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Cardenal Blázquez: «Matar en nombre de Dios es profanarlo»

Arif Ali - AFP

SIC - publicado el 11/06/15

La fe en Dios es una respuesta consciente y libre del hombre

El martirio de cristianos ha vuelto a ser, en nuestros días, tan numeroso o más que en los primeros siglos de la Iglesia dentro del Imperio romano. Ahora procede la persecución del fundamentalismo extremista musulmán, llamado Yihadismo, que debe distinguirse bien del Islam moderado, extendido por varios países de Asia y de África. En ocasiones ha sido grabada la cruel ejecución para convertirla en espectáculo horrendo y para aterrorizar a los espectadores.

La dureza de la persecución ha herido no sólo a cristianos de las diversas confesiones sino también a fieles de otras religiones. Defendiendo a todos ha levantado el Papa su voz y les ha mostrado su proximidad en la oración, con el afecto, el apoyo social y económico. Nos adherimos al Papa en todas estas manifestaciones. La solidaridad humana, la fraternidad cristiana y la condición de creyentes nos une a todos para exigir respeto a la dignidad humana y a la libertad religiosa.

El Concilio Vaticano II ha sido para nosotros católicos providencial, también en este aspecto que ahora tratamos; fieles del Islam han reconocido este servicio que nosotros hemos recibido, y han echado de menos algo semejante en su religión.

Recordamos ahora  la Declaración conciliar Dignitatis humanae, aprobada el día 7 de diciembre de 1965. Las siguientes palabras pertenecen a este documento: “Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres deben estar libres de coacción, tanto por parte de las personas particulares como de los grupos sociales y de cualquier poder humano, de modo que en materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella, pública o privadamente, solo a asociado con otros, dentro de los debidos límites” (nº 2).

Este derecho está fundado en la dignidad de la persona humana. La fe en Dios es una respuesta consciente y libre del hombre; sería contradictorio con ella pretender forzar a creer o a no creer. La fe es un sí personal, que nadie puede forzar ni impedir. Debemos reconocer que en este punto ha existido a lo largo de la historia una maduración de la conciencia de los hombres y de las condiciones sociales y culturales de la fe.

Nuestras sociedades son plurales, también en el orden religioso; por lo cual deben ser respetados los ciudadanos en sus opciones de fe. El Estado es aconfesional, es decir no es católico ni ateo, pero los ciudadanos serán lo que en conciencia deseen ser. Debemos convivir todos con respeto y en un marco de libertad. El ideal no es la reducción de la fe a la privacidad, sino regularla.

Las minorías deben ser respetadas, pero puede haber razones históricas y culturales que hacen que una confesión cristiana o una religión sea mayoritaria, sin imposiciones sino en convivencia respetuosa. La forma adulta de convivir personas diferentes en lo religioso no es la ocultación o un común denominador arreligioso o la privacidad, sino el respeto a las personas en todas sus dimensiones civiles, religiosas, en privado y en público. El ejercicio de todos los derechos humanos debe estar garantizado en la sociedad.

Pedimos a todos que nunca utilicemos el nombre de Dios para perseguir e incluso asesinar a personas de otra religión. Matar en nombre de Dios es profanarlo y pervertir el sentido de su reconocimiento, que nos pide unir la adoración de su Nombre y el servicio a los demás. Es terrible que a unas personas y familias se las sitúa forzadamente y sin escapatoria ante las alternativas siguientes: O creéis y hacéis lo que os mandamos, o salís de vuestra tierra, de vuestra casa y de vuestro pueblo, que ha sido vuestra patria desde tiempo inmemorial o inmediatamente os asesinamos. Y así han tenido que huir muchos miles de hombres y mujeres, de niños y ancianos, de familias enteras. El Papa ha clamado: Es necesario detener este furor y frenar a estos agresores.

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Tags:
cristianismopersecucion
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