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Lectio Divina: Domingo XIII semana del tiempo ordinario

© Henri Bergius

Fundación Ramón Pané - publicado el 28/06/15


Jairo es uno de los jefes de la sinagoga, estos tenían una posición de honor, responsabilidad, y poder en medio del pueblo. Él se presenta ante Jesús, arrojándose a sus pies, de lado queda su categoría de jefe de la sinagoga, o el temor por los prejuicios que dicho gesto podría generar en los judíos. Jairo no era seguidor, ni discípulo del Maestro, al contrario podemos entrever que Jairo conocía racionalmente quien era Jesús, pero no se atrevía a acercarse a él, y a reconocerlo hasta que el peligro amenazo su felicidad.

Es el peligro de muerte que su hija atraviesa, lo que lo lleva a “disminuir” hasta el punto de arrojarse a los pies del Señor para implorar la sanación de su hija. Pero a la vez es la Fe y la confianza que expresa Jairo en la persona de Jesús, sabe que solo Él puede cambiar su suerte.

Al ser comunicado por alguno de sus servidores que su hija había muerto, Jesús le pide que no tenga miedo. Este pedido de no tener miedo va unido al de mantener la Fe.

Jesús sólo escoge a algunos para que lo acompañaran a la casa, Pedro, Santiago y su hermano Juan, recordemos que éstos mismos estuvieron en momentos trascendentales de Jesús, como fue la transfiguración.

Al llegar a la casa se encontraron con la algarabía que normalmente genera la muerte de un niño, miembro de unas de las familias del pueblo. Pensemos lo que habrán sentido y pensado quienes allí se encontraban al ver llegar a Jesús junto a Jairo, cuantas expresiones de incredulidad, y de burlas hacía su persona, más aún cuando expreso que la niña no se encontraba muerta sino dormida.

Al tomar la mano de la niña Jesús le dice “niña, yo te lo ordeno, levántate”. Junto a ella se encontraban sus padres, que presenciaron como su hija volvió a la vida, recobrando la salud y la fuerza.

Jesús ordena que nadie se enterara de lo ocurrido, esto mismo lo hace en la mayoría de las curaciones y de los milagros obrados, para no generar falsas ideas acerca de su persona como Mesías.

El otro relato que se entrelaza es el de una mujer, que alguna vez había oído hablar de Jesús, de sus palabras, signos y prodigios. Sufría de hemorragias desde hacía muchos años, esto no sólo era un problema para su salud, sino que incluía en sí, un problema social. Por padecer este mal, era marginada y excluida del pueblo, porque para la ley era considerada impura, y causante de impureza (Levítico 15, 25-27). Y además de estos males, estaba abatida, durante mucho tiempo gastó sus bienes, sus fuerzas, y esperanzas en médicos y curanderos, sin resultado alguno.

Estando en medio del gentío que rodeaba a Jesús, y confiando que solo él tenía la cura a sus males, tocó el manto del Maestro. Lo hace con la seguridad que la Fe sólo otorga, que de esa forma quedaría curada, sabiendo aún que no tenía permitido hacerlo, porque las normas y las costumbres la consideraban impura.

Jesús siente la fuerza que sale de Él, y pregunta quién lo ha tocado. La multitud se sorprende por la pregunta, todos ellos lo estaban apretujando a su alrededor, y de una forma estaban en contacto permanente.

La mujer sintiéndose curada, se acerca a Jesús, y se arrodilla ante Él. Estaba asustada y temblorosa. Por un lado el miedo a ser amonestada por su atrevimiento al quebrantar  los códigos legales, y por el otro lado es lo que conocemos como temor de Dios, típica reacción ante la presencia y la manifestación del Señor en nuestras vidas.

“Hija tu fe te ha salvado, vete en paz porque estas librada de tu mal”. Jesús la llama hija, rompe con su soledad y con la marginación a la que estaba acostumbrada, para tenderle la mano, y hacerla sentir tan cercana, como un pariente. Esta actitud de confianza que es la Fe, le dio ánimo para acercarse a Jesús y a tocar su manto, de lo contrario no hubiera podido ser curada.

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biblia
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