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¿Es “válida” para un católico la Eucaristía en una iglesia ortodoxa?

Orthodox priest prays at wedding – es

Ramona August

Toscana Oggi - publicado el 26/06/15

¿Las misas celebradas en distintas iglesias tienen el mismo significado?

Después del encuentro fraterno, el pasado noviembre, entre el Obispo de Roma y el Patriarca de Constantinopla es legítimo preguntarse: ¿la misa celebrada en una iglesia católica tiene el mismo significado que una celebrada en una iglesia ortodoxa? No digo “validez” porque el valor de una misa es siempre inconmensurable. Personalmente respondería que sí porque se me ha sugerido que donde no hay una iglesia católica se debe ir a una ortodoxa. La diferencia hoy está sólo en que los ritos para los ortodoxos son mucho más complejos y largos. He oído a una muchacha rumana maravillarse del breve tiempo y sencillez de nuestra celebración.

La carta plantea una pregunta sobre el valor de la celebración eucarística en las iglesias ortodoxas. En primer lugar, retomo la afirmación del lector, mostrando cómo refleja la visión católica.

El Concilio se expresa así sobre la tradición litúrgica de las iglesias hermanas de Oriente: “Todos conocen con cuánto amor los cristianos orientales celebran el culto litúrgico, sobre todo la celebración eucarística, fuente de la vida de la Iglesia y prenda de la gloria futura…

Consiguientemente, por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios, y por la concelebración se manifiesta la comunión entre ellas.

Puesto que estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos y, sobre todo por su sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, por los que se unen a nosotros con vínculos estrechísimos, no solamente es posible, sino que se aconseja, alguna comunicación con ellos en las funciones sagradas en circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad eclesiástica” (Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, n.15).

No se cuestiona, por lo tanto, el valor de la celebración eucarística en las iglesias orientales que no están en comunión con la sede romana. Se trata, en cambio, de centrarse en la diversidad de los modos de manifestar el misterio, según las antiguas tradiciones litúrgicas.

El oriente cristiano ha desarrollado liturgias propias, que en formas particulares acentúan aspectos específicos del misterio eucarístico.

Ciertamente las liturgias orientales, no sólo ortodoxas, tienen ritos más complejos que la sencillez latina. Pero a este respecto prefiero detenerme brevemente sobre algunos aspectos de la teología eucarística que resultan más propios de la tradición oriental, que queda fuertemente anclada a la teología de los Padres de la Iglesia y a su lectura de la Escritura.

En primer lugar la Eucaristía no es uno de los sacramentos o “misterios” (término típico de la teología oriental) que se celebran en la Iglesia; la Eucaristía es el sacramento/misterio de la Iglesia: la constituye en cuanto “misterio de misterios” o, como dijo Ireneo de Lyon la “copa de los misterios”.

La Eucaristía constituye a la Iglesia como comunión que invoca la presencia de su Señor a la espera del cumplimiento definitivo.

En el rito bizantino según la liturgia de san Juan Crisóstomo, después de la comunión de los fieles, el sacerdote reza con estas palabras: “Oh, nuestra santísima Pascua, Cristo, Sabiduría, Verbo y Poder de Dios, haz que podamos participar en Ti de manera más perfecta, a la luz inagotable de tu Reino por venir”.

Esta tensión hacia el cumplimiento definitivo del cosmos entero anima toda la liturgia, a través de la cual la asamblea se vuelve partícipe de la liturgia del cielo. La invocación que encontramos al final del Apocalipsis (Maranà tha) expresa muy bien esa tensión. La Eucaristía es la anticipación, la presencia velada de la 
“parusía” del Señor Jesús, presencia y espera al mismo tiempo.

Otra dimensión característica de la liturgia oriental es su carácter de invocaciónepiclética. El Espíritu Santo transforma tanto los dones del pan y el vino en el Cuerpo sacramental de Cristo como a aquellos que participan de ellos, introduciéndolos profundamente en el Cuerpo eclesial de Cristo.

La acción del Espíritu Santo es un don del Padre que suscita y manifiesta la petición por parte de la comunidad eclesial. La Iglesia implora al Padre desde el principio de la celebración. Con una imagen elocuente, el teólogo ruso Paul Evdokimov habla de olas cada vez más altas de epíclesis preliminares, hasta el punto en que la liturgia se extiende en la eplíclesis de la oración eucarística.

Un ejemplo de ello se encuentra en la liturgia de san Basilio: “Te rogamos y te invocamos, oh santo de santos, para que por el beneplácito de tu bondad venga tu Santo Espíritu sobre nosotros y sobre los dones aquí presentes. Los bendiga y los consagre y vuelva este pan el mismo cuerpo precioso del Señor, Dios y salvador nuestro Jesucristo, y vuelva este cáliz la misma sangre preciosa del Señor, Dios y salvador nuestro Jesucristo, derramada por la vida del mundo”.

El valor profundo que se da a la epíclesis por parte de la tradición oriental tiene una repercusión importante en la visión de la Iglesia. La Iglesia es colocada por la liturgia en una posición de humildad e invocación en relación con Cristo, su Señor y Esposo.

Su relación con Cristo está del lado de la humilde invocación, empezando por el reconocimiento de las propias culpas hasta la espera confiada de su venida.

Por otra parte, la oración eucarística es sellada por el triple amén del pueblo, significando su participación activa en la misma epíclesis.

Finalmente, como decía antes, la Eucaristía constituye a la Iglesia en la comunión. Los fieles que participan del cuerpo eucarístico se vuelven consanguíneos, concorpóreos de Cristo. San Máximo el confesor escribe que “la Eucaristía transforma a los fieles en sí misma, por eso pueden ser llamados “dioses” porque Dios los llena completamente. De esta manera todos están unidos de manera realmente católica, todos se funden por así decir los unos en los otros”.

La comunión con Cristo se abre a la comunión entre los hermanos, que va más allá de cualquier distinción, en el espacio y el tiempo. Y se extiende también a una comunión mística con la misma creación.

Lo que se ha dicho antes no es ajeno a la visión católica. Tomo un ejemplo de los escritos de Francisco de Asís, en donde encontramos una expresión muy similar a la de san Máximo el confesor.

Francisco escribió a sus hermanos sacerdotes: “Toda la humanidad de que se trate, todo el universo tiembla y el cielo se regocija, cuando en el altar, en la mano del sacerdote, está presente Cristo, el Hijo del Dios viviente. ¡Oh altura admirable y condescendencia estupenda! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh humilde sublimidad, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se hizo humilde para esconderse, por nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan! Hermanos, mirad la humildad de Dios, y abrid vuestros corazones a él; humillaos para que podáis ser exaltados por Él. Nada, pues, retened para vosotros mismos, para que os acoja plenamente Aquel que se ofrece totalmente a vosotros. Amén".

Me gustaría concluir, finalmente, con algunas palabras del patriarca Atenágoras, que recordamos nuevamente por el histórico abrazo fraterno con Pablo VI: “La Eucaristía protege al mundo y ya secretamente lo ilumina. El hombre encuentra su filiación perdida, alcanza su vida en la de Cristo, el amigo secreto, que comparte con él el pan de la necesidad y el vino de la fiesta. Y el pan es su cuerpo y el vino es su sangre y en esta unidad ya nada nos separa de nada y de nadie. Existe aquí en la tierra un lugar en el que ya no existe separación, en el que sólo existe el gran amor, la gran alegría. Y este lugar es el santo cáliz, el Grial en el corazón de la Iglesia. Y, como consecuencia, en tu corazón” (En diálogo con el Patriarca Atenágoras, París 1976).

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