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Oración para pedir ser liberado del egoísmo

Amanda-Tipton-CC

Aleteia Team - publicado el 01/06/15

"Yo no soy héroe, estoy tan lejos... sueño con mi vida en tus manos…”

La semana pasada imploramos la llegada del Espíritu Santo a nuestras vidas. Es el Espíritu que nos cambia el corazón y la forma de mirar. El Espíritu Santo nos hace más flexibles. Ensancha el alma para capacitarnos para el amor.

Felipe Neri cuenta esa experiencia profunda de Dios en su vida. En Pentecostés de 1544 vio venir del cielo un globo de fuego que penetró en su boca y se dilató en su pecho. El santo se sintió poseído por un amor de Dios enorme.

Cuando recuperó plenamente la conciencia, descubrió que su pecho estaba hinchado. A partir de entonces, Felipe experimentaba tales accesos de amor de Dios, que todo su cuerpo se estremecía. Especialmente cuando celebraba misa, confesaba o predicaba.

Tras su muerte se descubrió que tenía dos costillas rotas y que éstas se habían arqueado para dejar más sitio al corazón. El Espíritu cambió su alma, su corazón, su vida. Le enseñó a amar a Dios y a los hombres.

Quisiéramos nosotros que el Espíritu viniera de una forma semejante. No pedimos que nos rompa las costillas para que nos quepa un corazón más grande. Pero sí queremos aprender a amar de verdad.

Decía el Padre José Kentenich: “Existen millones de hombres que no han aprendido amar de corazón a otra persona. Dicen, amamos a Dios, pero no es cierto. ¿A quién han amado? A una idea. Esto es una tragedia. Tenemos que aprender a amar a los hombres. No amo a una persona concreta, sino que, en esa persona amo a Dios. Tengo que tener presente la relación de esa persona con Cristo”[1].

Amar a los hombres en Dios. Amar a Dios en los hombres. Amarlo con el amor que Dios me regala. Se lo pedimos al Espíritu Santo. Que penetre nuestra vida y nos cambie la forma de amar, de entregarnos. Un corazón capaz de vincularse de verdad, desde las mismas entrañas.

¿Cómo amo yo? ¿Cómo es la calidez de mi amor a los hombres y a Dios? Me gustaría tener un corazón grande, misericordioso. Una persona rezaba:

Soy un niño torpe y egoísta. Pero es verdad que tiemblo a tu lado, Jesús. ¡Cuídame! Cuida mi vida para que sea fecunda en tus manos. Sabes que sueño cosas grandes. Gracias por tu Espíritu que me invade. Que me enamora. Quiero tocar las estrellas torpemente.

Gracias por quererme tanto. Yo no soy héroe. Estoy tan lejos. Sueño con mi vida en tus manos. Con mi vida que es tan pequeña. Quiero tocar el infinito. Acariciar tu rostro. Amanecer mil días. Descifrar lo oculto entre las sombras. Anochecer despacio.

Sonreír en la tormenta. Levantar los brazos orando. Sentir el frío en mi alma. Y convertir en calor la nieve. Vestirme cuando voy desnudo. Sentir todo lo que siento. Apasionarme y sufrir. Alegrarme con gritos de júbilo. Tocar y mirar. Llorar con dolor y de alegría.

Conmovido por la vida que me vive. Anunciar el fuego que enciende el alma. Mantenerlo encendido. Aprender a hablar con pocas palabras. Sonreír a cada rato. Velar con el que sufre. Reír con el que ríe. Lograr metas. Aceptar fracasos. Vivir cada día como el último.

Adorarte Jesús en cada hora. Hundirme en el pozo de mi alma. Sacar agua. Tocar la hondura. Reír y llorar. Saber que no todo importa. Que sólo importa lo que de verdad importa. Temblar y dudar. No tenerlo todo claro. Tampoco todas las respuestas. Sólo algunas.

Esconderme en tu herida. Aprender a caminar de nuevo. Guardar silencio cada día. Hablar de cosas bonitas. Saber sufrir y compartir la vida. Hollar caminos ya hollados. Caminar por sendas nuevas. Confiar. Aún cuando nadie confíe. Alegrarme con la vida que Dios me da. Saber tirar del alma de los hombres. Lentamente. Con prudencia”. 

Me gusta esa oración. Esa súplica del alma. Así queremos vivir en la fuerza del Espíritu. Con su fuego puede cambiar nuestra mirada y nuestra forma de amar. Puede enamorarnos más de la vida y puede hacernos soñar más alto.

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almaoración
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