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Fábrica de mediocres

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El silencio es el medio para poner todas las fuerzas
de nuestra alma a la escucha del espíritu.
-Isaac Totorika, cisterciense-
 
         Una mañana temprano cogí un autobús medio vacío; delante mío se sentó un joven con auriculares que despedían una música que yo podía oír perfectamente. Balanceaba la cabeza al ritmo de la estrepitosa música. Nos llenó a todos de su ruido, pero él se aisló con su estruendosa barrera musical, del resto de los pasajeros.
        
         ¿Qué efectos físicos y morales se pueden producir en una persona que se llena, habitualmente, de sonidos martillantes?
 
         Una posible respuesta nos la da Mario Pomilio, escritor, periodista y político italiano (1921-1990): Hoy hemos perdido el hábito del silencio, porque tenemos miedo de enfrentarnos a la verdad. Así no podemos crecer: estamos condenados a la mediocridad.
 
         Con sonidos golpeantes castigando sistemáticamente el cerebro, éste acaba por encallecerse, embotarse y dificultar, cuando no impedir, el nacimiento de cualquier pensamiento que quiera aflorar.
 
         Algo así como si pisoteamos durante mucho tiempo un terreno hasta endurecer la superficie; es muy difícil que ahí pueda surgir una planta.
 
         Sin un buen baño de silencio sereno y creativo, la verdad se ofusca y se disuelve, la conciencia queda sorda e inerte y el corazón, arrítmico, pierde su latido de amor.
 
         Decía, Paul Masson, que con la palabra, el hombre supera a los animales, pero con el silencio se supera a sí mismo. Es un hábito muy saludable detenernos, al menos  algunos minutos, en el oasis del silencio antes, durante y después  de lanzarnos al estrépito de la ciudad.
 
         Si no lo hacemos habitualmente así, caeremos en las redes de la mediocridad que tenderá a silenciar nuestra conciencia con ruidos, prisas y estrépitos que nos llevarán a esa existencia gris que se nutre de la cháchara, se entrega al mariposeo de las modas y se aleja de la verdad; esa  verdad que se nutre del esfuerzo serio, silencioso y exigente.
 
         Pero, entiéndaseme bien, no estoy hablando del silencio comodón y cobarde que se calla cuando debe hablar; estoy hablando de ese silencio elocuente que nos llena de energía para hacernos oír, cuando haga falta, incluso por aquellos que se taponan los oídos (y las conciencias) con música estruendosa.
 
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