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Juego de Tronos: Pero la muerte no es el final

HBO
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Una serie que muestra exactamente lo contrario de lo que debe ser la vida humana

Desde el principio de su llegada al mundo de la televisión, la adaptación de las exitosas novelas de George R. R. Martin demostró que no renunciaba a dos de las señas de identidad demostradas con intensidad en las páginas de los libros: sexo y violencia. Las intrigas palaciegas y los conflictos sociales y familiares eran casi una excusa, aunque como excusa era de las mejores para inundar primero las librerías y luego las pantallas de un complejo ecosistema que, curiosamente, no se aleja demasiado de ciertas parcelas de la vida.
 
La descripción descarnada de actos sexuales, la mayoría de los cuales parecen más procedentes de la violencia que del amor, en el fondo no deja de ser un trasunto de un mundo, el de los Siete Reinos, en el que la paz y la concordia parecen conceptos ilusorios y todo parece a punto de desatar una vorágine (como a veces sucede) de dolor y destrucción.
 
De manera que regresamos de nuevo a la violencia, repartida con generosidad a lo largo y ancho de los episodios de las novelas y de los capítulos de las temporadas.
 
El autor ha jugado desde el primer momento a desmontar los esquemas que tradicionalmente suele hacerse un lector/espectador: me identifico con un personaje al que tengo por el protagonista de la trama, y presupongo que no morirá hasta el final. “Craso error”, como decía Arnold Schwarzenegger en “El último gran héroe”. A estas alturas no rodará mi cabeza si revelo (por si acaso AVISO, SPOILER) que quien nos podría parecer el héroe principal de la saga “Canción de hielo y fuego”, Eddard Stark, no pasaba del primer libro/temporada dejando así al lector/espectador sumido en una sensación de orfandad, sin tener a quién asirse para continuar deambulando a este lado del Muro.
 
Pero los más avezados para entonces se darían cuenta que el casi inabarcable elenco de personajes ofrecía múltiples opciones para “apoyarnos” en otro personaje desde el que continuar viviendo las aventuras teniendo simpatía por alguien que, esta vez sí, llegaría vivo hasta el final. No citaré otra vez a Arnold pero en un par de novelas/temporadas el bonachón de G. R. R. Martin demostró que más nos valía no encariñarnos con nadie. Insisto, con nadie.
 
Y así ha sucedido en la última novela y en el último capítulo de la temporada que ahora concluye en Estados Unidos. No, no desvelaremos quién abandona este mundo (es decir, aquel) pero baste decir que quizá la lección de Martin esté costando en llegarnos pero es nítida: dejando a un lado quizá los dragones lo que sucede en “Juego de Tronos” podría ser perfectamente equiparable a nuestra vida real, a nuestra experiencia vital. Nos encariñamos con alguien y cualquier día deja de estar en el mundo de los vivos sin que lo esperemos ni estemos preparados para ello.
 
¿Quiere decir ello que no le cojamos cariño a los demás? Más bien no, quizá lo que haya que hacer en la vida real, a diferencia de lo que sucede en “Juego de Tronos” sea amar de manera sincera, procurar no dañar a los demás… y por supuesto tener claro que si se cree en la inmortalidad del alma volveremos a encontrarnos más allá del Muro.
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