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¿Nuestra misión más importante? El amor libre

<a href="http://www.shutterstock.com/pic.mhtml?id=84989578&amp;src=id" target="_blank" />Young boy jumping into lake</a> © Monkey Business Images / Shutterstock

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 02/06/15

Hay que conocer lo que los otros necesitan antes de proponerles lo que tenemos

Jesús nos invita a salir de nosotros mismos, a descentrarnos, a ponernos en camino. Nos pide que no miremos tanto nuestro interés. Nos llama a buscar lo que los otros necesitan.

La misión nos espera: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

El egoísmo y la comodidad nos limitan, nos atan y nos hacen inútiles para la misión. Nos impiden dejar todo lo que nos ata y salir. Necesitamos una Iglesia en salida. Una Iglesia que no se acomode esperando a que vengan ella sino que salga a anunciar el Evangelio. La misión es salir.

El Espíritu Santo nos invita a ponernos en camino. A dejar mi amor egoísta y transformarlo en un amor que se entrega sin límites, como el de Jesús. Vivir así es vivir en misión.

la misión más importante que tenemos es aprender a amar bien. Por el amor nos conocerán. Ni siquiera por nuestras grandes obras, ni por nuestras palabras que el viento se lleva. Lo que quedará al final de nuestra vida es el amor.

Es lo que no pasa, lo que no muere. El cómo hemos vivido, más que lo que hemos vivido. Podemos vivir idénticas circunstancias de vida, pero lo que marca la diferencia es cómo las vivimos. Amando de verdad, con todo el alma o encerrándonos en nuestro egoísmo.

Parece sencillo y no lo es en el fondo. Amar de verdad, con todo nuestro ser, renunciando, es un camino para toda la vida. ¿A qué somos capaces de renunciar por amor?

¿Qué posponemos en nuestras prioridades para que se haga realidad lo que otros desean? ¿Cómo dejo de lado mi orgullo para aceptar al otro en sus planes, en sus deseos?

La renuncia por amor siempre es fecunda. Esa renuncia por la cual Jesús me promete el ciento por uno ya aquí en la tierra.

Le hemos pedido al Espíritu Santo también en estos días que nos haga más libres, menos rígidos, más abiertos a la vida. Y todo porque la vida es flexible. No es rígida, es abierta.

Pero a veces nos gustan mucho más los cauces y las estructuras. Porque nos dan seguridad y nos permite saber a qué atenernos en cada paso.

Nos gusta formular y establecer, sacar teorías, establecer límites. Dejar por escrito los sueños, para que no se mueran, para que no pierdan la fuerza que tienen. Lo justificamos así todo. Queremos tenerlo todo controlado, atado y bien atado. Aunque luego la estructura puede matar la vida. O puede evitar que crezca.

Esa Iglesia de Pentecostés, esa Iglesia en salida de la que nos habla el Papa Francisco, tenía poca estructura y mucha vida. A veces nos puede asustar que haya pocas normas, pocos papeles claros, pocas certezas claramente determinadas.

Los cauces ponen límites y nos permiten saber a qué atenernos en cada caso. Nos permiten juzgar la realidad y adaptarla al plan trazado. Pero luego no todo es tan fácil.

Pasa como en las familias. La vida en familia suele tener mucha vida y pocas formas. Y si tiene muchas normas, demasiadas, pierde el aroma del hogar. En el que la magnanimidad, el alma grande y su generosidad, son la norma fundamental.

El Padre José Kentenich utilizaba una expresión que guardamos como un tesoro: “Vínculos obligatorios, sólo los necesarios. Libertad, toda la que sea posible y un máximo cultivo del espíritu”.

Normas sí, pero mínimas, sólo las necesarias. Pero hay que tener algunas fundamentales que nos centren. Aquellas que nos hacen falta para que no se muera la vida, para que no se pierda, para que no se desparrame. ¿Cuántas? ¿En qué casos?

A veces las personas ven la religión como un conjunto de normas, no como una vida, como un encuentro personal con Dios. ¡Qué difícil vivir así la vida! Por eso no podemos tener demasiadas normas y límites, porque 

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