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¿Qué relación hay entre Dios y el sexo?

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Pareja
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Por qué la Iglesia pide esperar hasta el matrimonio

La sexualidad humana es un don mucho más precioso que un disfrute o un mecanismo de procreación; es el lugar de expresión de un amor al otro que, por la unión de los cuerpos, se conforma al amor de Dios en su unión íntima con el hombre. Por eso encuentra su pleno cumplimiento ordenándolo a Él en el sacramento del matrimonio.

Hoy la sexualidad es ampliamente descrita y expuesta, desde todos los ángulos, desde su presentación fisiológica –e incluso ahora social- a los niños en la escuela, a su utilización erótico-mercantil en el marketing y los medios de comunicación.

Sin embargo, la sexualidad es algo muy diferente a un medio técnico de satisfacción de deseos y consumación de placeres entre personas que lo consienten.

El cuerpo humano tiene un significado que le es propio: el de una íntima relación con Dios. Se puede decir que ha sido creado para la encarnación del Verbo, como lugar de la unión de las naturalezas humana y divina.

San Pablo prevenía a los habitantes de Corintio contra la perversión diciéndoles: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios y que no os pretenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo”.

Pero más aún que el mismo cuerpo, la unión de los cuerpos de los esposos lleva una significación muy alta respecto a la relación del hombre con Dios.

La vocación del hombre y de la mujer de ser una sola carne (Gn 2, 24; Mt 19,5 ; Mc 10,8) está inscrita en el principio mismo del hombre.

En el Antiguo Testamento, esta unión es empleada a menudo como imagen del amor entre Dios y su pueblo. En la Nueva Alianza, podemos decir que encarna la unión de Cristo y de su Iglesia.

La unión de los cuerpos es por tanto una alta expresión del amor, porque conforma la relación de pareja al amor divino y, bajo el modo sacramental, encarna realmente este amor. Por eso para los bautizados la unión carnal sólo tiene sentido en el marco del sacramento del matrimonio.

Esta vocación a ser una sola carne, realizada en la unión carnal de los esposos, comunica su gracia librando al hombre de su incapacidad de darse, purificando su relación con el otro de las relaciones de dominio y de lujuria heredadas del pecado original.

Por medio de Cristo, en el matrimonio, el amor de los hombres puede de nuevo acoger el amor de Dios y conformarse a él.

Ciertamente, no es necesario casarse para empezar a amarse verdaderamente. Pero este amor compartido sólo encuentra su cumplimiento reconociéndolo como recibido de Dios y consagrado a cambio a Él.

Este es el sentido del sacramento del matrimonio, que, más aún que el hecho de transmitir la vida, da su sentido y su verdadera razón de ser a la unión carnal.

El significado de la unión carnal está inscrito en el hombre desde los orígenes y no está ligado a una época concreta.

La Iglesia, que quiere elevar a sus hijos hacia el Padre, no dondena a las personas sino que transmite lo que ha recibido de la Revelación, para que, dejándose enseñar por ella, los novios y después los esposos puedan vivir un amor más auténticamente orientado a Dios.

A veces se oye decir que la Iglesia, y en particular el clero, no saben nada y no pueden conocer nada en materia de sexualidad. Algunos dicen también que la Iglesia no debería interferir en lo que pasa en el lecho conyugal.

Sin embargo, inspirada por el Espíritu en sus enseñanzas, “experta en humanidad” (Pablo VI), acompañando a las parejas antes y durante el matrimonio, en toda su diversidad, y porque la Iglesia incluye también a las personas casadas, se puede decir que es realmente competente en la materia.

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