Los sacerdotes son seres humanos que tienen aciertos, errores y momentos complicados, por eso, cuando un párroco es difícil conviene seguir algunos consejos
Servir en la Iglesia es una manera de ejercer nuestro triple ministerio, recibido en el Bautismo: ser sacerdote, profeta y rey. Pero cuando el servicio topa con un párroco de trato difícil se corre el riesgo de querer renunciar. ¿Qué se puede hacer en estos casos? Te damos seis consejos.
Los sacerdotes son hombres imperfectos
“Todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres y puesto para intervenir a favor de los hombres en todo aquello que se refiere al servicio de Dios, a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados” (Heb 5, 1- 3).
Recordemos antes que todo que el sacerdote es un hombre que sufre, que siente, que se equivoca y llora. Sin idealizar la figura sacerdotal, los fieles recuerden que, en medio de las debilidades humanas, los sacerdotes estamos empeñados en una misión difícil, gastándonos al servicio de Dios y de su Pueblo. No somos perfectos, pero acaso ¿alguien lo es?
Por tanto hay que orar mucho por el párroco. Él es una persona como todos y necesita del acompañamiento comenzando por la oración. La única diferencia entre un fiel y su sacerdote son las manos consagradas de este. El fiel que sufra por la actitud de su párroco debe ofrecer su sufrimiento para gloria de Dios y conversión de todos.
Pero indiferentemente de cómo sea el párroco o qué permita hacer y qué no, presentamos unas consideraciones:
1Recuerda que tu ayuda es una colaboración
Recordar que una ayuda es solo eso, una ayuda o una colaboración; no se puede pretender hacer más que lo que hace el párroco, él se podría sentir desplazado o suplantado y se podría incluso llenar de recelo; podría hacer ver que es él el párroco. Es que por fortuna o por desgracia todos los sacerdotes no dejamos de ser seres humanos.
2No entres en conflicto con él

Hay un dicho: el que manda, manda; aunque mande mal. Mientras él sea el párroco hay que aceptar sus directrices aunque nos parezcan equivocadas. Es él quien tiene la última palabra y quien tiene que responder por la parroquia ante Dios y la Iglesia.
No hay necesidad de recurrir a una instancia superior para que él cambie si la cosa no es grave; hacerlo generaría inconformidad y disgustos que dañarían la vida de parroquia y las relaciones fraternales.
3Fomenta el diálogo y la amistad
Fomentar la amistad y el diálogo con el párroco para que se sepan escuchar y comprender, porque a veces pasa que nos encerramos en nuestro punto de vista.
4Actúa con humildad
Hacer humilde y gustosamente lo poco o mucho que el párroco acepte y/o solicite; recordar que es un servicio a Dios y a la Iglesia y no a la persona del sacerdote.
Más vale hacer poco y con una sonrisa en un buen ambiente, que mucho con tensión y malas caras. Recordar que se trabaja para Dios y a Él no le gusta que se hagan las cosas de mala manera y descontentos.
Se pide humildad, docilidad y respeto hacia el sacerdote, recordando que esta es la actitud ante toda persona mayor en edad, dignidad o gobierno.
5Obedece sus indicaciones
Recordemos que quien obedece nunca se equivoca. Si alguien hace exactamente lo que se le manda no se debería equivocar; y si algo sale mal quien se equivoca es quien manda, no quien obedece (es obvio que una persona está obligada a obedecer siempre y cuando la orden no vaya en contra de su conciencia ni contra la voluntad de Dios).
La obediencia suele concretarse a partir de obligaciones o prohibiciones que implican la realización u omisión de ciertas acciones. El concepto contempla la subordinación de la voluntad individual a una figura de autoridad, en este caso el párroco. La obediencia implica humildad, depositar la confianza en alguien que ya nos ha precedido en un camino.
Claro, no se trata de una obediencia ciega o la obediencia del borrego sino una obediencia basada en el amor de Dios.
6Sirve además en otra parroquia
Se podría también contemplar la posibilidad de que el servicio que la persona ofrece se pueda dividir en dos parroquias: una parte lo que le permita hacer el párroco y otra parte en alguna parroquia distinta, comenzando por la más cercana. En cualquier otra parroquia será tanto o más valorado y siempre será bienvenido.
No tiene sentido desempeñar un servicio o una función cuando no se es aceptada o valorada. Recuerde que es hermoso y muy gratificante trabajar para Cristo y servirlo en el hermano.
Dios y la Iglesia necesitan que todos arrimen el hombro en el proyecto divino de la implantación de su reino entre nosotros. Otra cosa importante es no desanimarse, pues un fiel disponible y generoso, siempre será necesario.












