuevo, lo que va más allá de lo conocido, de lo lógico, de lo medible y controlable.

Los comprendo. Jesús vive fuera, hace cosas distintas de las esperadas, no trabaja en lo que todos pensaban que debería trabajar. No se ha casado y no ha comenzado una vida familiar. Se ha alejado de los suyos.

“En Nazaret, la familia lo era todo: lugar de nacimiento, escuela de vida y garantía de trabajo. Fuera de la familia, el individuo queda sin protección ni seguridad. Sólo en la familia encuentra su verdadera identidad”[4].

No saben ver quién es, no saben ver todo lo que hay en su corazón. Jesús se sintió impotente. No pudo hacer ningún milagro. Para el milagro hace falta la apertura del corazón. Jesús no se lo esperaba. Le sorprendió su falta de fe.

Se extrañó porque confiaba en ellos, porque pensaba que podía regalar esa misión que había descubierto en su alma hablando con su Padre. Ya sabe quién es. Su misión.

Es verdad que cuando descubrimos nuestra identidad, ese sueño de Dios para nuestra vida, necesitamos volver a los lugares que amamos, a nuestra casa familiar, a nuestros paisajes.

Eso nos ayuda a comprendernos, a ver nuestra vida con profundidad, viendo cómo la mano de Dios nos condujo siempre. Nos ayuda a comprendernos en nuestra historia, en nuestras raíces. Nos ayuda a saber a dónde pertenecemos. A las personas que conocimos de niño nos atan recuerdos de nuestros padres o abuelos, vivencias profundas que nos ayudan a hacer nuestro un sitio. Creo que nos pasa a todos.

Jesús amaba Nazaret. Hoy vuelve. Jesús, el peregrino, tiene una tierra. Pertenece a un lugar. No es un nómada sin raíces. Es el mismo que se fue, pero con un ardor nuevo. Y no lo quieren como es. Le piden que se meta en su esquema y no les incomode.

¡Cuántas veces Dios rompe mi esquema pequeño! Y no le veo, ni le escucho, porque no hace lo que yo pienso que tiene que hacer, porque no se amolda a mis ideas sobre Él.

Ojalá yo sea capaz de abrirme a Dios y aprender, y comenzar de nuevo. Ojalá nunca encasille, nunca rompa con alguien porque ya no es lo que era, lo que yo pensaba que tenía que ser. Nada sana más que el amor incondicional de alguien a nuestro lado. Que me quiere como soy, con mi verdad, con mi misión, con mi sueño.

Así nos ama Dios. Tal como somos, tal como estamos y en el momento en que vivimos. Nos acepta y acoge. Me ama con mis cambios.

¿Cuál es mi esquema de Dios, ese esquema que hace que a veces Dios me defraude? Hoy lo rompo. Hoy acepto la vida en toda su profundidad. Hoy acojo a Jesús que necesita que abra mi corazón para poder hacer milagros. Es mejor que todas mis imágenes sobre Él.

Ojalá otros puedan sorprenderse al ver lo que Dios hace en nosotros. Él hace maravillas con nuestra pobreza. Ojalá podamos admirarnos así.

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