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Tyrant: el hijo pródigo del tirano también vuelve a casa

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¿Qué podía decir a mis compañeros de clase, “mi familia se dedica al negocio de la opresión”?

Esta semana se ha estrenado en España (Cuatro) una nueva serie “de los creadores de Homeland”, como se nos lleva tiempo anunciando a pesar de que, como avisan en los folletos de inversiones bursátiles, “ganancias pasadas no garantizan ganancias futuras”.
 
Tyrant vuelve a insistir, como la serie predecesora, en la ambientación con trasfondo oriental y en la antítesis del concepto “pez fuera del agua” dado que volvemos a tener a un pez que regresa a la pecera original de la que un día salió.
 
En la primera, el protagonista, un militar estadounidense, había pasado varios años secuestrado por el enemigo a consecuencia de su participación en la Guerra contra el Terror (aún duran las secuelas del 11-S) y resulta liberado, regresando a casa, aunque sobre él se cierne la sombra de la sospecha del lavado de cerebro y la conversión en un “durmiente” que algún día puede atacar desde dentro.
 
En esta nueva serie, el protagonista abandonó Abbudin, un país del Golfo Pérsico (luego ahondaremos esta cuestión) en su juventud y sólo al cabo de los años regresa desde los Estados Unidos de América donde se ha convertido en un pediatra felizmente casado y con la prototípica familia american way of life debido a una boda familiar.

El militar Marcus Brody de Homeland oculta (a estas alturas no creo que sea un spoiler, y si has llegado hasta aquí y no has visto aún la serie sáltate el resto del párrafo) un converso bajo la apariencia del perfecto patriota mientras que en Tyrant el hijo pródigo, Barry, que regresa a la dictadura que con mano férrea gobierna su padre, da muestras de que bajo su barniz occidental continúa latiendo un corazón que podría derivar en lo que avanza el título de la propia serie. Y es que en inglés tyrant significa tirano, queda para otro día la costumbre de no traducir los títulos de las series, especialmente cuando son tan significativos para comprender qué nos están contando.
 
¿Un pediatra “domesticado” por la decadencia americana, gobernando una dictadura del Golfo Pérsico? Aún es pronto para concluir que ese podría ser el interesante arco dramático de un nuevo hijo pródigo que a regañadientes regresa al hogar, donde tras fallecer su padre, ve cómo su hermano mayor toma las riendas del país tomándole a él como asesor personal.

¿Estamos ante la posibilidad de un Breaking Bad (esta sí la habréis visto, ¿no? pues id saltando al siguiente párrafo) en el que de nuevo el buen padre de familia va entrando en una espiral que conduce al Reverso Tenebroso, al Lado Oscuro de los buenos principios que guiaban su vida cuando llegamos a ella al comienzo de la primera temporada.
 
No obstante el ecosistema donde se desarrolla Tyrant no parece augurar nada bueno para más de un personaje que ya da muestras de tener unos principios que sólo con un ejercicio de imaginación podrían calificarse como tales en lugar de como un conjunto de motivaciones para el mal.

Desde el padre que debe comprobar por sí mismo la virginidad de la prometida de su propio hijo (y lo hace de la manera más desagradable posible) hasta el hijo recién llegado a un mundo que desconoce por completo y que fascinado como queda por el oropel grandilocuente no es capaz de darse cuenta de que las avenidas por las que transitan los vehículos que les llevan de un lado a otro están siempre vacías por la sencilla razón de que la expeditiva policía corta las calles.
 
Y es que encontramos la historia que cuenta esta serie ambientada en Abbudin, un imaginario país que parece reunir los lugares comunes más frecuentes de la escenografía al uso: cruel dictador que sobrevive en su juventud a atentados de los que sale pistola en alto acabando él mismo con los terroristas que casi se lo llevan por delante a él y a sus hijos cuya madre es una bella occidental (véase Hussein de Jordania), espectacular skyline en el horizonte con rascacielos que desafían las alturas cual nuevas torres de Babel (véase Dubai), cuevas donde se ocultaron los templarios (aquí nos vamos tan lejos como podría estar Siria), puentes que cruzan un río flanqueado por grandes mezquitas que nos remiten a Estambul… y por terminar de añadir elementos que despisten sobre una posible inspiración en un emplazamiento real el apellido de la familia del presidente (cuyo título heredan sus hijos, es decir, república hereditaria al estilo de Corea del Norte) no es otro que Al Fayeed, casi como el propietario de los londinenses almacenes Harrods y su hijo, con quien encontró la muerte Lady Di en el Puente del Alma parisino.
 
El cóctel parece preparado con los mejores ingredientes para que las intrigas y las perversiones de algunos personajes entren en conflicto con las (a priori) buenas intenciones de otros mientras alrededor bulle la conflictividad en un país que acaba de perder a un líder querido por algunos, odiado por otros, temido por muchos, y cuyos descendientes parecen albergar respectivamente los caracteres más contrapuestos posibles. El conflicto, o mejor, la sucesión de ellos, parece inevitable y eso en una serie de televisión siempre es de agradecer.

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