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¿Tienes a punto la palabra adecuada para cada momento del día?

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Felipe Aquino - publicado el 09/06/15

Palabras de gratitud

La persona que recibe reconocimiento, gratitud, queda con buena disposición, y es más fácil que en ella se despierten deseos de ser mejor.

Nosotros no debemos ir tras el reconocimiento y la recompensa cuando cumplimos nuestro deber o hacemos el bien, como enseña Jesús (cf. Mt 6,1). Pero el amor debe llevarnos a agradecer todo bien que recibimos de Dios y de los demás. Jesús se quedó triste cuando se dio cuenta que, de los diez leprosos que curó, sólo uno volvió para darle las gracias (Lc 17,17-18).

“Gracias – dice Chevrot – es una palabra alegre, es la palabra mágica que introduce en el hogar la delicadeza, el buen orden y la serenidad” (Las pequeñas virtudes del hogar).

Palabras dignas

A veces, parece que el lenguaje, en los distintos ambientes, se está deteriorando deprisa, no sólo por la pobreza gramatical, sino sobretodo por la admisión masiva de la grosería y el lenguaje soez. Es como si muchos encontraran bonita la cultura de la pocilga y el burdel.

Todos estamos de acuerdo que las palabras atentas y delicadas – sin artificio ni barroquismo – crean un clima amable y dan alegría a la convivencia. Cuando las palabras caen en la bajeza, también se deteriora el trato mutuo o el sentido moral y la fineza de la conciencia.

Negativas amables

Hay personas que no saben decir “no”, y de esta manera complican su vida y la ajena. Porque a veces es necesario decir “no”. Además de la fuerte negativa frente a lo que ofende a Dios y mancha la conciencia, existen otras negativas necesarias en relación a cosas buenas en sí mismas, pero que – teniendo en cuenta el tiempo y las circunstancias del momento – pueden causar un desorden, un abandono del deber o un prejuicio a otros.

Es el caso, por ejemplo, de invitaciones o compromisos – incluso relativos a materias buenas y hasta religiosas – que, de aceptarse, impedirían el debido cumplimiento de deberes familiares o profesionales importantes. Es significativo un viejo refrán hispano: “la mujer que, por la iglesia, deja el puchero quemar, tiene la mitad de ángel, de diablo la otra mitad”. Está claro que eso no puede ser excusa para huir de las tareas apostólicas o caritativas que, si tuviéramos más orden y espíritu de sacrificio, serían perfectamente compatibles con los demás deberes.

Lo importante es saber decir “no” de manera amable. Me acuerdo del caso de aquel padre octogenario, amigo mío, que cuando una persona quería confesarse a la hora exacta en que ya se encaminaba revestido al altar para celebrar misa, no respondió ásperamente. Sonrió y en tono afectuoso le dijo: “Claro, con todo gusto. Mire, ahorita estoy yendo a celebrar misa, pero luego, al terminar, la atiendo con todo gusto en el confesionario de al lado”.

Palabras que llevan a Dios

Son las más “amables”, desde que no se trate de un “sermón” inoportuno. Serán buenas y amables si brotan de un afecto conocido y sentido por la persona que oye, si son dichas en el momento oportuno y no intempestivamente, y aún si corresponden a un ejemplo personal que cautiva. Entonces, sí, es inmensamente amable buscar despertar en los demás – en confidencia, a solas – la sed de Dios, el deseo de conocer su Palabra, el propósito de orar, de leer un libro de formación cristiana, de participar en la misa y en un grupo de espiritualidad, de buscar una guía espiritual, etc.

Palabras sin voz

No me estoy refiriendo a los e-mails, WhatsApps, “mensajes de texto” o cartas, que al final son palabras escritas. Me refiero a otro tipo de lenguaje. Cuántas cosas pueden ser dichas con la expresión facial, con una mirada, una sonrisa, un gesto.

Todas esas formas de comunicarnos, muy vivas, son un arma de doble filo. Pueden “decir” cosas horribles (de odio, desprecio, asco, repudio) o cosas amables (de amor, de pena, de serenidad, etc.).

Vale la pena pensar en una de esas formas de lenguaje sin palabras, que en la opinión de los extranjeros que nos visitan, es característicamente brasileña gracias a Dios; la sonrisa abierta. Pido a Dios que nuestro pueblo no pierda ninguna, a pesar de que no faltan los que quieren promover un ideología y prácticamente el odio, la discordia y las luchas entre hermanos.

Acuérdate siempre de lo que decía, y practicaba, un santo de nuestros tiempos – San Josemaría – que, por cierto, quedó cautivado por nuestro país (no es orgullo, es verdad): “No te olvides que a veces nos hace falta tener al lado caras sonrientes” (Surco, n.57).

¿Qué mirada amable, qué sonrisa, qué gesto de bondad reciben de ti las personas con las que te topas cada día?

(Extracto del libro: “Volver la vida amable”, de Francisco Faus)

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Tags:
comunicacionrelaciones amorosasvalores
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