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El futuro de la religión en el siglo XXI está… ¿fuera del cristianismo?

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Miguel Pastorino - publicado el 01/06/15

Las tendencias muestran el surgimiento de un nuevo perfil: el del "creyente sin religión"

Una confusión cada vez más extendida

Las recientes investigaciones sobre la práctica religiosa en el mundo, que lleva adelante Pew Research Center, revelan que la tendencia de mayor crecimiento en el mundo son los que «no pertenecen a ninguna religión» o «no afiliados». Lamentablemente se confunde el análisis cada vez que se interpreta esta categoría como «ateos » o «agnósticos», cuando en realidad los que aumentan son los creyentes sin pertenencia institucional a una religión o iglesia particular.

Lo que crece en el mundo son personas que no se sienten parte de ninguna religión, pero tienen profundas búsquedas espirituales y creencias religiosas, en su mayoría vehiculadas a través de la ideología del New Age. Aunque no sepan qué es esta nebulosa místico-esotérica  de la que hay incontables estudios, viven sumergidos en ella como algo natural y cotidiano. Desde hace más de veinte años muchos sociólogos de la religión advertían, que la avanzada secularización de algunos países suponía un abandono de las prácticas religiosas tradicionales, especialmente el catolicismo, pero no necesariamente un abandono de lo religioso.

Erróneamente se interpreta el descenso de práctica y compromiso con iglesias y religiones tradicionales, con un menor interés por lo religioso. Lo que sucede es exactamente lo contrario. La experiencia religiosa ha mutado notablemente y en esta metamorfosis de lo sagrado, nos encontramos con personas peregrinas que eligen en forma personal y subjetiva cómo vivir su vida espiritual, sin necesidad de mediaciones institucionales. Bastaría con observar el lugar que ocupan en las librerías los volúmenes de autoayuda, esoterismo, gnosticismo, gurúes, chamanes, espiritismo, espiritualidad oriental y autores cercanos al New Age y la religiosidad a la carta, para darse cuenta.

Habrá que repetirlo una y otra vez: no identificarse con una iglesia o religión no significa no ser religioso. Abandonar una iglesia o religión no es idéntico a dejar de creer en Dios o en realidades sobrenaturales.

Los ateos y agnósticos normalmente confiesan lo que son y no usan vagamente la expresión: «no tengo religión». Dicen sin problema: «soy ateo» o «soy agnóstico», «no creo en nada» y cosas por el estilo.

Lo que más crece: creyentes sin religión

Según los resultados del año 2010 de Research Center´s Religion and Public Life Project, los «creyentes sin religión» eran en Europa un 18%, en Asia, 21%, y en América Latina un 8%. Siendo esta categoría la que más crece en el mundo y parece transformarse en tendencia dominante para el futuro.

En el mundo los cristianos son el 31,4 %, los musulmanes el 23,2%, y los creyentes sin religión ascienden al 16,4 %. Estudios recientes en Estados Unidos, revelaron que los católicos en el 2007 representaban el 23,9 % de la población adulta y en el 2014 bajaron a 20,8 %. Al mismo tiempo los que «no se identifican con ninguna religión» pasaron del 16,1 % en el 2007 a un 22,8 % en 2014. Esta categoría es el grupo más numeroso dentro de los norteamericanos.

La única excepción son los evangélicos pentecostales, que por su religiosidad más acorde a la sensibilidad postmoderna, descienden menos en Estados Unidos y crecen mucho más en América Latina.

¿Qué es lo que ha sucedido con la religión?

Especialmente en los países occidentales y de manera particular en los más secularizados, las iglesias históricas se han amalgamado con la modernidad, volviendo su discurso más ético y social, abandonando expresiones y temáticas que remitan a lo sobrenatural o a la experiencia mística, dejando un evidente vacío espiritual. Muchos creyentes sienten que «les falta algo», cuando las iglesias históricas reducen la vida religiosa a prácticas sacramentales y a discursos racionales vaciados de misterio.  La nueva religiosidad en cambio, a su modo y en forma reductiva, ofrece vivencias subjetivas y experiencias sensibles para un neopagano sediento de mística y misterio. Los que se van de las Iglesias, no necesariamente se van al ateísmo, sino a una indiferente, intimista y vaga religiosidad neopagana.

En la crisis de la modernidad las instituciones y tradiciones se han vuelto sospechosas y se buscan «vías alternativas» en todos los campos, ya sea la medicina, la política o la religión.

Por otra parte, la mentalidad consumista ha colonizado espacios de la vida que no dependen del intercambio comercial. Se ha infiltrado en las relaciones familiares, en la política, en la religión, en la educación y en el tiempo libre. Y como bien expresa el filósofo Gilles Lipovetsky:

El hiperconsumidor ya no está solo deseoso de bienestar material: aparece como demandante exponencial de confort psíquico, de armonía interior y plenitud subjetiva y de ello dan fe el florecimiento de las técnicas derivadas del Desarrollo Personal y el éxito de las doctrinas orientales, las nuevas espiritualidades, las guías de la felicidad y la sabiduría. El materialismo de la primera sociedad de consumo ha pasado de moda: actualmente asistimos a la expansión del mercado del alma y su transformación, del equilibrio y la autoestima, mientras proliferan las farmacopeas de la felicidad. En una época en que el sufrimiento carece totalmente de sentido, en que se han agotado los grandes sistemas referenciales de la historia y la tradición, la cuestión de la felicidad interior vuelve a estar «sobre el tapete», convirtiéndose en un segmento comercial, en un objeto de marketing que el hiperconsumidor quiere tener a mano, sin esfuerzo, enseguida y por todos los medios. (La felicidad paradójica, 2006).

En una sociedad dominada por la mentalidad consumista, crece la religión «a la carta» y cada uno arma su propio menú espiritual, tomando de cada tradición religiosa, de la psicología y de las pseudociencias si es necesario, lo que mejor le venga a su necesidad de gratificación subjetiva. Se conforma de este modo una yuxtaposición de creencias, una múltiple pertenencia a diversos credos y prácticas religiosas, donde el sincretismo no es mala palabra, sino signo de apertura mental y libertad.

La religiosidad dominante

La idea de Dios sufre grandes transformaciones. La concepción dominante es la sembrada por las corrientes vinculadas al New Age y el gnosticismo moderno. No hay Dios, sino una divinidad impersonal, una fuerza cósmica, vaga y difusa, a veces confundida con el mismo universo.. Una divinidad inmanente, de la que somos parte (emanacionismo).

La religiosidad postmoderna privilegia la experiencia antes que la doctrina, los itinerarios personales antes que las grandes tradiciones, las vivencias espirituales antes que los contenidos doctrinales. Y el creyente de hoy es un buscador, un peregrino que quiere decidir cómo, cuándo y a quién creer.  La religiosidad actual se ha convertido en una religiosidad sin Dios, pero se manifiesta emocionalmente potente y tiene una amplísima difusión.

El peso del testimonio emocional, la vivencia y la interioridad en los movimientos neopentecostales y en las espiritualidades neoesotéricas de la Nueva Era, muestran los nuevos rumbos de la religión y presentan un gran desafío a las religiones clásicas y a las iglesias históricas.  Se rechaza la experiencia reglamentada sobre todo mediante ritos externos. La interioridad es el lugar donde lo sagrado es encontrado y actualizado. Sin experiencia íntima, personal y emocional no hay experiencia de lo sagrado. De aquí la tendencia a buscar en la psicología un mediador cualificado para la profundización e incluso para las terapias de mediación corporal y emocional. Se busca un mundo de unidad interior, de certeza y de misterio descifrado. La emoción abraza sus dos polos: la fuerte exteriorización y la concentración interior.

La “emoción” ocupa un lugar no sólo importante, sino excepcional en la vida de muchos de nuestros contemporáneos, los cuales dedican muchas energías a una afanosa búsqueda –en algunos casos enfermiza- de novedades y experiencias fuertes, dando lugar a lo que se ha llamado “sociedad de la vivencia”.

Solo vale lo que se experimenta

Si no hay un acercamiento emocional a la religión, esta es considerada inútil. La autoridad espiritual no viene de las convicciones o la investidura, sino de la experiencia vivida. Sin una percepción sentimental de lo sagrado, éste no existe o no se le concede credibilidad. Los que nos dedicamos a la apologética, normalmente convencemos a los ya convencidos. Pero las razones, silogismos y cuestionamientos doctrinales, nada le afectan a quién vive la religión con otros códigos. El nuevo lenguaje de la religiosidad postmoderna no es la especulación doctrinal, sino la vivencia interior, personal e irrepetible. El nuevo homo religiosus está más atento a la experiencia que siente, en cómo se siente e imagina, que en el modo en que se piensa o justifica racionalmente.

La fragmentación postmoderna nos trae un tipo de religiosidad sin identidad institucional, donde conviven las doctrinas más dispares entre sí, con los ojos puestos en la eficacia. Se busca afanosamente la armonía interior y una gratificación instantánea e inmediata, facilitando el desarrollo del pensamiento mágico y el sincretismo constante.

En este contexto, la experiencia religiosa no aspira a ser un elemento configurador de la existencia, sino a «salvar el momento», siendo así una experiencia más de conocimiento interno (gnosis), que nos prepara para la próxima novedad.

Orientalismo, psicología y esoterismo

Las religiones orientales, especialmente el hinduísmo y el budismo, al igual que las tradiciones esotéricas y gnósticas, son más atractivas por su escasa estructuración y su énfasis en la interioridad y el misterio. Sus doctrinas parecen más flexibles, porque están teñidas de aspectos místicos y de profundización interior. Son más  respetuosas del misterio inefable, y favorecen la dimensión experiencial. Son ajenas a la burocratización y la juridificación tan fuertes en las Iglesias cristianas deudoras de la herencia grecorromana.

Por estas razones, el interés por la sabiduría oriental ha dado lugar a un consumo de doctrinas hinduístas y budistas a medias, en envase occidental, en clave de autoayuda y superación psicológica. Se las presenta como caminos para el bienestar personal, como si sus contenidos religiosos no fueran religión, sino ciencias alternativas, en un lenguaje pseudocientífico y pseudomístico.

Cristianofobia

Si la propuesta espiritual no es cristiana es recibida con mayor ingenuidad y simpatía, hasta en los medios de comunicación. En este contexto nos encontramos con un fuerte deseo de recuperar lo pagano precristiano.

En este clima alérgico al cristianismo surge un neognosticismo y un abanico de tendencias mágicas de diversa índole. Religiones precristianas, pseudociencias, esoterismo y tendencias herméticas van configurando una imagen eclipsada de Dios: “¡espiritualidad sí, pero no queremos ni Dios ni religiones!”

Están a la orden del día, como si fueran verdades eternas y comprobadas, las cartas astrales, la numerología, la quiromancia, el tarot, la teosofía y el espiritismo. El relativismo cultural ha logrado que en los medios de comunicación parezca más respetable y sabio un astrólogo que un teólogo, un curandero que un médico, un vidente que un filósofo, un chamán que un psiquiatra.

La respuesta cristiana en un cambio epocal

El cristianismo se amalgamó demasiado a los esquemas modernos y en plena crisis de la modernidad, necesita recuperar su centro y su mística. La insistencia en los aspectos morales, litúrgicos y doctrinales, que hablan al ya convencido, no contagian la alegría de la fe y del encuentro con Jesucristo a los que se han alejado por la sequedad que han vivido en las instituciones a las que pertenecían. No es que haya que abandonar la doctrina o la moral, pero se ha olvidado que los primeros escalones para que alguien viva una vida cristiana, no son la moral ni la doctrina, sino la conversión del corazón. El convertido naturalmente ama a Cristo y a la Iglesia sin dificultades y vive la moral católica sin ningún obstáculo, porque la fe ha tomado toda su vida.

El principal desafío que tienen las iglesias históricas consiste en recuperar su centro, su mística, y hacerla accesible a todos. Si los miembros de una iglesia no hablan con frescura de su relación con Dios, con experiencia real y pasión de su fe, no serán escuchados. Las masas sedientas de guías espirituales buscan que alguien les transparente algo del Misterio de Dios y no palabras vacías.

Los cristianos necesitan recuperar el kerygma, el primer anuncio apasionado y testimonial de la fe, que incluye la propia experiencia vivencial para poder transmitirla. Se requiere de una pasión por Jesucristo y por el evangelio que transmita una experiencia digna de ser compartida con otros (Ratzinger, 1990).

Menos burocracia y más evangelización

Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco han insistido en la necesidad de simplificar estructuras burocráticas de la Iglesia y optar preferencialmente por la evangelización directa. Sin embargo, persiste la cómoda ilusión de que remodelando una estructura burocrática de la pastoral y mejorando un organigrama se renueva la Iglesia. Se olvida que la Iglesia real son las personas, los fieles, que necesitan una renovación espiritual en sus vidas, que solo les viene dada por el encuentro con Jesucristo vivo. Cuando no lo encuentran en su iglesia, lo irán a buscar a otro lado. Pero cuando las iglesias son espacios donde la fe, el amor y la esperanza se revitalizan, entonces el testimonio es impactante y atrae a otros a la comunidad.

Esta renovación puede verse en algunos movimientos eclesiales o en contextos sociales donde el catolicismo es una minoría perseguida. También se observa en las iglesias protestantes que se han simplificado y pentecostalizado, que crecen sin detenerse. En cambio, las iglesias que siguen poniendo el énfasis en organigramas y planes pastorales abstractos, se vacían de fieles año tras año, anclados a viejos esquemas que responden al modelo de cristiandad.

En un tiempo donde el impacto religioso de cualquier propuesta pastoral, depende de la capacidad de hacer accesible una experiencia que renueve la vida de las personas, se necesita volcar todas las fuerzas y estructuras existentes a la transmisión de la fe y no a la pervivencia de estructuras caducas y meramente organizativas que no priorizan la evangelización.

Benedicto XVI: un profeta del siglo XXI.

Durante su pontificado, Benedicto XVI insistió en que la crisis más grande que afectaba a la Iglesia, era una crisis de fe. En el año 2010, en Portugal, Benedicto XVI expresó con gran claridad:

A menudo nos preocupamos afanosamente por las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que esta fe exista, lo que por desgracia es cada vez menos realista. Se ha puesto una confianza excesiva en las estructuras y en los programas eclesiales, en la distribución de poderes y funciones; pero ¿qué sucederá si la sal se vuelve sosa? Para que esto no suceda, es necesario anunciar de nuevo con vigor y alegría el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo, corazón del cristianismo, fundamento y apoyo de nuestra fe, palanca poderosa de nuestras certezas, viento impetuoso que barre todo miedo e indecisión, toda duda y cálculo humano.

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