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Breaking Bad: Walter White y el coaching

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Él sabe lo que nosotros no nos decidimos a pronunciar en voz alta: que no vamos a ser capaces de salvarnos

“Las personas exitosas son aquellas que se levantan y buscan las circunstancias adecuadas. Si no las encuentran, las crean”, me dicen los fundamentalistas del pensamiento positivo y yo, que veo surgir lo que soy entre las brumas sonrosadas en las que se diluye mi juventud, pienso en Walter White. La máxima, no me dirán que no, le ajusta al personaje mejor que el gorro negro con el que se transforma en el terrible Heisenberg, que es el paradigma de un Walter White hecho a sí mismo.
           
Breaking Bad nos cuenta la historia de un profesor de química en un mundo en el que éxito es la savia de la vida y depende de uno mismo, lo que si se mira bien significa que usted es el culpable de su inexorable fracaso, porque “el que quiere hacer algo conseguirá un medio, el que no, una excusa”. ¿No es así? Seguro que ha leído una frase similar colgada del muro de Facebook o del perfil de Twitter de algún forofo de la sonrisa permanente, del contento a toda costa.

Sin embargo, Walter, que se enamoró de una mujer que casó con su mejor amigo y que perdió la oportunidad al tiempo de ser millonario y de ganar el Premio Nobel, se fuma un puro delante del ordenador y deja que el humo espolee las células cancerígenas que toman su cuerpo al asalto. La vida es difícil, y la bella realidad, cruel. ¿Se ha preguntado el motivo por el que algunos jóvenes, al volver de una fiesta, golpean a mendigos? Ahuyentan a sus fantasmas.
           
Walter White nos cae, en el fondo, simpático, a pesar o tal vez precisamente por ser Judas, el traidor de los ídolos modernos de moralidad sin paliativos y triunfo inexcusable: un hombre que no ha sabido estar a la altura de sus expectativas, al que le han hurtado sus íntimas promesas. Él sabe lo que nosotros no nos decidimos a pronunciar en voz alta, y es que no vamos a ser capaces de salvarnos sino, a lo sumo, de ir un poco más deprisa.

En esto consiste el ideal de su educación liberal y protestante: en correr tan presuroso que la realidad se desdibuje a su alrededor y, libre de tal atadura, logre imaginársela otra. Sólo que a cierta edad la imaginación se nos atrofia un poco y nos damos de frente con el desencanto, que estaba esperándonos tras las sombras etéreas de los sueños. Para que no nos afecte sostenemos la carrera hacia la única verdad incontrovertible, que es la muerte. Y ante la muerte, vanidad de vanidades.
           
¿Cómo aceptar el drama de una existencia que anhela una grandeza mayor de la que nos cabe pensar, pero que ha de morir? Y al no aceptarlo, Walter White se justifica, e impone a la injusticia de la vida la injusticia de sus actos con una rebeldía que únicamente es comparable a la del ángel caído. Porque si la muerte es término definitivo también será, nos atrevamos o no a reconocerlo, el fin de nuestros actos. Todo lo que hacemos lo hacemos para morir. En este horizonte de caja de zapatos sólo un voluntarismo ciclópeo puede llevar a la espalda la carga de un proyecto moral.
           
Y nos cansamos. Corra usted lo que quiera, y sonríase al espejo cada mañana, y propóngale a su espíritu que continúe en efervescencia. Engáñese lo que le plazca, que se cansará, y cuando se canse los contornos difusos se tornarán claros y tendrá que enfrentar lo que las cosas son, y no le valdrán ya las exhortaciones a su fuerza interior (que flaquea) ni el optimismo intransitivo (que le parece ahora una falacia), y tal vez entonces afronte sus miedos consciente de que nosotros, solos, no podemos, y que si hay alguna esperanza posible proviene de llanuras abiertas tras el muro de la tumba.
           
Le diré una cosa más, querido Walter White que me lee: si llegado el momento no puede verlo, si la vista no le alcanza a entrever esas llanuras, si tiene que arrostrar la rutina y el hastío sin más armas que sus brazos, fabrique metanfetamina, consuma cannabis, emborráchese tanto como su cuerpo aguante, que no seré yo quien le juzgue. No justifico lo que hace, y pediré a la policía que le persiga, pero créame que le comprendo: le falta ya el valor para ser hombre.

 

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