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El machismo convierte a la mujer en un objeto

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Isabella Quintana-cc

Ciudad Nueva - publicado el 16/06/15

La llamada violencia de género se sostiene y justifica desde la hegemonía machista

¿Qué se entiende por machismo, es una mentalidad sólo de ciertos varones o también hay mujeres con actitudes machistas, cómo se origina…? Son algunas de las preguntas que planteamos en este diálogo con María Marta Mainetti.

El pasado 3 de junio marcó un hito en la lucha contra la violencia de genero, ya que la marcha bajo el lema “Ni una menos” tuvo una convocatoria multitudinaria en la Argentina y réplicas en varios países de la región.

La iniciativa está desembocando en medidas legales y la promoción de cambios de actitudes culturales. Por eso es importante avanzar en la comprensión de la mentalidad sobre la que se apoyan estos episodios extremos, como la cultura machista.

Conversamos al respecto con María Marta Mainetti, antropóloga y docente de la Universidad Nacional de Mar del Plata.

Se habla mucho del machismo como fuente principal, asumo que no es la única, de los casos de violencia sobre las mujeres, que en su forma más extremas llega al femicidio. ¿Qué se entiende por machismo?

El machismo, o patriarcado, es tal vez una de las ideologías más difundidas y extendidas geográfica e históricamente. Aunque adquiere características particulares según las sociedades, se basa en la creencia de que el hombre es un ser superior a la mujer en todos los aspectos.

Es por lo tanto, una forma de dominación -como el racismo, el colonialismo, el clasismo- y, como tal, cosifica al dominado, lo convierte en un objeto que se puede poseer o destruir.

Ahora bien, las dominaciones, en general, pueden ejercerse de dos maneras: coercitivamente, es decir, violentando a la víctima mediante el uso de la fuerza o culturalmente, es decir, como una fuerza sutil, que no obliga, sino que convence al dominado de que ese poder es “normal” o “natural” y por lo tanto contribuye a justificar el anterior.

Este último, denominado también hegemonía, requiere para ser derribado, de un proceso de cambio cultural profundo, de una transformación de la mentalidad de las personas. Podríamos decir entonces, que la llamada violencia de género se sostiene y justifica desde la hegemonía machista.


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¿Cómo se origina?

No se sabe exactamente cómo se originó, pero de acuerdo a estudios antropológicos, en la mayoría de las sociedades se encuentran indicios de la supremacía masculina.

Existen diversas teorías, aunque la mayoría coincide en la influencia que ejerció la sedentarización (ocurrida cuando los grupos humanos comienzan a cultivar y criar animales), en la división en roles, en la cual la mujer quedaba ligada a la crianza y cuidado del hogar, mientras que el hombre se ocupaba del suelo y de la defensa.

La guerra fue otro factor fundamental que construyó la imagen del hombre como agresivo, competitivo, corajudo, demostrando su superioridad no sólo hacia las mujeres, sino hacia otros hombres, a través de su fuerza física.

Y así, a lo largo de la historia esa supremacía se fue reproduciendo desde todos los ámbitos: la literatura, la política, la ciencia, la religión, etc., reforzando el mandato de dedicación a la “vida pública” del hombre y a la “vida privada” de la mujer, lo que legitimó la subordinación de esta última.

 “Para el hombre el corazón es el mundo, para la mujer el mundo es el corazón”, expresa significativamente el autor alemán Christian Dietrich Grabbe, a principios de 1800, plasmando significativamente el pensamiento de la época.

El machismo es una distorsión de la visión de la relación mujer-hombre. ¿Es un problema sólo de los varones o también hay mujeres que piensan de este modo?

Justamente lo que hace posible la reproducción de la hegemonía masculina, es que la mujer (colectivo dominado en este caso) acepta esa dominación, es decir, la considera apropiada y por lo tanto, no se opone, sino que la reproduce. “Ningún pibe nace machista” decía uno de los tantos carteles que circularon en la marcha “Ni una menos”. No es algo “natural” el machismo, sino un comportamiento adquirido, a través del aprendizaje.

Cuando en una familia, los roles se estructuran de tal manera que hacen que las “nenas” sean las únicas que hacen las tareas de la casa y sirven a los varones cuando llegan, se está dando el mensaje de que los hombres deben ser atendidos porque son más importantes.

No quiere decir que ese chico sí o sí vaya a ser violento, pero se reproduce una mentalidad que lo justifica. ¿Entonces nunca debemos “atender al otro”? Por supuesto que sí, ya que es algo bueno cuando se hace por amor y cuando construye relaciones de reciprocidad, pero no lo es si se hace por obligación, por deber o sumisión.

El machismo se construye también ejerciendo presión sobre los varones, quienes deben cumplir con un modelo establecido de fortaleza física y emocional, de agresividad, de vida sexual activa, de autoridad demostrada, de proveedor económico. Esto hace que se sientan menos hombres cuando los hijos no le obedecen o cuando pierden un trabajo o si lloran o si no cuentan aventuras amorosas.

Artículo originalmente publicado por Ciudad Nueva

Tags:
dignidad de la mujerhombre y mujermachismoviolencia contra la mujer
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