Aleteia logoAleteia logoAleteia
sábado 26 noviembre |
San Juan Berchmans
Aleteia logo
Espiritualidad
separateurCreated with Sketch.

El diálogo es mucho más que palabras

WEB-Man-Woman-Hands-Pete-Souza-CC – es

Pete-Souza-CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 28/06/15

Muchas personas no logran contar lo que les pasa y lo hacen con gestos, con sus actitudes

Hay momentos para contar y momentos para callar. No todos los momentos son buenos para decir lo que nos está pasando. A veces basta el lenguaje no verbal. Suele ser el más importante.

¡Cuántas veces nuestros gestos desdicen nuestras palabras! ¡Cuántas veces bastan los gestos, los silencios, las miradas, las sonrisas, las caricias, los abrazos, las posturas, las muecas, los suspiros, para mostrar a los demás lo que estamos viviendo!

A menudo la comunicación más importante es la que no tiene palabras, porque las palabras tantas veces nos confunden. Nos explicamos mal, decimos lo que no queremos decir. Por rabia, porque somos impulsivos. Herimos con palabras.

En ciertas ocasiones no somos capaces de contar nada. Estamos bloqueados. Nos pesa el alma. Lo guardamos todo en el corazón y no nos sale plasmar en palabras todo lo que el corazón sufre o siente. No preguntamos. No pedimos. En esos momentos basta una mirada, una caricia, un abrazo. Basta con tocar la vida.

¡Qué difícil consolar con palabras al que sufre! ¡Qué complicado expresar con palabras lo que nos duele! ¡Cuánto nos cuesta pedir ayuda! Cuesta contar las cosas importantes, incluso a veces otras menos importantes. No lo sé. No es tan fácil contar, para ser sinceros.

La mujer hemorroísa del Evangelio no pregunta, no pide, simplemente toca el manto de Jesús: “Acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría”.

Quiso recibir sin dar. Quiso lograr su objetivo sin pedirlo. ¡Cuántas veces antes habría contado su historia sin resultados!: “Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años”.

Doce años visitando médicos sin frutos. Seguía enferma. No pide, no grita, no pregunta. Simplemente toca su manto. No habla. No comunica su dolor. Se pone en camino, se acerca, toca. Es valiente. Entra en contacto con Jesús sin que Él llegue a verla.

Muchas personas no logran contar lo que les pasa y lo hacen con gestos, con sus actitudes. El dolor es tan fuerte que no pueden expresarlo en palabras. Tal vez esta mujer no era capaz de hablar del tema. Estaba cansada. Pero tenía fe. Creía que el poder de Jesús no estaba en sus palabras, sino en su cuerpo, en su manto.

En la vida no todo son palabras. Son necesarias, claro. Pero importa sobre todo ese diálogo de corazón a corazón. Un diálogo lleno de silencios. La ternura, las caricias, los silencios hondos, las miradas profundas, el respeto ante lo sagrado, la intimidad que Dios nos regala. Las manos que tocan, los brazos que abrazan.

Sí, el diálogo es mucho más que palabras. Jesús dijo muchas cosas, pero hizo muchas más. Sus discursos se han recogido en los Evangelios. Y también algunas de sus palabras más importantes.

Hoy Jesús se comunica sin palabras. Abre su alma y sale de Él una fuerza cuando alguien lo toca con fe. Le dice sin palabras a esta mujer: “No temas, estás curada! Se lo dice casi sin saberlo. Sorprendido pregunta. No sabe a quién ha curado.

Le tocan, no le piden con palabras y Él responde sin palabras. Su alma se abre y responde. Me conmueven los silencios de Jesús. Me gusta cuando usa pocas palabras y muchos gestos.

Jesús era un gran comunicador. Era un gran orador. Y sabía además establecer una intimidad única con aquellos que llegaban a Él. Hablaba al corazón. Le bastaba con frecuencia sólo una mirada. Tocaba y se dejaba tocar.

Hoy tocan su manto. El lenguaje del tacto es fundamental. Pedimos muchas veces tocando. Una caricia, una palmada, un abrazo. Simplemente una mano tocando el manto. O su misma mano tocando a una niña muerta.

Una mano alzada para calmar a los que lloran: “¡Basta, no lloréis más!”. Un gesto lleno de fe. Como el de esa mujer herida, valiente, audaz. Tocar al que me da la vida. No temer. La comunicación se produce entonces por el tacto. 

El encuentro de Jesús con la hemorroísa tuvo pocas palabras. Tuvo más gestos y más silencios. Pero fue hondo, definitivo, eterno: 

“La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado. Se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: – Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”. 

Pocas palabras. Una explicación de lo ocurrido. Los motivos explicados torpemente por la mujer avergonzada. Las palabras llenas de paz de Jesús. ¡Cuánta misericordia!

La mujer permanece humilde, escondida entre los hombres, oculta a la mirada de todos. ¡Cuánta ternura le daría a Jesús verla temblar ante Él! La humildad siempre desarma a Jesús.

Ella sabe que si toca el borde del manto de Jesús se sanará. Se siente indigna de pedirle nada, sólo quiere tocarlo. Sabe, y esto es lo que me conmueve, que se sanará si lo toca.

Y Jesús se vuelve por ella. Porque ha sido tocado en su manto y en su corazón. La mira. Aquella a la que nadie mira. Nadie se ha dado cuenta de su presencia. Jesús sí. Deja de ser una más, una mujer escondida. Para Él todos los hombres cuentan.

Se admira de su fe. La valora. Y su temblor toca su corazón de padre. Ella no exige. Sólo se acerca y cree. Deja a otros los primeros puestos. No quiere hacer perder tiempo a Jesús.

Pero Jesús se para. Se detiene ante ella. La admira y la alaba en público, para que otros la miren. Alaba su fe sencilla, su forma humilde de acercarse a Él.

Es verdad que cuando nos exigen nos cuesta más dar, y cuando alguien no nos pide nada es más fácil ser generosos. Jesús tiene ese don de dar más, de regalar más de lo que le piden.

La mujer se fue sanada en su corazón. Se fue con la mirada de Jesús que le dijo que le importaba, que ella era especial, que su fe era un tesoro. Cuando nos miran así se sanan las heridas del corazón que sangran.

La misericordia de Jesús abraza a la mujer herida. Su herida de desamor, de soledad. La herida dejada por el sufrimiento, sana en esas palabras. El amor de Jesús.

A veces le tenemos miedo a la ternura de Dios. Por eso nos ponemos rígidos. La mujer no esperaba la misericordia. Tenía miedo. Sentía que había actuado a escondidas. No sabía lo que había ocurrido. Se sentía culpable.

Jesús abraza a la mujer. Sana su cuerpo. Sana su alma. Sana su corazón herido. Cesa el flujo de sangre de su cuerpo. Cesa la angustia de doce años de enfermedad, de sufrimiento, de soledad. De intentos fracasados. De médicos con los que había gastado su fortuna.

Atrás queda su pasado herido. El abrazo de Jesús abre un camino nuevo. Un diálogo de pocas palabras. Pero hondo. Lleno de gestos. Lleno de esperanza. Una mujer desesperada toca el manto. 

La niña de doce años estaba más grave que la mujer con flujos de sangre. Ella podía esperar, la niña no. Llega tarde, la niña ha muerto. Había posibilidades minutos antes. Ahora ya es muy tarde. No hay nada que hacer. No hay esperanza. Mejor no seguir molestando a Jesús.

¡Cuánto nos cuesta aceptar que mis planes no son los de Dios! Ni mis caminos, ni mis deseos. A veces no coinciden y nos rebelamos. Jesús se entretiene. Nos duele. Pensamos que es injusto. Vale más la vida de una niña, que la salud de una mujer.

Jesús despierta a la niña dormida: “La cogió de la mano y le dijo: – Talitha qumi. (Que significa: – Contigo hablo, niña, levántate). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar”. Jesús sana y se admira por la fe de Jairo.

Él ha creído en un plan B. Cree en Jesús, no quiere que se hagan las cosas a su manera. Cree en su persona. Jesús se admira por su fe. Jesús entra en la casa de Jairo, le da la mano a la niña y la levanta. Era necesario tocar. Entrar en esa casa. Creer en lo imposible. Levantar a la niña con sus manos.

La fe de Jairo nos sostiene. Y la de la mujer que toca el manto. La fe de los que ven lo que otros no ven. La fe que va más allá del dolor de la muerte.

Jairo necesitaba que Jesús tocase y abrazase a su hija. Jesús abrazó el miedo y el dolor, levantó a la niña y la devolvió a la vida.

Hoy el evangelio nos habla de tener fe y de tocar y ser tocados. Creer porque toco. Creer porque soy tocado. La fe tiene que ver con tocar y dejarse tocar. Con cercanía. Con el encuentro humano entre el hombre y Cristo.

Tags:
alma
Apoye Aleteia

Usted está leyendo este artículo gracias a la generosidad suya o de otros muchos lectores como usted que hacen posible este maravilloso proyecto de evangelización, que se llama Aleteia.  Le presentamos Aleteia en números para darle una idea.

  • 20 millones de lectores en todo el mundo leen Aletiea.org cada día.
  • Aleteia se publica a diario en siete idiomas: Inglés, Francés, Italiano, Español, Portugués, Polaco, y Esloveno
  • Cada mes, nuestros lectores leen más de 45 millones de páginas.
  • Casi 4 millones de personas siguen las páginas de Aleteia en las redes sociales.
  • 600 mil personas reciben diariamente nuestra newsletter.
  • Cada mes publicamos 2.450 artículos y unos 40 vídeos.
  • Todo este trabajo es realizado por 60 personas a tiempo completo y unos 400 colaboradores (escritores, periodistas, traductores, fotógrafos…).

Como usted puede imaginar, detrás de estos números se esconde un esfuerzo muy grande. Necesitamos su apoyo para seguir ofreciendo este servicio de evangelización para cada persona, sin importar el país en el que viven o el dinero que tienen. Ofrecer su contribución, por más pequeña que sea, lleva solo un minuto.

ES_NEW.gif
Oración del día
Hoy celebramos a...





Envía tu intención a la red de 550 monasterios


Top 10
Ver más
Newsletter
Recibe gratis Aleteia.