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¿Los Evangelios son históricamente fiables?

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Monseñor Jacques Perrier - publicado el 19/06/15

Para quien se interrogue sobre el cristianismo, no querrá saber si los Evangelios son un bello mito, sino si existen razones para creer que eso ocurrió

1. Las religiones se basan normalmente en mitos inmemoriales o en las palabras de un hombre inspirado: poco importan las circunstancias en las que fueron pronunciadas estas palabras.

Muchas doctrinas religiosas y ritos se pierden en la noche de los tiempos. Sucede con las religiones “tradicionales” y con las mitologías, como las mitologías egipcia, babilónica o griega, con las que los israelitas se confrontaban continuamente.

En las religiones o sabidurías orientales y en el Islam, hombres inspirados han emitido mensajes sobre lo divino, sobre el mundo, sobre la humanidad. Algunos de estos “profetas” hablaron en un momento concreto de la historia, pero sus circunstancias no tienen importancia en lo relativo a la verdad de su discurso.

2. Para los judíos y los cristianos, la fe se basa en hechos: Dios se ha manifestado a través de actos y, en Jesucristo, se ha hecho personalmente presente en la historia.

El texto más santo para Israel, el Decálogo (“los diez mandamientos”), comienza con estas palabras: “Yo soy el Señor tu Dios, que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre”. Dios se revela a su Pueblo a lo largo de una Historia, con sus fases felices y desgraciadas. Las relaciones entre Dios y su pueblo son como las de una familia, con sus días buenos y malos, con largos periodos de crisis. Israel vive en la esperanza: un día, el Mesías vendrá e implantará de forma permanente la ley y la justicia.

Para los cristianos, Dios ha venido personalmente a nuestra historia. Jesús, nacido bajo Herodes el Grande y crucificado bajo Poncio Pilato, no ha venido sólo para decir palabras definitivas sobre Dios. Él es Dios, el mismo que “desgarra los cielos”, como dice el profeta Isaías. El reúne al cielo y la tierra en su persona. Él triunfa sobre el Mal aceptando someterse por amor. Su victoria comienza y se manifiesta en la resurrección.

Conclusión: Para quien se interrogue sobre el cristianismo, no querrá saber si los Evangelios son un bello mito, sino si existen razones para creer que eso ocurrió.

3. La Sagrada Escritura describe esta historia y da su sentido.

Ni los cristianos, ni mucho menos los judíos, son una religión del libro. Al igual que muchas otras religiones, veneramos nuestras Escrituras y creemos que están inspiradas por Dios. Pero son secundarias en relación a las iniciativas divinas.

La historia sagrada comienza cuando Dios llama a uno al que le dará el nombre de Abraham: no lo hizo para preparar el proceso verbal de la entrevista, ni como periodista para publicar un reportaje. Pero se conservó en la memoria. Se transmitió de generación en generación. Y un día, apareció apropiado transcribirla a un texto, una Escritura.

El Espíritu de Dios está presente en este proceso de transmisión, de escritura y, después de eso, de relectura, pues los acontecimientos del pasado hablan sin cesar y de nuevo en una historia que nunca se ha detenido. Así, los profetas en tiempos del Exilio de Babilonia (siglo VI antes de Cristo) se remiten al Éxodo, la liberación de Egipto, seis años antes que ellos.

La Sagrada Escritura no es sólo una recopilación de los hechos. Se le da un sentido. Es una meditación, una oración, una aplicación en términos de comportamiento colectivo, de la moral. Pero la base, son los hechos.

Es lo mismo en el Nuevo Testamento. Los evangelios se sitúan en primer lugar, ya que son testigos de los acontecimientos vividos por Jesús y sus discípulos. Por sus palabras, Jesús nos da el significado de estos eventos, y los demás escritos del Nuevo Testamento (Hechos de los Apóstoles, Epístolas, Apocalipsis) iluminarán todo lo que implicaban estos eventos. Pero la base es "el Señor Jesús vivió entre nosotros, comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que fue tomado de entre nosotros" (Hechos 1: 21-22). 


4. El material histórico de los Evangelios es sólido. Lo atestigua una investigación ininterrumpida de Tierra Santa en el siglo I y de sus costumbres.

Después de dos mil años, los cuatro libritos llamados “evangelios” siguen siento los más estudiados, como nunca lo ha sido texto alguno de la literatura mundial. Ningún personaje de la Antigüedad tiene el beneficio de cuatro testimonios distintos. Cuatro versiones, que la Iglesia ha conservado siempre, distintos uno del otro.

Tres de los Evangelios se parecen, aunque cada uno tiene sus propias características. El cuarto Evangelio, san Juan, es distinto en relación a los otros tres pero es incomprensible sin ellos. Es su complementario.
Hay que encontrar una respuesta a la pregunta: ¿de dónde vienen estos testimonios, escritos indudablemente por judíos pero tan chocantes para ellos? No puede ser una especie de farsa literaria, una pura ficción montada por algunos espíritus irritados, deseosos de escándalo. En torno a ellos hay comunidades cristianas, con sus responsables que no les dejarían decir cualquier cosa. Hay gente que se niega a creer y que se dedica a desenmascarar lo que consideran una falsificación.

Durante los siglos, la tendencia autoproclamada científica niega cada vez más la historicidad de los Evangelios. Algunos, incluso llegan a negar la existencia de Jesús y el estribillo se incluye a veces en los debates. No se podía decir nada de Jesús antes de la Pascua. Todo se reinventó después de la Pascua.

A la pregunta “¿de dónde vienen los Evangelios?”, responden con un enigma o con un absurdo: judíos, pretendiendo permanecer fieles a la religión de sus Padres, habrían inventado una fábula que, en puntos esenciales, parece en contradicción con la fe judía ortodoxa. Al contrario, estos farsantes o estos soñadores, haciendo apología de su Maestro, Jesús, como Hijo de Dios, no habrían dudado en mostrarlo recibiendo el bautismo de penitencia dado por Juan, ignorando la fecha del Último Día, ansioso en la hora de su muerte.

Finalmente, la solución más racional es la de concluir que en el origen hay hecho de los que los evangelistas han dado cuenta. En el momento en que se producen, ellos no entienden gran cosa. Pero permanecen grabados en su memoria y, a la luz de la Pascua, encuentran su aclaración.

Por otra parte, el marco cultural, religioso y social en el que se inscriben los Evangelios está cada vez más conforme con lo que vamos conociendo del judaísmo y de Tierra Santa sobre lo que se ha convertido en el año 0 de la era cristiana.

Respecto a los principales lugares del Evangelio, son mejor conocidos que hace un siglo: Nazaret, Belén, Cafarnaún, Jerusalén y sobre todo el Santo Sepulcro.

5. Entre los acontecimientos y la última redacción de los Evangelios es posible reconstruir las etapas intermedias. Las literaturas judía y pagana no son totalmente silenciosas.

La mayor parte de los especialistas están de acuerdo en datar la Pasión en la Pascua del año 33, y en que Jesús tendría seguramente cuarenta años: los judíos, en el Evangelio, dicen que él “no llegaba a los cincuenta años”.

Respecto al año de nacimiento de Jesús, no son los evangelios los que se equivocan: fueron los astrónomos, cuando establecieron nuestro calendario actual. Los primeros escritos cristianos, la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses, está fechada menos de veinte años después: no es tiempo suficiente para crear una leyenda, aún menos en la Antigüedad que ahora.

Durante este tiempo, el evangelio se proclamo: Jesús es el Mesías y ha resucitado. Tanto que el Evangelio se anunció en el mundo judío, las referencias son conocidas. Y al dirigirse a los paganos, es cuando se hace necesario contar lo que había sucedido durante el ministerio de Jesús, lo que dijo, lo que hizo, por qué y cómo murió, y cómo se apareció después de su resurrección.


Como sucedió con el Antiguo Testamento, hubo un momento donde se estimó oportuno fijar por escrito las tradiciones orales. Como en el Antiguo Testamento, la tarea de poner por escrito no se hizo de una sola vez. Entre los especialistas, no hay consenso en la manera en que las diferentes tradiciones que llevaron a los cuatro Evangelios reaccionaron una frente a la otra. Para nuestro tema, es un buen signo: está claro que no hay un modelo dominante que los tres habrían copiado más o menos fielmente. La independencia relativa de los testigos es más bien una prueba de autenticidad.

Hay también dudas entre los especialistas sobre la fecha final de redacción de cada uno de los Evangelios: la tendencia actual sería más bien la de considerarlos cercanos a los acontecimientos. Pero lo importante es el proceso continuo de predicación desde Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua, a la redacción final. Los apóstoles eran conscientes no de contar una bonita historia edificante, sino de dar testimonio de los hechos que habían visto, y de los que darían testimonio hasta el martirio.

Para negar la historicidad de los Evangelios, algunos argumentan a menudo que hay un silencio en las fuentes profanas. Constatamos sin embargo que ningún documento, ni judío ni pagano, rechaza la existencia de Jesús. Por otra parte, el silencio es reativo.

Después de la caída de Jerusalén, y de la ruptura entre judíos y cristianos, el judaísmo oficial prefirió cubrir con un velo de silencio el caso de Jesús, que fue condenado gracias a la complicidad entre los dignatarios judíos y el poder romano. Sin embargo, han quedado trazas más o menos polémicas.

En cuanto a los Romanos, no tenían ninguna razón para interesarse en Jesús, un caso insignificante en su inmenso Imperio. Pero, hacia el año 50 en Roma, se plantea la cuestión de los cristianos, que veneran a un cierto “Chrestos”. ¿Cómo surgió este interés repentino? No podía ser Pablo, quien acababa de comenzar a predicar en esos años en Oriente, y que aún no había pisado Roma.

  1. La fiabilidad histórica de los Evangelios nunca bastará para dar la fe en Jesucristo.


Los cuatro Evangelios presentan un caso totalmente sobresaliente en la literatura mundial. Según las escuelas, las dimensiones de su “novedad” histórica son más o menos grandes. Pero es ridículo negar la existencia de esta novedad. Por otro lado, la fe sigue siendo un acto libre, a la que ninguna deducción debe llevar por fuerza.

Tomemos dos ejemplos: Que Jesús tenía pretensiones divinas, es más razonable aceptarlo que de negarlo. ¿Pero estas pretensiones eran legítimas? El historiador más católico, como historiador, se negará a responder en tu lugar. Al tercer día después de su muerte, Jesús resucitó: todos los escritos cristianos lo atestiguan. ¿Puedo creerlo? ¿Tengo que creerlo? Es una cuestión de conciencia. La respuesta podría llevarte más lejos de lo que pensabas…


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