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​Vivir compitiendo, ¡qué cansancio!

© Carlos Padilla

Piedras

Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/06/15

Qué precioso tantas personas que aman anónimamente, en silencio, sin darse importancia, no compiten, no se comparan

Me gustan las piedras de la iglesia de la adoración de Schoenstatt en Alemania. Una iglesia inmensa, como un castillo, construida con piedras todas distintas. Son piedras que se elevan hacia lo alto.

Son muros firmes que se aventuran en el cielo. Piedras distintas, cada una original, representando la pluralidad de los hombres, su diversidad. Piedras formando un mismo edificio, un mismo templo sagrado.

Las de abajo sostienen a las de arriba. Las de arriba miran mejor el cielo. No son mejores unas que otras. Como nosotros. Pero cada una tiene un lugar, un espacio, una misión. Yo creo en Dios que mira esas piedras y las ama.

Porque así nos mira a nosotros, todos distintos, y nos ama. Sabemos que el cielo está lleno de estrellas de muchos colores y formas. Todas únicas, todas amadas.

Todas las piedras de esta iglesia tienen un lugar. Todas importan. Si falta una no es lo mismo. Cada piedra tiene un valor. No importan los ángulos, ni el aspecto gris, taciturno, cansado, de cada piedra. No importa su aspereza, tampoco su dureza.

Para Dios todos somos iguales. No le importan los títulos, ni los logros, ni los méritos adquiridos por los años. Se ríe cuando competimos los unos contra los otros buscando nuestro lugar. Cuando nos creemos mejores que otros y los criticamos, para que parezcan más pequeños.

Las piedras de la Iglesia no pueden entrar en competición, todo se caería. Conozco a personas que viven compitiendo, buscando de forma desesperada un lugar en el que sentirse bien. Pero no lo encuentran. Siempre miran el jardín de enfrente y les gusta más. Y nunca están contentas con la vida que les toca vivir.

Me sorprende que compitan tanto, que sufran tanto, que se llene su corazón de amargura. Puedo llegar a entender que no valoren sus logros, o que no se vean tan valiosos como los ve Dios. Eso lo entiendo porque es fácil no ver las cosas como las ve Dios. Nuestra mirada es distinta, no es tan pura como la suya.

Pero vivir compitiendo siempre me sorprende. ¡Qué cansancio! Viven y se definen en relación a otros. Como si su valor dependiera de los otros. Se comparan y critican. Juzgan y se sienten en lucha.

Si alguien a su lado brilla más, piensan que ellos, por lógica, brillarán menos. Si alguien a su lado fracasa, ellos, como consecuencia, creen que triunfan. Es el absurdo de las comparaciones que no llevan a nada, que nos confunden, que nos llenan de rabia o rencor.

Decía san Benito: “Así como hay un celo malo, lleno de amargura, que separa de Dios, así también hay un celo bueno, que separa de los vicios y lleva a Dios. Éste es el celo que han de practicar con ferviente amor los monjes, estimando a los demás más que a uno mismo; soporten con una paciencia sin límites sus debilidades, tanto corporales como espirituales; pongan todo su empeño en obedecerse los unos a los otros”.

Un amor así se parece al que Dios nos tiene. Un amor que admira al prójimo, lo pone por delante y lo valora más que a uno mismo.

Por eso me gustan tanto esas piedras distintas que vuelan hasta el cielo en esta iglesia. No luchan entre sí. Se ayudan unas a otras para poder levantar al cielo ese castillo de Dios.

También el otro día vi algunas piedras más ocultas. Me sorprendieron. Nunca antes me había fijado. En la pared que sostiene una cruz inmensa en la que está incrustado el sagrario de la iglesia, hay unas piedras que permanecen ocultas.

Esa pared no es como cualquier pared. No es recta, uniforme. En la parte donde está el sagrario, las piedras están como hundidas, formando una cueva. En esa cueva hecha en la pared, parece que cabe Jesús.

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