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Papa Francisco tampoco es un profeta bien visto en su tierra

© Andreas SOLARO / AFP
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El Papa es más profeta fuera de su tierra (fuera de la Iglesia) que en su propia casa. ¿Por qué?

¿Por qué Ezequiel es un profeta? ¿Por qué san Pablo es un profeta? ¿Por qué Jesús es “el profeta” por antonomasia? ¿Por qué los profetas incomodan? ¿Dónde esta su fuerza? ¿Por qué tu también eres profeta?

La misión del profeta esta clara en Ezequiel, y se repite a lo largo de toda la historia de la Salvación: “te hagan o no te hagan caso, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”. 

El profeta no es un vendedor ni un conseguidor, ni un embaucador, sino un testigo. En esta sociedad del éxito el profeta por tanto es un loco, un fracasado. Desde la fe el profeta además de auténtico y valiente, es un servidor fiel, que podrá decir a su Dios: “siervo inútil soy, he hecho lo que tenía que hacer”.

El profeta sólo pone su confianza en Dios. Todo lo demás, y todos los demás, le pueden fallar, pero Dios no falla nunca. El profeta, como reza el salmo 122, tiene sus ojos puestos en su Señor, y por eso puede soportar “el sarcasmo de los satisfechos y el desprecio de los orgullosos”.

Por eso el profeta sabe como san Pablo, que le basta la gracia de Dios. ¡Cuantos profetas cristianos a lo largo de los siglos habrán podido exclamar con las palabras de Pablo: “Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades por Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte!” (2 Cor. 12, 10).

Por eso, como nos relata el evangelio de Marcos (6, 1-6), los paisanos de Jesús no dan crédito. Se hicieron con el Hijo de Dios lo mismo que con todos los profetas antes de Jesús y después de Jesús, las preguntas de rigor de quienes no quieren oír la verdad, y que se resumen a la postre en una: ¿Y éste quién se ha creído que es?

Seguramente por eso no nos atrevemos a responder a nuestra llamada de “ser profetas” que recibimos en el bautismo, cuando fuimos constituidos en Cristo sacerdotes, profetas y reyes: 

Sacerdotes porque todos somos “puente” entre Dios y los hombres a través de la oración por los demás y del amor al prójimo; 

Profetas porque todos estamos llamados a dar testimonio de Cristo de palabra y de obra, así como a transformar y mejorar este mundo en camino hacia el Reino de Dios, Reino de justicia, de amor y de paz. 

Y Reyes, porque el único título de un cristiano es el de hijo de Dios, que nos hace libres de todo vasallaje ante cualquier rey terrenal, y por tanto “reyes” por fraternidad con el “único Rey”, Cristo Jesús.

Y hablando de profetas, confieso que a muchos nos preocupa la ola de desafección interna con la que se le critica al Papa Francisco. Al igual que el Señor, el Papa es más profeta fuera de su tierra (fuera de la Iglesia) que en su propia casa. ¿Por qué?

En primer lugar porque cuando guiada por el Espíritu Santo la Iglesia eligió a un Papa iberoamericano, nos dejó bien claro que ella se toma muy en serio la igualdad de sus hijos.

Y por eso muchos –y no sólo los que compaginan su pertenencia a la Iglesia con el llamar sudacas a los emigrantes latinos-, no han asimilado aún la procedencia y el estilo personal del Papa. Ninguno de los últimos papas ha sido un papa elitista, pero a este es imposible disfrazarlo.

En segundo lugar el Papa Francisco no tiene pelos en la lengua: pone en cuestión todos los dogmas de la mentalidad individualista reinante, como la idolatría de la economía de mercado. Y da testimonio de una tal sencillez, que pone en jaque tanto a honorables eclesiásticos que creen que seguimos en el Renacimiento, como a respetables cristianos acomodados que creen que solo pecan contra el sexto mandamiento. 

Y en tercer lugar, el Papa “profeta” Francisco es rechazado por el síndrome del hermano mayor de la Parábola del hijo prodigo, es decir, por el empeño del Papa en tender su mano a todos los alejados de la Iglesia y mostrarles el rostro de su misericordia que quiere curar sus heridas y no hurgar en ellas.

Porque, como reza el inicio de la constitución Gaudium et spes  del Concilio Vaticano II, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”.
 

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