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Por qué confiar

<a href="http://www.shutterstock.com/en/pic.mhtml?id=109976480&amp;src=id" target="_blank" />Father and son holding hand in hand</a> © Soloviova Liudmyla / Shutterstock

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/06/15

La confianza en aquel que no me va a fallar nunca es lo que nos sostiene

Es la confianza en Dios que nos ama la que nos cura y salva. La confianza es la base del amor. Cuando perdemos la confianza, ¡qué importante es recuperarla pronto! Si desconfiamos no nos queda nada.

Confiar en el que nos ama, confiar en Dios que nos quiere y no nos deja nunca. Confiar en que no me va a fallar aquel que me quiere. Creer que no va a caer en el juicio. Saber que siempre se va a alegrar con mi bien. Sin envidias.

La confianza en aquel que no me va a fallar nunca es lo que nos sostiene. La confianza de una roca sobre la que se construye la casa.

A veces desconfiamos. Pensamos que nos mienten, que nos ocultan algo. Desconfiamos de las razones verdaderas que les mueven a actuar. Desconfiamos cuando nos han fallado. Desconfiamos de su amor y fidelidad.

¡Qué difícil volver a confiar cuando hay una traición de por medio! ¡Qué difícil seguir mirando hacia delante sin dudar de nuevo! Confiar siempre sin interpretar.

Sufrimos siempre que interpretamos los actos. ¡Cuánto daño nos hace mirar y juzgar! Interpretamos los silencios y las palabras, las omisiones y las acciones. Es fácil desconfiar de las intenciones de los otros.

Pero, para que la roca sea firme, tenemos que tener una confianza a prueba de olas y de miedos. Si no confiamos en los hombres a los que vemos, ¿cómo vamos a confiar en Dios a quien no vemos?

La confianza es la base del amor y de la vida. Confío en el amor de los que me quieren. Confío en su fidelidad. Confío en las personas que se me confían. Confío en las promesas que me hacen.

Cuando confío puedo descansar en Dios como un gorrión en sus manos. Decía santa Catalina de Siena: “Tened confianza, encontraréis esta fuente de amor en el costado de Cristo crucificado y quiero que allí busquéis sitio para vosotros”.

En el costado abierto de Jesús confiamos y descansamos. En su herida cabe mi herida. Allí mis heridas son sanadas. Encuentro la paz para la vida. En su corazón puedo caminar sin depender tanto de la mirada del mundo.

Necesitamos confiar para ser dignos de confianza. Decía Khalil Gibran: “Quiero saber si puedes desilusionar a otros por ser sincero contigo mismo, si puedes resistir la acusación de traición y no traicionar a tu propia alma. Quiero saber si puedes ser fiel y por lo tanto confiable”.

Imagino que es antes la confianza recibida, para ser nosotros confiables. Me gustaría ser roca firme, mar calmado, paz continua. Me gustaría ser el lugar en el que otros descansen. Me gustaría dar seguridad y paz al que busca descanso.

Me gustaría no sólo ser gorrión, sino ser las manos que dan paz al gorrión. Me gustaría ser digno de confianza. En mi debilidad, en mi torpeza. No hay nada que dé más paz que el corazón que permanece inamovible en medio de la tormenta. El corazón que no cambia de un día para otro. El que no dice una cosa hoy y otra mañana.

Me gusta ese corazón fiel a sí mismo aunque eso traiga complicaciones. Fiel a las decisiones tomadas. Que no se turba en la tormenta y es capaz de dormir en medio de las olas.

Decía el Padre José Kentenich: “La fidelidad es heroica cuando seguimos siendo fieles a pesar de que, hablando humanamente, tendríamos razones suficientes para dejar de serlo. Queremos ser fieles con la razón, el corazón y la voluntad, aún cuando la fidelidad resulte difícil; de otro modo no habría heroísmo en nuestra actitud”[2].

Aspiramos a vivir esta fidelidad heroica. Me conmueve la paz del corazón anclado en lo más hondo del corazón de Dios. Nada lo mueve. Pase lo que pase se queda firme. Me emociona. Quiero un corazón así. Como el de Jesús sobre la tierra. Como el de María inconmovible al pie de la cruz.

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