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¿Qué sentido tiene imponer las manos? ¿Cómo se hace?

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Marko Vombergar

Henry Vargas Holguín - publicado el 24/06/15

Jesús empleó la imposición de manos como signo de misericordia, perdón y salvación

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Unas manos que se extienden sobre la cabeza de una persona o sobre una cosa, a ser posible con contacto físico, es el gesto litúrgico más común en la administración de los sacramentos, el más rico en significado y, por tanto, más expresivo.

No es de extrañar que este signo haya sido valorado y usado por Jesús y que su deseo fuera que se mantuviera en el tiempo:

«Y estas señales seguirán a los que creen: (…) impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien» (Marcos 16, 17-18).

Y esta posibilidad está al alcance de todo aquel que crea.

El Evangelio no dice que estas señales acompañen sólo a aquellos designados como apóstoles, pues en Hch. 9,17 vemos que Ananías, un fiel corriente con una función eclesial que hoy podríamos comparar con la función de catequista, fue conducido por el Espíritu Santo para imponer sus manos sobre Saulo para que pudiera recuperarse de la ceguera y quedara lleno del mismo Espíritu.

Este rito es muy antiguo y ha tenido tanto un uso profano como un uso sagrado.

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En la Biblia podemos ver que la imposición de manos se hizo para impartir bendición y autoridad, sobre todo en el Antiguo Testamento; e impartir salud y conferir el Espíritu Santo, sobre todo en el Nuevo Testamento.

El Nuevo Testamento es riquísimo de momentos en que hay imposición de manos. Jesús empleó la imposición de manos como signo de misericordia, perdón y salvación; así como también lo empleó para restaurarle la vida a la hija de Jairo (Mt. 9, 18).

También Cristo Jesús imponía las manos sobre los niños, orando por ellos (Mt 19,13-15) y para dar salud al enfermo (Lc 6, 19) entre tantos otros ejemplos.

Es por esto que una de las funciones de este gesto hoy es servir de puente para que Jesús transfiera su amor y compasión.

Y los apóstoles lo emplearon sobre todo para comunicar el don del Espíritu Santo; signo que por tanto la Iglesia usa hoy en la administración de todos los sacramentos.

Uno de los gestos más repetidos en la celebración de todos los sacramentos es precisamente la imposición de manos tocando o no a la persona.

Aunque hay un solo Espíritu Santo, el sentido y la finalidad de la epíclesis, su invocación, tiene diferentes connotaciones, según el contexto.

En la misa vemos la imposición de manos en el momento de la consagración.

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También es el gesto que expresa mejor la bendición solemne, al final de la misa.

En el matrimonio se aplica la imposición de las manos, porque después del Padrenuestro, el sacerdote extiende sobre los novios sus manos y dice su oración de bendición. La imposición de manos se usa incluso en las oraciones de liberación.




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Desde el punto de vista sacramental, quien tiene el poder de imponer las manos solo es el ministro ordenado que tiene la  potestad de Cristo. De manera pues que la imposición de las manos es un gesto que la Iglesia usa en los sacramentos.

Pero también fuera de los sacramentos, se puede bendecir, pedir la intercesión de Dios, pedir la sanación de un enfermo o un avivamiento del Espíritu Santo en una persona.

Una de las mejores aportaciones del Concilio Vaticano II, litúrgicamente hablando, es la de llamar la atención sobre el papel del Espíritu Santo en los actos sacramentales de la Iglesia.

Y lo ha hecho mediante una formulación cuidadosa de textos y con un acentuado énfasis en el gesto de la imposición de las manos.

La palabra imposición viene del griego Epi (colocar, poner) Thesis (sobre); que significa «poner sobre»; poner algo sobre algo o alguien con el objetivo de agregar algo: envío, bendición, sanidad. Es permitirle al Señor usar nuestras manos como un medio especial de contacto para la bendición.
Es el poder de Dios que se refleja en lo físico (Rom. 1,20).

Hoy en día parece que este gesto para bendecir esté reservado sólo a la acción de un superior sobre un inferior, por ejemplo de padre a hijo.

Pero no es así pues también se puede dar entre iguales, por ejemplo entre esposos, e incluso se da también de inferior a superior, como cuando el papa Francisco, en su visita a Croacia, quiso que un sacerdote que fue torturado le impusiese las manos.




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Lastimosamente esta acción se usó y se usa poco por parte de sacerdotes y fieles; y digo lastimosamente porque donde la Iglesia deja un vacío, luego es llenado por otras ofertas «pseudoespirituales» que sí lo harán y en efecto lo hacen, como es el caso del reiki.

Eso sí, la imposición de las manos en el reiki no tiene nada que ver con la forma cristiana y su eficacia.




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El sacramento del orden sacerdotal faculta para unas funciones específicas, pero esto no implica necesariamente acaparar todas las acciones y funciones eclesiales.

Algunos sacramentales pueden ser administrados también por laicos (Can 1168) (Sc, 79). Los laicos también pueden realizar todo aquello que, por esencia, no corresponde a un ministro ordenado. Una de estas acciones son algunos sacramentales.

Y la imposición de las manos, fuera de su uso en los sacramentos, se puede considerar también como un sacramental. Obviamente que el efecto varia si este gesto lo hace un ministro ordenado o un fiel.


Sacramentais da Igreja

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Es lícito que un fiel rece por otro también con este gesto de intercesión. No hay razón alguna para prohibir que los fieles impongan las manos, mientras se ora para pedir a Dios que devuelva la salud a alguien o para pedir cualquier otra cosa. Tampoco hay ningún peligro en hacerlo.

La fe del que lo usa es importante para su eficacia.

No existe en ningún ordenamiento eclesiástico alguna prohibición explícita en este sentido ni norma alguna en la Iglesia que impida aunque sea implícitamente a cualquier laico imponer las manos.

¿Qué se recomienda para hacer una imposición de manos?

1. Es importante que el laico tenga pureza de intención. Esta pureza de intención es pedir actuar a Cristo al imponer las manos, recibir la misericordia de Cristo cuando pides la imposición.

2. El laico que hace ese gesto debe hacerlo sin solemnidad, sin ánimo de protagonismo, sin pretensiones, sino más bien con sencillez e informalidad.

3. El laico debe ser ejemplo de sana vida cristiana, muy vinculado a la vida de la Iglesia; que goce de buena fama. Las personas que imponen las manos tienen que ser personas entregadas a Dios.

4. Estas imposiciones de manos deben conducir a los sacramentos y a una mejor y más auténtica vida eclesial, porque hay personas que recuperando la salud se podrían contentar con esto y sería una pena que abandonaran la vida sacramental y no volvieran a misa. La imposición de manos no debe ser un sustituto de los sacramentos. Si Dios sana con este gesto es para que mejoren su vida cristiana como signo de vida nueva.

5. Conocer bien a aquella persona a quien se le va imponer las manos (1ª Timoteo 3,1-13; Tito 1,5-16).

6. No debe usarse el gesto en nadie que se niegue a él; como tampoco a enfermos inconscientes o moribundos si consta que no lo habrían querido recibir.

7. Quitarle a este gesto todo lo que pudiera quitarle su carácter cristiano y sagrado. No darle un carácter de magia o esotérico o algo por el estilo. Conviene despojar este gesto de fantasías y divagaciones que buscan la sugestión en la gente. Así como tampoco imitar estilos y formas ajenos a la Iglesia.

8. En el caso de la imposición de manos durante las misas de sanación hay que tener en cuenta e insistir en que todas las misas son santas y sanan. No se puede aceptar que los fieles vayan sólo a las misas de sanación y no acudan después a la misa parroquial el domingo.




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9. Fuera de la misa cuando se imponen las manos es bueno que sea la comunidad misma la que imponga las manos, y no solo una persona, para evitar malos entendidos.

10. No dogmatizar con los detalles en cuanto a formas, tiempos, y lugares. Hay diferentes opiniones sobre, por ejemplo, si tocar o no tocar la cabeza, etc.

11. Tener presente que imponer la mano no confiere más poder a la oración, porque se puede orar por una persona igualmente, con igual o mayor eficacia, desde la distancia física.

12. Este gesto, si lo hace un fiel, se ha de hacer en silencio; no conviene hacer ningún tipo de oración que haga pensar que la persona que impone manos tenga algún poder.




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