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Cuidar de la creación

© SF Brit
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Cualquier realidad frágil como el medio ambiente queda indefensa ante los intereses del mercado

Queridos hermanos y hermanas: Escribo esta carta semanal en las vísperas de la publicación de la encíclica del papa Francisco sobre el cuidado de la creación, y en el Día Mundial del Medio Ambiente, que se celebra el 5 de junio, una jornada que nos ayuda a caer en la cuenta de la grandeza de la creación en un planeta con más de 6000 millones de personas, que tiene graves problemas y que necesita encontrar el camino a seguir, en nuestro caso desde el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia.
 
Benedicto XVI, en Luz del Mundo (2010), preocupado por la situación del planeta, nos hablaba de la catástrofe global y la problemática del progreso, emplazando a la Iglesia a una reflexión que mueva las conciencias y suscite la esperanza de nuestros contemporáneos.

El papa Francisco en Evangelii Gaudium (2013), habla también de la ecología y nos dice que en el orden mundial vigente, que sólo busca el máximo beneficio, cualquier realidad frágil como el medio ambiente queda indefensa ante los intereses del mercado, para muchos una realidad casi divina. Afirma el Papa que las condiciones para un desarrollo sostenible todavía no están adecuadamente planteadas y mucho menos realizadas.
 
En 1987, la Comisión Mundial para el Medio Ambiente y el Desarrollo, en su informe Nuestro Futuro Común, más conocido como Informe Brundtland, establecía que una sociedad sostenible es aquella que atiende a las necesidades del presente sin mellar las necesidades de las generaciones futuras.

La Carta de la Tierra (1997), código ético para la sostenibilidad promovido por Naciones Unidas, establecía cuatro principios básicos: respeto y cuidado de la vida, integridad ecológica, justicia social y económica, y democracia, no violencia y paz. En los últimos decenios nuestro mundo ha caminado en sentido inverso, propiciando una insostenibilidad cada vez mayor, con graves injusticias y desigualdades crecientes.
 
El modelo de crecimiento industrial de una parte de la humanidad en los últimos dos siglos, ha elevado el nivel de vida del 20% de la población mundial, pero con gravísimas consecuencias. Los problemas ecológicos causados por la actividad económica han tomado dimensiones globales, los problemas sociales siguen acrecentándose en los países en desarrollo y más de 1000 millones de personas viven en la más absoluta pobreza, sin comida, sin agua potable y sin ninguna posibilidad de acceso a la educación y alcanzar niveles de vida dignos.
 
El crecimiento de la población mundial es imparable. En unas décadas el mundo tendrá 10.000 millones de habitantes y crecerá al mismo ritmo la pobreza en el inframundo de las periferias urbanas. Los cambios globales, consecuencia de las alteraciones de los sistemas naturales, físicos, biológicos o sociales, originados por el vigente sistema económico, son perceptibles. Dentro del cambio global situamos el cambio climático, que tiene consecuencias muy graves, especialmente para los más pobres. Está originado por el 20% de la humanidad pero afecta a todos, especialmente a los que menos pueden reaccionar ante sus graves consecuencias, la subida del nivel del mar, las limitaciones para la agricultura o el incremento de sucesos climáticos extremos.
 
A todos ello debemos añadir la crisis del agua, a la que no todos pueden acceder, la carencia de alimentos y el subdesarrollo de la agricultura en amplias zonas del planeta, la disminución de la capa de ozono, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de la concentración de metales pesados, las migraciones ambientales forzadas, y el incremento de las desigualdades, por citar algunos de los desastres que nos asolan. Los científicos nos dicen que la biosfera es nuestro máximo bien material, el soporte de la vida en el planeta. No podemos vivir sin ella, y, sin embargo, atentamos contra ella.

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