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Cómo Dios ve tus límites y errores (quizás te sorprenda…)

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/07/15 - actualizado el 07/11/18

Dios se asombra ante mis torpes obras, y se alegra también con mis fracasos y heridas

Dios nos ama con una infinita ternura. Eso es lo más importante, como decía el Padre José Kentenich: “El amor es siempre la llave mágica que abre el corazón del hombre”[1].

Nos empuja por los caminos. Nos llama sobre las aguas para que nos acerquemos hasta Él confiando en nuestras fuerzas, en sus fuerzas. Nos espera cuando huimos en la dirección equivocada.

Tiene su amor la llave de nuestra alma. Jesús nos conoce tan bien, que está a la vuelta de la esquina por donde sabe que vamos a ir. Porque conoce nuestros pasos, porque nos ama desde el seno materno.

No se indigna con nuestras decisiones irresponsablesEspera con infinita paciencia. Y sabe que siempre de nuevo podemos volver a encontrarnos. No se baja de mi barca aunque yo quiera quedarme solo. No se aleja de mis pasos aunque yo corra por los caminos.

Confía con un amor infinito en la belleza que un día escondió detrás de mis ojos. Y se entusiasma como un niño al ver todo lo que consigo con los dones que Él mismo me ha dado.

Me abraza cuando me rebelo. Me consuela cuando me desespero. Y vuelve a creer en mí cuando yo mismo no creo.

Hoy miro mi vida con paz, mi corazón herido. Confío porque Él confía y creo porque Él cree. ¿Cuáles son mis fuerzas? ¿Cuáles mis debilidades? ¿Qué rumbo siguen mis pasos?

Miramos nuestra debilidad y no nos desanimamos. La fuerza está en mi debilidad. Estas palabras de Pablo siempre me conmueven: “Para que no tenga soberbia me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: – Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad. Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte”. 2 Corintios 12, 7-10.

Me glorío, me alegro en mi debilidad. Si soy débil soy fuerte. Si fracaso no me turbo. Al aceptar mis debilidad dejo que la luz de mi ideal, la luz de la fuerza que brilla en mi interior, me levante y me permita ponerme de nuevo manos a la obra.

Cuando me muestro ante Él necesitado, Dios entra por la grieta que deja abierta mi debilidad. Se alza por encima del muro que se derrumba en mi torpeza.

Me cuesta pensar que María se alegre sólo cuando le traigo mis pequeños logros. La cartilla llena de buenas notas y éxitos. Esas torpes hazañas de los niños cuando les entregan a sus padres sus garabatos.

Piensan que son obras de arte. Y sus padres les hacen ver que son los mejores dibujos nunca antes pintados. Les animan a seguir pintando garabatos. Son los garabatos que más alegran.

Dios se asombra ante mis torpes obras. Y se alegra también con mis fracasos y heridas. Con la sangre en mis rodillas. Con el pantalón roto y sucio después de la batalla de la vida.

Por eso se lo entrego todo a María lanzándolo a lo alto. Ella, milagros de esta vida, lo transforma en gracias que regala a manos llenas. Y no me las regala a mí, como si ello fuera parte del intercambio, parte de la justicia. No, no funciona así. Ella se las regala a quien cree que las necesita más.

Me gusta el intercambio. Mi debilidad a cambio de gracias para otros. Lo que era sucio y pobre, lo que estaba vacío y roto, se convierte en fuente de vida para aquel que lo recibe. Me encanta esa imagen. Dios da sin haber hecho nada para merecerlo.

Mi aspiración al ideal brota de un corazón roto, enfermo, frágil. Pienso que mi barca es una barca rota. No es un trasatlántico capaz de surcar grandes mares. No lograré con él dar la vuelta a ningún mundo.

Mi barca está rota. Entra el agua. Y Jesús está en ella.

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alma
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