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La Lujuria, un descuartizador y una carnicería

© web-lust-Jeremy G. (Jayme Rose)-cc

Aleteia Team - publicado el 19/06/15

El lujurioso no vive enamorado, sino sólo excitado

El lujurioso es, ante todo, un descuartizador. En las personas no ve más que cuerpos, y de esos cuerpos sólo unas cuantas partes: las que ya sabemos. Al menos es casi seguro que el hígado o la tiroides de su víctima (llamémosla así) no le interesan en modo alguno. Para él, el mundo es una gigantesca carnicería en la que compra únicamente las piezas con las que se sacia su apetito, pues llevarse a casa el animal entero (así habla él: mediante comparaciones zoológicas) le causa un profundo horror: ¿qué haría con el resto?

En Los excluidos, una de las últimas novelas de Elfriede Jelinek (premio Nobel de Literatura 2004) aparece una mujer así: le gusta acostarse con hombres, pero a la hora de hacerlo los prefiere sin rostro, sin alma y sin nombre: sólo un cuerpo –dice–, sólo un cuerpo y nada más: tal es lo que necesito, lo único que deseo.

Al lujurioso ni siquiera le pasa por la cabeza que el ser por el que arde pueda tener alma, sentimientos, o, en fin, una de esas cosas que difícilmente pueden ser notadas a simple vista. Para decirlo ya, lo que está más allá de la piel está también más allá de su interés.

La imagen del perro que se detiene ante el poste es la más a propósito para describir al lujurioso: si se detiene un momento no es porque sienta por el poste eso que con suma vaguedad se expresa con la palabra algo, sino simplemente porque le quedaba de paso. Y, de este modo, una vez hecho lo suyo recobra su posición normal y echa a correr. De ninguna manera entraba en sus planes crear con el poste una relación, iniciar lo que se llama una historia.

He aquí los hábitos sexuales de Hans-Peter Dallow, personaje sacado de una de las novelas de Christoph Hein, el escritor alemán; juzgue usted si nos hallamos ante un lujurioso o no: “Tras cada visita al bar se acostaba con una mujer distinta, pero nunca se quedaba toda la noche. No quería despertar al lado de una desconocida; tenía miedo del desencanto que trae la mañana, de la visión de una cara sin maquillaje y para él espantosa. Cambiaba de restaurante con frecuencia, y también para evitar reencontrarse una noche con alguna conocida”.

¿Volver a verlas? ¡Por nada del mundo! Así como no conservamos para el recuerdo la jeringa hipodérmica con la que nos inyectaron por primera vez cuando éramos niños y teníamos fiebre, así tampoco el lujurioso suele recordar con excesiva nostalgia a aquella que finalmente cedió y a la que en el fondo desprecia. “Después de todo, fue demasiado fácil”, dice para sus adentros o a sus amigos más íntimos. Y la arroja de su vida, como tiró nuestra madre, hace mucho tiempo, la jeringa contaminada. Abenhazam de Córdoba tenía razón cuando observó: “El primero que tiene en poco a la adúltera es el que con ella cometió adulterio”. 

No volver a ver a sus víctimas es para el lujurioso algo esencial. ¿Qué pasaría si llegara a encariñarse de ella? No quiere ni pensarlo. La sola idea le causa horror. Porque encariñarse significa, de alguna manera, correr el riesgo de comprometerse, y a él los compromisos no le van.

“Me gusta divertirme con las mujeres. Lo hago a menudo y voy de una a otra porque no amo a ninguna. Sólo amo sus cuerpos”, confiesa Wilfred Ingram a uno de sus amigos en Cada hombre en su noche, la novela de Julien Green. No pocas mujeres suspiraban por él porque tenía una bella sonrisa y un cuerpo espigado; incluso, en ocasiones, “le decían que lo amaban en los momentos en los que uno es capaz de decir cualquier cosa, pero no le escribían, porque él no les daba su dirección, en previsión a las dificultades que pudieran surgir”.

El lujurioso no vive enamorado, sino sólo excitado

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