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¿Tienes a punto la palabra adecuada para cada momento del día?

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Echa un vistazo al “muestrario de palabras amables” para todas las ocasiones

Vamos a empezar esta meditación con dos frases de la Biblia. Una es del Antiguo Testamento, del libro de los Proverbios: “Los labios del justo apacientan a muchos” (Pr 10,21). La otra, del Nuevo Testamento, es un consejo de San Pablo a los colosenses: “Que vuestra conversación sea siempre amena, sazonada con sal, sabiendo responder a cada cual como conviene” (Col 4,6).

Todos los días decimos palabras, más o menos. Todos los días nos comunicamos, por lo menos un poco, con otros. ¿Qué les aportan nuestras conversaciones? ¿Miel o hiel?

Estamos meditando sobre “volver la vida amable”. Vamos a pensar aquí qué hacer para que nuestras palabras lleven al prójimo más miel que hiel, y correspondan a lo que dice el libro de los Proverbios: “Palabras suaves, panal de miel: dulces al alma, saludables al cuerpo” (Pr 16,24).

Veamos varios tipos de “buenas palabras”, que transmiten vida, ayuda y alegría a los demás.

Muestrario de palabras amables

Palabras de interés

Nuestras palabras siempre muestran el corazón. Como decía Jesús, “de lo que rebosa el corazón habla su boca” (Lc 6,45). Si valoramos a los demás, si – como cristianos que desean vivir de amor – queremos bien a los demás, eso se notará:

– En el modo de saludarlos, no formal, ni con una sonrisa forzada, sino con la mirada y los gestos afectuosos e interesados.

– En lo que les preguntamos, pues eso manifiesta que sus cosas nos interesan: familia, trabajo, salud, etc.

– En el respeto con que escuchamos atentamente sus opiniones, incluso cuando difieran de las nuestras.

– En el acompañamiento frecuente de situaciones difíciles y dolorosas, manifestando interés sobre el modo como evolucionan, y ofreciendo oraciones y la ayuda correspondiente.

Palabras de afecto

Palabras afectuosas dichas sin exagerar, con sincera naturalidad, sin gestos exagerados y con amor. Siempre me acordaré de las lágrimas de una mujer que sintió que se le partía el corazón el día en que su marido, después de muchos años, comentó a saludarla fríamente, sin el diminutivo cariñoso que antes era habitual.

Convéncete que no existe ninguna situación agradable o conmovedora, en que no podamos abrir al buen tesoro del corazón (Lc 6,45) una palabra amable, reconfortante y constructiva.

Palabras de disculpa

¿Puede haber cariño más auténtico que pedir perdón con una sinceridad conmovedora? En la vida, no sólo la educación, sino el corazón, debería movernos a pedir disculpas – sin comedias ni dramas – por cada uno de nuestros errores, olvidos y faltas de delicadeza.

“Disculpa, por favor, me olvidé”, “Dije lo que no debía”, “Lo siento mucho”, “Fue error mío”, etc.

Palabras de estímulo

Qué falta nos hacen. Muchas personas que se quieren bien no entienden cuando un hijo, o marido o mujer, un colega, un empleado, necesitan de una palabra de ánimo, de incentivo. No una frase hecha, sino un verdadero estímulo que, al provenir del corazón, llegará al otro corazón.

Imagina cómo debe haber reaccionado la mujer adúltera, a punto de ser apedreada – porque decían: “Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres” (Jn 8,5) -, cuando Jesús ahuyentó a quienes tenían las piedras en las manos, y le dijo, mirándola con confianza: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”(Jn 8,11), confío en que de ahora en adelante vivirás honestamente.

¿Y Zaqueo? Aquél publicano poco honesto, despreciado, que inesperadamente ve a Jesús que se dirige hacia él, al verlo encaramado en un sicomoro, una especie de higuera, le dijo (para escándalo de los “fariseos”): “Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa” (Lc 19,5). Esa confianza de Jesús hizo que Zaqueo se convirtiera y cambiara de vida.

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