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La maternidad te hace guapa

© SHUTTERSTOCK
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La positividad del embarazo demostrada por la medicina

La alegría incomparable que da el nacimiento de un hijo, como puede intuirse, escapa a cualquier medida y sobrepasa cualquier parámetro: se puede constatar en su belleza y espontaneidad, en su continuo diseño sobre el rostro de mujeres que, en la alteridad que generan, se realizan plenamente a ellas mismas.

Incluso en Una donna, uno de los primeros libros feministas publicados en Italia, Sibilla Aleramo (1876-1960), escritora que desde muy joven padeció los dolores de una violación y un aborto espontáneo, no cree que estas palabras describan la emoción –universal y tan siquiera descifrable completamente, por su amplitud– de un embarazo llevado a término:

“Cuando (…) puse por primera vez los labios sobre la cabeza de mi hijo, me pareció que la vida por primera vez asumiera ante mis ojos un aspecto celestial, que la bondad entrara en mí, como si me volviera un átomo en el infinito, un átomo feliz, incapaz de pensar y hablar, libre del pasado y el futuro, abandonado en el Misterio luminoso” (Una donna, Feltrinelli, Milán 1978, p.81).

Que las magníficas pinceladas en las palabras que esta gran escritora y poeta nos ofrece narrando la maternidad no nos lleven sin embargo a considerar que –aunque la alegría que este evento regala a una mujer, como decíamos, no se puede cuantificar– la búsqueda científica nada nos pueda decir sobre los beneficios que el nacimiento de un hijo lleva consigo.

Al contrario. Ha salido recientemente, por dar un ejemplo, la publicación de un interesante estudio de la Hadassah Medical School de Jerusalén según la cual el embarazo tendería a rejuvenecer, por decir así, a la mamá; esto es porque se trata de una condición única para el cuerpo humano, que establece compartir un sistema único para la circulación de la sangre.

Esencialmente es como si el hijo en el vientre, con su propio desarrollo, inyectase en la sangre materna una pizca de juventud, disminuyendo particularmente el proceso de envejecimiento y favoreciendo el mantenimiento de los tejidos y la capacidad de los músculos de las madres de regenerarse (Fertility and Sterility, 2015).

Aunque sorprenda, no se trata de la primera evidencia científica en absoluto del bienestar que conlleva el embarazo: un estudio anterior, realizado en veintiún mil parejas, decía que no tener hijos estaba relacionado con el aumento de las probabilidades de muerte prematura debida a tumores, enfermedades cardiovasculares o incidentes dobles para hombres y además cuatro veces para las mujeres: los mismos padres que adoptan se encuentran en tasas medias más bajas registradas de problemas psiquiátricos (Journal of Epidemiology Community Health, 2013).

Ahora bien, es realmente cierto que dichos resultados derivan de la monitorización de parejas que esperaban un hijo a través de la fecundación in vitro, y que, por lo tanto, podían tener respecto a la llegada de un hijo una mayor expectativa y al no producirse el nacimiento una desilusión igualmente fuerte.

Sin embargo, no pueden ser ignorados ya que también están en línea con los beneficios verificados en la salud por tener hijos, en particular para las mujeres (Annals of Behavioral Medicine, 2009), incluidas aquella que tienen más de uno (Fertility and Sterility, 2012).

La positividad del embarazo es tal que se registra incluso cuando es inesperado o indeseado: de una cuidadosa revisión de estudios publicada sobre el tema se ha advertido cómo, confrontada con las consecuencias de la “alternativa” constituida por el aborto voluntario, el embarazo llevado a término aunque no deseado –más allá de ser un aspecto relevante o decisivo de la supervivencia del hijo concebido– resulta la mejor opción para la tutela de la salud materna (Psychiatry and Clinical Neurosciences, 2013).

Lo que los investigadores de la Hadassah Medical School de Jerusalén han sostenido y recordado hace poco puede sorprender solamente a aquellos que aún se obstinan en cerrar los ojos frente a la maravilla de una nueva vida, evento que no enriquece sólo humana y demográficamente, sino también en términos de salud.

Porque la belleza de la vida es tal –aunque pueda parecer banal subrayarlo– que se contagia, se transmite incluso a quien ya llegó al mundo desde hace tiempo. Y sólo si se abandona en el “Misterio luminoso” del Amor se puede entender profundamente cómo es que sucede esto.

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