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El futuro de la religión en el siglo XXI está… ¿fuera del cristianismo?

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Miguel Pastorino - publicado el 01/06/15

La “emoción” ocupa un lugar no sólo importante, sino excepcional en la vida de muchos de nuestros contemporáneos, los cuales dedican muchas energías a una afanosa búsqueda –en algunos casos enfermiza- de novedades y experiencias fuertes, dando lugar a lo que se ha llamado “sociedad de la vivencia”.

Solo vale lo que se experimenta

Si no hay un acercamiento emocional a la religión, esta es considerada inútil. La autoridad espiritual no viene de las convicciones o la investidura, sino de la experiencia vivida. Sin una percepción sentimental de lo sagrado, éste no existe o no se le concede credibilidad. Los que nos dedicamos a la apologética, normalmente convencemos a los ya convencidos. Pero las razones, silogismos y cuestionamientos doctrinales, nada le afectan a quién vive la religión con otros códigos. El nuevo lenguaje de la religiosidad postmoderna no es la especulación doctrinal, sino la vivencia interior, personal e irrepetible. El nuevo homo religiosus está más atento a la experiencia que siente, en cómo se siente e imagina, que en el modo en que se piensa o justifica racionalmente.

La fragmentación postmoderna nos trae un tipo de religiosidad sin identidad institucional, donde conviven las doctrinas más dispares entre sí, con los ojos puestos en la eficacia. Se busca afanosamente la armonía interior y una gratificación instantánea e inmediata, facilitando el desarrollo del pensamiento mágico y el sincretismo constante.

En este contexto, la experiencia religiosa no aspira a ser un elemento configurador de la existencia, sino a «salvar el momento», siendo así una experiencia más de conocimiento interno (gnosis), que nos prepara para la próxima novedad.

Orientalismo, psicología y esoterismo

Las religiones orientales, especialmente el hinduísmo y el budismo, al igual que las tradiciones esotéricas y gnósticas, son más atractivas por su escasa estructuración y su énfasis en la interioridad y el misterio. Sus doctrinas parecen más flexibles, porque están teñidas de aspectos místicos y de profundización interior. Son más  respetuosas del misterio inefable, y favorecen la dimensión experiencial. Son ajenas a la burocratización y la juridificación tan fuertes en las Iglesias cristianas deudoras de la herencia grecorromana.

Por estas razones, el interés por la sabiduría oriental ha dado lugar a un consumo de doctrinas hinduístas y budistas a medias, en envase occidental, en clave de autoayuda y superación psicológica. Se las presenta como caminos para el bienestar personal, como si sus contenidos religiosos no fueran religión, sino ciencias alternativas, en un lenguaje pseudocientífico y pseudomístico.

Cristianofobia

Si la propuesta espiritual no es cristiana es recibida con mayor ingenuidad y simpatía, hasta en los medios de comunicación. En este contexto nos encontramos con un fuerte deseo de recuperar lo pagano precristiano.

En este clima alérgico al cristianismo surge un neognosticismo y un abanico de tendencias mágicas de diversa índole. Religiones precristianas, pseudociencias, esoterismo y tendencias herméticas van configurando una imagen eclipsada de Dios: “¡espiritualidad sí, pero no queremos ni Dios ni religiones!”

Están a la orden del día, como si fueran verdades eternas y comprobadas, las cartas astrales, la numerología, la quiromancia, el tarot, la teosofía y el espiritismo. El relativismo cultural ha logrado que en los medios de comunicación parezca más respetable y sabio un astrólogo que un teólogo, un curandero que un médico, un vidente que un filósofo, un chamán que un psiquiatra.

La respuesta cristiana en un cambio epocal

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diosdoctrina
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