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Viviendo la humildad en la familia

© amira_a

Centro de Estudios Católicos - publicado el 23/06/15

La humildad y la aceptación personal conducen también a la aceptación del otro, de los demás tal como son

"La humildad no es otra cosa que andar en verdad, caminar según la realidad auténtica y objetiva. Por ello, no se trata de menospreciar o negar el valor de la persona humana como tampoco exaltarlo de manera ilusoria, falseando o distorsionando su dignidad. En este sentido, la soberbia y la vanidad se oponen a esta virtud. Se trata de reconocer y aceptar la condición humana con todo lo que lleva de fragilidad y grandeza, de miseria y dignidad, como misterio insondable cuya verdad nos trasciende"

Se trata entonces de ser objetivos y realistas aceptándonos tal como somos, aceptando nuestra historia personal, los padres que tenemos, nuestro físico, nuestra realidad socio-económica, etc. Es muy importante admitir que tenemos talentos y virtudes, pero también que tenemos fragilidades y defectos. Se trata de tener una visión objetiva, integral y realista de cada uno de nosotros. Ser humilde entonces significa aceptarme tal como soy, con mis cosas buenas pero también con mis limitaciones.

Esta virtud de la humildad resulta indispensable en nuestra vida cristiana, en el seguimiento fiel de Jesucristo. No se entiende cómo alcanzar la plena conformación con el Hijo de María si se prescinde del fundamento de la verdad. Sólo partiendo de una conciencia clara de nuestra propia realidad podemos acoger la gracia y orientar rectamente nuestros dinamismos fundamentales de permanencia y despliegue viviendo el amor a Dios y la caridad universal a los seres humanos.

La humildad nos conduce por la senda de la verdad y de la paz auténtica, pues nos sitúa en las coordenadas correctas de nuestra propia identidad. Pero cuando decimos que la humildad es andar en Verdad estamos afirmando dos dimensiones que se complementan. Por un lado, está esa dimensión de la verdad que brota del encuentro con uno mismo, por el que constatamos nuestra radical insuficiencia y nuestra apertura a lo trascendente.

Pero, por otro lado, afirmamos también la verdad sobre el hombre que sólo el Señor Jesús, Verbo Encarnado, nos puede revelar. De esta manera, andar en Verdad no afirma simplemente la autoconciencia que brota de la experiencia vital, sino también el encuentro revelador con el Hijo de María que es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1, 9).2

La humildad y la aceptación personal nos conducen también a la aceptación del otro, de los demás tal como son, como seres únicos e irrepetibles y distintos. “El otro” es un Hijo de Dios, con muchas virtudes pero también con distintas fragilidades; se trata entonces de asumir que esa persona es así y que yo estoy invitado a quererlo y respetarlo.

En este contexto es importante recordar que aceptar no es lo mismo que estar de acuerdo. Yo estoy invitado a aceptar a mi hermano con tal o cuál defecto, a quererlo, amarlo y ayudarlo, pero ello no quiere decir que esté de acuerdo con dicho defecto o con esa manera de ser.

¿Cómo Vivir la Humildad en Familia?

1. Aceptando incondicionalmente a cada uno de los miembros de mi familia.

2. Valorando integralmente a cada integrante de la familia como un ser único, distinto e irrepetible.

3. Acogiendo y amando “al otro” como Hijo de Dios y miembro de mi familia.

4. Respetando y valorando las diferencias entre los unos y los otros. Esto nos llevará a alegrarnos porque “el otro” es distinto a mí y enriquece a la familia.

5. Realizando primero un esfuerzo por escuchar al otro antes que pretender que me escuchen a mí.

6. Ayudando a mi familiar en sus labores cotidianas; saliendo al encuentro del otro en el día a día de manera que encuentre apoyo en su trabajo o estudio diario.

7. Cuándo veo algo mal en algún miembro de mi familia estoy invitado a hacerme el espacio para comentárselo y decírselo de manera adecuada y en el mejor momento.

8. Cuándo me critican y me señalen cosas por mejorar; admitir y aceptar dichas correcciones con sencillez y transparencia.

Se trata entonces de avanzar en una existencia virtuosa y humilde, se trata de ayudarnos los unos a los otros: juntos es más fácil. La familia cristiana es una auténtica escuela de virtudes y de humildad, cada miembro de la familia es muy importante y es para los otros un aliento de vida cristiana y de esfuerzo cotidiano por vivir la humildad en la vida cotidiana.

Por Humberto Del Castillo Drago. Artículo originalmente publicado por Centro de Estudios Católicos

Tags:
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