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El drama de los desplazados forzosos

International Organization for Migration-cc

Familia Cristiana - publicado el 15/06/15

Persecución y violencia hasta el extremo de un aluvión de huidas forzadas

Cada día son más los obligados a desplazarse por el mundo. Unos lo hacen por subsistencia, otros porque las guerras no cesan y buscan refugio, algunos huyendo de los desastres naturales, mientras también los hay que caminan forzados por su afán aventurero. El ser humano es un ser dotado para moverse de acá para allá. Cierto.

Somos andariegos por naturaleza. Lo peor es cuando uno huye porque no le queda otra salida para poder seguir viviendo. Este es el problema, el de la desesperación que te fuerza a deambular sin rumbo fijo. Por desdicha, cada día son más los seres humanos que huyen hasta de sus propios hogares, porque dentro de su misma casa vive el autor de sus calvarios.

Lógicamente, moverse se ha convertido en una cuestión de vida para muchas personas. Esto es lo trágico. En consecuencia, se precisa una gran solidaridad en el mundo para acoger a tanto desterrado, para ponerlo a salvo y que pueda sentirse protegido por sus semejantes.

Precisamente, en este mes de junio (el día 20),  Naciones Unidas nos llama a celebrar el día mundial de los Refugiados, en un momento en que millones de mortales alrededor del mundo están siendo forzados a desaparecer de sus moradas debido a la guerra o a violaciones contra derechos humanos. Podíamos ser cualquiera de nosotros, por eso la comunidad internacional, a mi juicio, debe intensificar aún más los esfuerzos para que las personas puedan acoplarse a un nuevo horizonte, y más pronto que tarde, regresar a sus entornos aquellos que lo deseen y sí las condiciones lo justifican.

En este sentido, tenemos que aplaudir la generosidad de algunos países de acogida, los cuales vienen haciendo importantes esfuerzos por adoptar espacios propicios para el desarrollo multicultural, adaptándose a otras costumbres, conviviendo y compartiendo espacios comunes, mediante el acceso a los servicios públicos.

Muchas personas no tienen otra opción que la desbandada, pero cualquiera de nosotros sí que tenemos la opción de auxiliarles, de ponernos a disposición para hacerles la vida cuando menos más fácil. Generalmente llegan desnutridos, hambrientos de paz y tiritando de miedo, a la espera de un abrazo que les de fuerza para olvidarse del desconcierto vivido. Son víctimas de tantas crueldades que una mirada de consuelo les alienta como el mejor manjar.

Vienen de una larga e intensa lucha, con casi ninguna pertenencia, implorando comprensión y tolerancia. Están hartos de tantas hostilidades. Para ellos, somos la esperanza y también el temor a no ser comprendidos. En cualquier caso, no le trunquemos el sueño de preservar su libertad para sobrevivir, rehaciendo su vida destruida, alejada de su entorno o retornando a él.

La historia de cada desplazado es distinta, pero a todos les une un mismo afán, superar la adversidad y construir un futuro más digno. Verdaderamente son personas cargadas de valor, crecidas de valentía, con un tesón y una templanza admirables.

Saben que el mundo no es destrucción, que la victoria más dura es la dominio sobre uno mismo, y se mueven deseosos de reencontrar un hábitat propicio para reiniciar una nueva aventura, que eso en parte también es vida. A pesar de tener muchas veces casi todo en su contra, los desplazados suelen conquistar el propio recelo para levantar vuelo tras las caídas. Tiene mérito no dejarse vencer y aspirar a renovados compartimentos de luz después de tantas noches.

Al fin somos vida y deseamos vivir como sea, como la mañana o el atardecer, como el futuro de un niño que todavía no ha nacido, o como los amantes que se dejan abrazar al cobijo de la luna. Naturalmente, nadie puede ignorar la presencia del que vive, más si es un ser humano sabiendo que consigo se revive el alma por muy enlutadas que las atmósferas crezcan.

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