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Espiritualidad
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El diálogo es mucho más que palabras

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 28/06/15

Una mano alzada para calmar a los que lloran: “¡Basta, no lloréis más!”. Un gesto lleno de fe. Como el de esa mujer herida, valiente, audaz. Tocar al que me da la vida. No temer. La comunicación se produce entonces por el tacto. 

El encuentro de Jesús con la hemorroísa tuvo pocas palabras. Tuvo más gestos y más silencios. Pero fue hondo, definitivo, eterno: 

“La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado. Se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: – Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”. 

Pocas palabras. Una explicación de lo ocurrido. Los motivos explicados torpemente por la mujer avergonzada. Las palabras llenas de paz de Jesús. ¡Cuánta misericordia!

La mujer permanece humilde, escondida entre los hombres, oculta a la mirada de todos. ¡Cuánta ternura le daría a Jesús verla temblar ante Él! La humildad siempre desarma a Jesús.

Ella sabe que si toca el borde del manto de Jesús se sanará. Se siente indigna de pedirle nada, sólo quiere tocarlo. Sabe, y esto es lo que me conmueve, que se sanará si lo toca.

Y Jesús se vuelve por ella. Porque ha sido tocado en su manto y en su corazón. La mira. Aquella a la que nadie mira. Nadie se ha dado cuenta de su presencia. Jesús sí. Deja de ser una más, una mujer escondida. Para Él todos los hombres cuentan.

Se admira de su fe. La valora. Y su temblor toca su corazón de padre. Ella no exige. Sólo se acerca y cree. Deja a otros los primeros puestos. No quiere hacer perder tiempo a Jesús.

Pero Jesús se para. Se detiene ante ella. La admira y la alaba en público, para que otros la miren. Alaba su fe sencilla, su forma humilde de acercarse a Él.

Es verdad que cuando nos exigen nos cuesta más dar, y cuando alguien no nos pide nada es más fácil ser generosos. Jesús tiene ese don de dar más, de regalar más de lo que le piden.

La mujer se fue sanada en su corazón. Se fue con la mirada de Jesús que le dijo que le importaba, que ella era especial, que su fe era un tesoro. Cuando nos miran así se sanan las heridas del corazón que sangran.

La misericordia de Jesús abraza a la mujer herida. Su herida de desamor, de soledad. La herida dejada por el sufrimiento, sana en esas palabras. El amor de Jesús.

A veces le tenemos miedo a la ternura de Dios. Por eso nos ponemos rígidos. La mujer no esperaba la misericordia. Tenía miedo. Sentía que había actuado a escondidas. No sabía lo que había ocurrido. Se sentía culpable.

Jesús abraza a la mujer. Sana su cuerpo. Sana su alma. Sana su corazón herido. Cesa el flujo de sangre de su cuerpo. Cesa la angustia de doce años de enfermedad, de sufrimiento, de soledad. De intentos fracasados. De médicos con los que había gastado su fortuna.

Atrás queda su pasado herido. El abrazo de Jesús abre un camino nuevo. Un diálogo de pocas palabras. Pero hondo. Lleno de gestos. Lleno de esperanza. Una mujer desesperada toca el manto. 

La niña de doce años estaba más grave que la mujer con flujos de sangre. Ella podía esperar, la niña no. Llega tarde, la niña ha muerto. Había posibilidades minutos antes. Ahora ya es muy tarde. No hay nada que hacer. No hay esperanza. Mejor no seguir molestando a Jesús.

¡Cuánto nos cuesta aceptar que mis planes no son los de Dios! Ni mis caminos, ni mis deseos. A veces no coinciden y nos rebelamos. Jesús se entretiene. Nos duele. Pensamos que es injusto. Vale más la vida de una niña, que la salud de una mujer.

Jesús despierta a la niña dormida: “La cogió de la mano y le dijo: – Talitha qumi. (Que significa: – Contigo hablo, niña, levántate). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar”. Jesús sana y se admira por la fe de Jairo.

Él ha creído en un plan B. Cree en Jesús, no quiere que se hagan las cosas a su manera. Cree en su persona. Jesús se admira por su fe. Jesús entra en la casa de Jairo, le da la mano a la niña y la levanta. Era necesario tocar. Entrar en esa casa. Creer en lo imposible. Levantar a la niña con sus manos.

La fe de Jairo nos sostiene. Y la de la mujer que toca el manto. La fe de los que ven lo que otros no ven. La fe que va más allá del dolor de la muerte.

Jairo necesitaba que Jesús tocase y abrazase a su hija. Jesús abrazó el miedo y el dolor, levantó a la niña y la devolvió a la vida.

Hoy el evangelio nos habla de tener fe y de tocar y ser tocados. Creer porque toco. Creer porque soy tocado. La fe tiene que ver con tocar y dejarse tocar. Con cercanía. Con el encuentro humano entre el hombre y Cristo.

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