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La falsa compasión hacia los jóvenes

© Emmanuel Huybrechts
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Predomina una teoría del éxito y del fracaso basada en la “capacidad” más que en el esfuerzo

“Que nuestros hijos sean epifitos (plantas que se apoyan en otros
para crecer pero viven por sí mismos) y no parásitos”.
Mamerto Menapace
 
En los últimos tiempos parece que se ha exagerado un rasgo que caracteriza a la sociedad actual: la compasión que despiertan los niños y los jóvenes cuando se les plantea una exigencia o se los enfrenta a un desafío. En general, los padres, y hasta la familia entera, se escandalizan cuando sus hijos son sometidos a exámenes o deben pasar alguna prueba, por sencillos que sean.

En lugar de alentarlos para que se preparen y muestren lo que aprendieron y apoyar  a los docentes para que elaboren pruebas más exigentes permitiendo que sus hijos exploren sus facultades, se compadecen por lo que interpretan como un esfuerzo más allá de las posibilidades de las jóvenes "víctimas".

La intolerancia a la frustración

La compasión es un término muy antiguo de raíz griega, hace referencia a «sufrir juntos», comprendiendo lo que le pasa al otro y tratando de ponerse en su lugar. La compasión es la percepción  y entendimiento del dolor ajeno, y el deseo de aliviar, reducir o eliminarlo por completo. Esta actitud es una de las que más nos dignifica como personas y nos hace humanos. Cuando hablamos de falsa compasión, en cambio, queremos referirnos a compadecernos por algo que no debe hacer mal al otro, por el contrario, lo enfrenta con algo con lo que puede lidiar.
 

La falsa compasión está instalada. Trata es de evitar "que se traumatice" a las nuevas generaciones con demandas que se suponen excesivas. Entre las razones que no se dicen, pero se piensan, están la comodidad de no hacer frente a los problemas que supone sostener la necesidad de la exigencia: alentarla, procurar que dure en el tiempo, supervisarla. Para esto se requiere tiempo para acompañar y apoyar el hábito de estudio y de dedicación a tal exigencia.
 
El imperativo actual de muchos padres es hacerse querer a toda costa, y la seriedad que muchas veces se necesita parecería incompatible con el afecto.

Entonces si a los hijos se le dan obligaciones se convencen de que aún no están preparados para realizarlas, desanimándolos para que hagan por sus medios el esfuerzo que se  requiere para llevar adelante cualquier tarea.

Este descreimiento de sus propias capacidades comienza en la infancia y dura hasta avanzada la juventud provocando una situación impensada hace solo unas décadas atrás: ingresar a la universidad  sin haberse enfrentado, desde la escuela elemental, a una serie progresiva de exámenes, sin saber concentrarse, a enfrentar los desafíos, a resistir las frustraciones que inevitablemente se van a presentar. Por supuesto, también se manifiesta esta actitud hacia el trabajo
 
Hoy, muchos padres parecen creer que sus hijos son explotados por un sistema injusto –el escolar– que pretende que encaren con responsabilidad un esfuerzo intelectual. No advierten tampoco que éste es, además, un medio para habituarlos a una manera de enfrentar su vida.

En las generaciones que nos precedieron, conocemos tantos casos de estudiantes que, trabajando hasta muchas horas para costearse los estudios y ayudar a la familia, estudiaron con gran sacrificio y completaron su carrera en el lapso previsto con muy buen rendimiento. Sabía lo que la meta les exigía pero no claudicaban con facilidad.
 
La Teoría de la capacidades
 
David Perkins, en su libro La escuela inteligente, hace una comparación que ayuda al tema. Coteja la actitud de los norteamericanos (digamos más bien occidentales pues nosotros también copiamos este modelo) y los japoneses hacia la enseñanza de las matemáticas.

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