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​Saca lo mejor de tu dolor y tus limitaciones

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/07/15

Pensar que puedo encontrar la fuente de mi vida en lo que me hace sufrir me parece hasta absurdo

Una persona rezaba: “Porque te busco para abrazarte y no sé encontrarte. Duele, Señor. Creo que ese dolor es sano, es dolor redentor, es el dolor del pecado, de la pequeñez, porque ser pequeña duele, porque pecar duele. Lo asumo si quieres, porque quieres y por el tiempo que quieras, Señor. Lo asumo y lo llevo con gusto. Te lo pido así si es tu voluntad. Que me ayude a ser humilde, aunque me duela. Con gusto también te lo entrego”.

Un aguijón que duele y nos hace humildes. Una espina clavada en la carne. Quisiéramos no sufrir. Es necesario aprender a vivir con nuestro aguijón, con el dolor que nos pesa en el alma. Con la herida que hace más lentos nuestros pasos o los detiene.

Decía Khalil Gibran: “Quiero saber si has tocado el centro de tu propia pena. Si has estado abierto a las traiciones de la vida. O te has vuelto marchito y cerrado por miedo a más dolor. Quiero saber si te puedes sentar con dolor, tuyo o mío, sin moverte para esconderlo, diluirlo o arreglarlo”.

Aprender a llevar alegre el dolor que me pesa, que me lacera el alma. Aprender a tocar el dolor que vive en mi alma. Caminar seguro con el alma herida. El dolor que hiere en lo más hondo.

¿Cuál es el nombre de mi aguijón? ¿Cuántas espinas tengo clavadas en mi carne? ¿Cuántas veces le he pedido a Dios que me libere de mi debilidad? Muchas veces lo hacemos. Nos arrodillamos impotentes al ver cómo la barca sigue nuestro rumbo y no es capaz de desafiar el horizonte infinito.

Vuelvo una y otra vez a toparme con mis torpezas. Caigo en mis debilidades y el aguijón hiere el alma. En esos momentos quisiera ser capaz de alzarme sobre mí mismo. Y escucho que Dios me dice que me basta su gracia. Me basta su fuerza.

Y yo que pretendo hacerlo todo con mis fuerzas, con mis capacidades. Sin contar casi con su poder. Sin buscar la sabiduría del Espíritu… Me empeño en alegrarme con mis fortalezas, con mis talentos, no con mis incapacidades. Es una paradoja.

¿Cómo puedo alegrarme con lo que me hace sufrir? No lo entendemos. A Dios pocas veces lo entendemos. Que mi herida, que mi aguijón sea fuente de vida me parece imposible. No me lo acabo de creer.

Siento con frecuencia que Dios construye sobre mis talentos. Son fecundos. Dan vida. Pero pensar que puedo encontrar la fuente de mi vida en lo que me hace sufrir me parece hasta absurdo, imposible. Hoy Dios me lo vuelve a recordar. Su gracia me basta.

Sueño con los ideales no porque ya los haya conquistado. Sino porque creo en el poder transformador de su gracia. Y creo que el camino de mi carencia puede ser mi camino de vida. Así lo hace Dios tantas veces.

En la debilidad del Padre José Kentenich, en su herida por no haber tenido padre, hace brotar una fuente de vida. Se hace padre de muchos. Su propia falta de paternidad se convierte en fuente de vida.

¿Dónde está esa herida mía, ese aguijón que me muestra el camino que he de seguir? Tapamos tantas veces la debilidad que nos incomoda. Pretendemos mostrarnos como no somos, engañando al mundo con una farsa. Y nos conformamos con hacer fecundos algunos de nuestros talentos.

Dios quiere más. Quiere mi aguijón. Quiere mi herida. Y me pide que aprenda a caminar con mis debilidades. Con ellas soy capaz de caminar mirando las altas cumbres.

A ello nos invita el Padre Kentenich: “No ganaremos a nuestro pueblo proponiéndole sólo exigencias menores: de vez en cuando también hay que proponerles recias exigencias, pero apelando a su magnanimidad, a lo que se puede hacer”[3].

Jesús me invita a tener un alma grande. Su gracia me basta. Él construye sobre mi vida con sus carencias y riquezas. Dios llena la grieta de mi alma con la fuerza de su amor. No dudo de todo lo que me quiere.

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